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Discurso a los Postres: Galenos Facultad Medicina 82-88. Que veinticinco años no es nada…

Queridos amigos y compañeros;


En estas cosas, lo primero que uno dice es gracias a todos y todas por haber venido y que estoy muy contento de veros. Doy las gracias a los compañeros que se han currado la organización de este lío y al que todas y todos debemos la magnífica oportunidad de estar juntos un buen rato después de todo lo que ha llovido. Personalmente, tengo que agradecer además la oportunidad de dirigirme a vosotros.

De entrada, deciros que no os preocupéis: si algo he aprendido en la vida es a saber cómo se siente uno en una cena cuando ve aparecer al del discursito. Yo no sé vosotros, pero yo me echo a temblar. O busco la mirada cómplice del de enfrente. Y a esperar a ver si acaba, el hombre. Así que no, conmigo no va a suceder. Traigo para unos seis minutos.

Hace poco Rafa Hermosilla me hizo el encargo y dudé si aceptar. Porque si dice el tango que veinte años no es nada, imagínate veinticinco. O el chorro de años que hace desde aquel lejano 13 de octubre del ochenta dos en el Instituto Anatómico en que nos metimos en este lío.

Estos meses atrás, viendo las fotos del feisbuk, he entrado en el túnel del tiempo. Volví al flexo, a los apuntes, a subrayar las “Lecciones Anatómicas” de don Juan Jiménez-Castellanos, a machacarme el Lehninger, a jugar con las plastilinas en la sala de disección… Y podía llevarme así toda la noche.

Me dicen muchas personas próximas que no soy capaz de olvidar las cosas… Escribiendo estas líneas se me venía a la cabeza cada clase, cada asignatura, cada profesor o profesora, compañeros, estreses, exámenes, primero, segundo, quinto…

Yo… Yo me pregunto si de verdad quiero olvidar todo esto… Volviendo sobre las caras subidas al feisbuk y sobre los recuerdos de la época, con lo bueno y lo menos bueno, trabajando todos los días con tantos de vosotros o leyendo vuestros nombres sobre informes o recetas, y viéndoos hoy aquí uno se plantea… ¡Estuvo bien! ¡Mereció la pena!

Esta noche, con vosotros, tengo que confesar que, con frecuencia, tengo que ver a una señora de edad respetable de un pueblo lejano de la provincia. La señora va y me suelta: que me dice don Zutano que muchos recuerdos, que estudió con usted la carrera. Y a mí la cosa me emociona, qué queréis que os diga. Aunque, mirando el nombre de don Zutano, a veces me acuerdo, pero otras no. A veces le pongo una cara concreta. Pero otras no hay manera, qué queréis que os diga. Pero me da igual: don Zutano se ha acordado de mí y se lo ha dicho a la señora. Así que uno ve a la señora lo mejor que puede y firma abajo, en el informe: “recibe un cordial abrazo de tu compañero, Federico”.

Y ya si doña Mengana, desde la trinchera de Torreblanca o de Villamanrique, va y me llama por teléfono y me dice: “Federico, soy periquita de cuadros, ¿Te acuerdas de mí?”… Para mí, la mayor alegría es decirles: “Claro, tú eres de Cantillana y estuviste en tercero de interna con el Romero, pero luego te perdí la pista… ¿Qué has hecho luego?” Aunque, no os voy a vacilar, hay veces que me llaman y ni idea. Pero da igual, coge uno y suelta: “Mi alma, no se me viene a la cabeza tu cara… ¿Eras de la otra clase?”

Venga, que me estoy poniendo plasta y, a este paso, voy a terminar con la llorona. En buena parte porque uno tiene ya sus años y valoro lo que antes no valoraba.

Pregunta que os hago a todas y todos: ¿Volveríais al ochenta y dos? … ¿Y al ochenta y ocho? … No os oigo …

Venga, que estamos en un día de alegría, no de filosofías… Por responderos con sinceridad, yo no vuelvo a ninguna parte. En primer lugar, porque es imposible y en segundo lugar porque me las volverían a dar todas en el mismo sitio. Y porque, en aquel entonces, perdido entre los apuntes y los libros, obsesionado con los exámenes y el MIR, no me di cuenta de que tenía al lado gente estupenda. Gente que reía y que salía. Gente que vivía amores que vimos todos incubarse en nuestras clases y que, en muchos casos, ahí siguen, consolidados, y cuyos hijos empiezan a empujar para retirarnos – a ver si Dios quiere -.


El acto de hoy es la afirmación de que en julio del 88 un grupo de personas concluyó sólo la primera parte de su andadura en común, dejando experiencias indelebles. Algunos, como yo, no valoramos en su momento qué éramos los unos para los otros. Hoy, pasado el ecuador del camino, doy fe de que me he enterado. A eso vine, a decirlo. Pero sobre todo, a disfrutarlo. Espero que lo disfrutéis como yo lo estoy haciendo. Buenas noches y a pasarlo bien.

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