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Del arte de Cúchares y los saberes de Galeno

Querida nieta;
Me sorprende y me alegra que sigas los pasos de tu abuelo y tu bisabuelo. Aunque se haya cumplido la profecía de algún lúcido político de finales del siglo XX: esto no lo conoce ni la madre que lo parió. Pues sí, hija, ese complejo hospitalario “Felipe González” se llamaba antes “Hospital Virgen del Rocío”, y antes todavía “Residencia García Morato”. Pero, cuando yo nací, todo el mundo en Sevilla lo llamaba “Corea”, de la gente que se mató construyéndolo. Pero yo no voy a eso.
Voy a que tu paso por urgencias va a ser completamente diferente del mío, afortunadamente. Te preguntarás, por qué. Y, por toda respuesta, te llevaré a lo que ahora es el “Museo para la Armonía de los Pueblos del Mediterráneo”. Ese hermoso edificio, ahí donde lo ves, fue antaño la Plaza de Toros de Sevilla, la Real Maestranza de Caballería. Te dirás que ya era hora que se enterrara una costumbre primitiva y cruel, y yo te contaré que, sin aquello, no se podía entender la puerta de urgencias del Morato. Y me explico.
¿Cómo ibas a entender a un compañero agotado que te decía – en saliente de guardia – que aquello estuvo “hasta la bandera” hasta las seis de la mañana? ¿Y si tu adjunto te decía que fueras a “darle un capotazo” a un señor cabreadísimo por una espera de dos horas para que vieran su catarro? ¿Y si se peleaba con un compañero y terminaba espetándole que “a toro pasao” todo se veía más claro que el agua?
Pero hija, qué quieres que te diga; tampoco podrías entender la vida de entonces en las plantas hospitalarias: si se te ponía plasta tu director de Unidad de Gestión, había que darle “una larga cambiada”, y nunca “recibirlo a puerta gayola”, porque lo normal es que “te enganchara por la taleguilla” y “te pegara un revolcón”. En esto de la profesión, un brillante diagnóstico o una intervención quirúrgica exitosa te daba una “tarde sublime”, en la que “uno estaba inspirao”, “entregao al respetable”, y por ello “recibía palmas”, y a veces “salía por la puerta del Príncipe”. Pero la profesión también conoce el piciazo, vulgo patón, el “morlaco cojitranco”,  “manso de solemnidad” o, peor, que “busca el cuerpo del torero”. Entonces, había compañeros que “se escondían en el burladero”, o “pegaban la espantá”. Otros, por contra, “se arrimaban al bicho”, “antes de que les dieran el aviso”. Y, cuando todo salía mal, ahí iban “a recibir los pitos”, a llorar con la familia, a dar la cara, como los buenos, demostrando estar a las duras y las maduras, y tener lo que llamábamos “pundonor y vergüenza torera”. Y luego se reunían con los sabihondos, los leídos, a ver qué se hizo mal, qué lección teníamos que sacar, y terminaban a gritos, porque es tela de fácil “torear desde la barrera”.
En fin, guapi, que son otros tiempos, y uno “ya se cortó la coleta” hace la tira. Que esto del toreo ya es castellano antiguo, como a mí me tocó enterrar la España de las eras, guadañas, hoces y todas esas maravillosas artes camperas – artes de una España dura y atrasada, por otra parte -. Ahora que “tomas la alternativa”, “ahí te dejo el toro en suerte”. Que el toro de la enfermedad y la muerte “no pierde la casta ni el trapío”, “ni admite el afeitado de los cuernos”. “Está va por ti, mi arma”, “valor y al toro, que es una mona”.

P.D.: foto realizada por el autor en el día de la jubilación del entrañable maestro oftalmólogo el dr. Rubén Ángeles Figueroa, el día 20 de noviembre de 2013, planeada con premeditación y alevosía por su discípula – y prima hermana del que escribe -, dra. Isabel Relimpio. La foto se reproduce aquí con permiso expreso del maestro – aficionado hasta el túetano -. ¡Va por usted, don Rubén!

@frelimpio

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