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“Burn-Out” del sanitario: por qué le afecta a usted.

burn-out

«El alma tiene ilusiones como el pájaro tiene alas; es lo que la sostiene». Victor Hugo

En los últimos días, semanas, meses, se repiten las noticias relativas a la fragilidad del estado emocional de los trabajadores sanitarios, entre los que me cuento. Y entiendo que una buena parte de los ciudadanos puede andar ya cansado de la cuestión, anestesiados de tanto “burn-out” sanitario. Al fin y al cabo, todos los trabajos tienen sus presiones, sus dificultades, sus jefes, más o menos vociferantes o malhumorados.

            La gravedad del asunto se entiende mejor si lo miramos a la inversa. No como el bienestar del trabajador, sino como la calidad del trabajo que desarrolla. Y lo crucial que es este trabajo para el bien común. Una de las patas más importantes del estado del bienestar, esta casa común que hemos construido o, mejor dicho, que tenemos a medio construir.

            Del mismo modo, lo podemos comprender mejor si lo evaluamos desde otro campo crucial del estado del bienestar, como es el educativo. Si todos estamos de acuerdo en que hay que avanzar en lectoescritura, en dominio del inglés y de la herramienta matemática, llegamos rápidamente a la conclusión de que es necesario disminuir la ratio alumno por profesor, y de desarrollar herramientas para detectar al alumno con dificultades para que “ninguno se quede atrás”.  De la importancia social de los cometidos se derivan otras cuestiones como, por ejemplo, proteger el ambiente educativo de agresiones y dotarlo de unos mínimos de salubridad y seguridad en el trabajo.

            De vuelta al campo sanitario, es de aplicación la misma filosofía, con el agravante de que el tiempo perdido no se puede recuperar: transcurre en contra del paciente y a favor de los efectos destructivos de la enfermedad. Se aplica, además, una inercia tóxica de décadas en profesionales y administraciones sanitarias que ha derivado en una resignación y abatimiento generalizados, por parte de los primeros, y una especie de despego cínico, por parte de las segundas. E intentaré explicarme.

            Cualquiera que haya presenciado los cambios socio-sanitarios de las últimas cuatro décadas no podrá sino alarmarse. En primer lugar, hemos experimentado una prolongación sustancial de la esperanza de vida, que en nuestro país se sitúa en el podio de las más avanzadas del planeta, junto a un consumo exponencial de recursos sanitarios, precisamente en las edades más avanzadas. Y con el esfuerzo realizado en gestión en las últimas décadas, es muy posible que cada euro gastado ya esté plenamente justificado. Por lo tanto, vivimos en un país envejecido, ávido consumidor de recursos sanitarios, y sin base demográfica capaz de hacer frente al coste. Y por si fuera poco, sin conciencia social de costes sanitarios.

            En este contexto, hay que subrayar que los consensos y recomendaciones internacionales son cada vez más exigentes. Y basan estas exigencias en datos científicos contrastados. Nuestros profesionales son plenamente conscientes de estas exigencias y ven, desolados, la enorme distancia entre lo que exige la ciencia contemporánea y lo que sus posibilidades reales les permiten proporcionar al ciudadano. Y ello se aplica especialmente a sus cargadísimas agendas, especialmente – pero no solo – en Atención Primaria.

            La inercia de décadas hizo a nuestras administraciones sordas ante las demandas de los médicos. Una sordera tóxica convertida en consigna, obediencia o colaboracionismo obtuso. Adaptarse a “lo posible” se convirtió en agendas de 40 a 60 y más donde nos encajaron la gestión de citas, recetas, analíticas, bajas y una larga retahíla de procedimientos burocráticos, mientras, enfrente, el paciente crecía en complejidad y años y, fuera, en el mundo, las recomendaciones acentuaban sus exigencias.

            Cualquier abordaje a la medicina pública – pero también a la privada – pasa por reconocer que sentarse delante de un enfermo, hoy, está lejos de ser un acto simple, inmediato, algorítmico. Está lleno de matices técnicos, en dificultad creciente, y de barreras de comunicación con un ciudadano más informado – y, a veces, más desinformado -. Con este panorama, la palabra “burn-out” va mucho más allá del cliché, para convertirse en la punta del iceberg que pone de manifiesto el fracaso de la misión crucial del Sistema: la protección de la Salud. Es más, ni siquiera el aseguramiento privado escapa de lo expuesto en el presente artículo, en sus circunstancias actuales.

            La masificación asistencial se ha convertido en un sistema tóxico, desalentador para el profesional, peligroso para el ciudadano, asumido solo por la vieja fábula de la rana, que puede escaldarse si se le sube la temperatura del agua poco a poco, pero que daría un salto y se salvaría si se la echa de repente en agua hirviendo. Solo nuestra larguísima tradición de desempleo profesional y falta de alternativas puede explicarnos el haber comulgado con ruedas de molino. Y solo una política benefactora y enérgica, consciente de las necesidades, puede erradicar este desastre asumido por todos, del mismo modo que las aulas de cincuenta alumnos son un recuerdo de mi niñez, en los setenta.

Firmado: Federico Relimpio, médico y escritor @frelimpio

Observatorio de la Sanidad del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla @RICOMSevilla.

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