No pasa día sin que las distintas cadenas de la televisión internacional nos traigan las imágenes de los cuerpecillos de los chavales destrozados por las bombas lanzadas por el ejército del estado de Israel. Y no, no me acostumbro. Además, no quiero hacerlo. Creo que el estremecimiento y la indignación ante el horror es lo último que nos queda como seres humanos. Me encuentro luego una maraña en los medios y redes sociales de argumentos

