Ájrica es más que África. Es África interiorizada. Es plantar los pies allá y convertirlos en raíces, a ver si te crece algo, ahí dentro. Con el problema de agua que tienen allá, en tantos lugares. Pues eso es Ájrica. Y me explico.

Ájrica es el nombre de un libro. Bueno, la verdad es que no puede catalogarse como tal, a secas. Voy a ser osado y me voy a atrever a proponer un concepto diferente. Ájrica es una vivencia impresa. Sí, no me parece mal. A ver qué le parece a JuanLu Haro, el autor del texto. Porque del autor de las acuarelas me resisto a escribir; ahora os diré por qué.

JuanLu Haro llegó a mi vida profesional hace unos años. Él era médico residente y a mí se me aplicaba ya el carbono catorce. Varios abismos entre nosotros, pero sin imposibles. Yo le sugerí que habría hecho de figurante creíble en una película sobre los tercios de Flandes. Él me replicó que yo, sin embargo, lo habría hecho de maravillas de alto funcionario en la corte de los Borbones, un siglo después. Unas risas, y luego, a lo serio. Recuerdo que se me atascaba un chaval con diabetes. JuanLu, de hábil observador de la batalla, me dio la clave: «la insulina no es el problema».

JuanLu escribe hasta en su viaje de bodas, según acaba de confesar su Diana. También tuve ocasión de conocerla como médico residente. Su felicidad en común admite una sola pega: que se me fueron lejos a trabajar y vivir. Pero es una pega mía, no de ellos. Ellos, a lo suyo. Yo, al carbono catorce.

Diana rescató unos poemas del cajón de JuanLu. O unos textos breves en prosa poética. Llámeles usted como le dé la gana. El caso es que ahí había alma, vida y belleza. Más que suficiente. Fue ella la que buscó el alma gemela para las ilustraciones. El acuarelista. Y ahí se nos rompe la voz a todos. Las palabras se me atascan en el teclado.

El acuarelista es Elías Cañas, y no digo más. Ya tuve que escribir sobre él hace unos meses, y se me rompe el alma de haber tenido que hacerlo. A los que no lo sepan aún, tengo que aclarar que Elías ya no está con nosotros. O sí lo está: está en nuestra memoria, en nuestros oídos y, gracias a que todo quedó listo pocos días antes de la desgracia, en «Ájrica».

Hoy tuvimos la ocasión de asistir a la exposición de las acuarelas originales incluidas en «Ájrica». Hermoso y doloroso a la vez. Como la voz quebrada de JuanLu, hablando de la génesis y el desarrollo del proyecto. De la mano de Bernardo Santos y el propio JuanLu, surgieron detalles relevantes de la experiencia.

Elías Cañas García-Otero fue un médico excepcional. Y lo fue, sobre todo, al desafiar el espíritu apresurado de los tiempos. La recopilación extraordinaria de testimonios y reconocimientos recogida en mi anterior entrada da fe de ello. JuanLu Haro destacó esta tarde el esfuerzo que le supuso a Elías mantenerse fiel a sus puntos de vista. Y cómo todo ello le atrajo años de incomprensión y soledad. El dificilísimo encaje que tienen los profesionales humanistas y creativos en instituciones donde el margen de flexibilidad es escaso.

«Ájrica» fue para Elías refugio, escapatoria, solaz, libertad, expresión, alma, comunicación, luz, color, mundo por descubrir, tierra hambrienta de vida. Todo lo que le negaba un ambiente laboral donde, en los últimos años, hasta el aire que respiramos se mide por centímetro cúbico, y hay objetivos de gestión hasta para el número de veces que puedes pisar una baldosa.

(«Ájrica» no se vende ni se compra. Se regala. Los que consigamos la obra podemos dar una donación voluntaria a una ONG cuyo ccc se te facilita con la obra)

Me despido. En su intervención desgarrada, JuanLu Haro citó un vallenato de Rafael Escalona que me es particularmente familiar. Os lo paso íntegro en su belleza triste, versión de Carlos Vives.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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