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Agotamiento personal y colectivo

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Agotadas. Atiendo cada día a unas veinte personas. Y muchas de ellas me cuentan eso, que están agotadas. Que no pueden más. Que oyen el despertador como si se tratase de un timbrazo insoportable. O que ven la luz del alba como un fogonazo cegador. Un dolor de cabeza, vaya.

            Llevan así meses, años. Una década incluso. Luchando por levantarse de la cama, arrastrándose para ir a la ducha, para hacerse un desayuno y empezar la lucha diaria. Porque, para ellos, todo es eso, lucha, pelea. Desde tirar de la persiana a bajar la basura. Y no digamos nada de dar los buenos días con los que se empieza una jornada laboral más o menos maratoniana. Agotadora. Porque, si no lo es objetivamente, termina por ser percibida de ese modo: agotadora. Y la reiteración es deliberada.

            Detrás, sus motivos. Sus cálculos para llegar a fin de mes, rotos siempre por mil imprevistos. Y todo hecho añicos por la amenaza de un despido que haga inservibles los mil cálculos efectuados, con todas sus componendas. Las boquitas que cuelgan de tu delantal, que, apenas crecen un poco, empiezan a dar voces. Y esos mayores que cuelgan del teléfono o de tus nervios, de un modo u otro. Razones de sobra para agotarse, mil veces antes de llegar a mayor. Y si llega uno, motivos para tener la salud agotada y agotar a los demás hasta la extenuación de todos. Sin quejarnos, oiga, que este es un país acomodado y tenemos donde caernos muertos. Y agotados.

            Pues nos quejamos. Y vaya si lo hacemos. Pero no donde podríamos cambiar las cosas. Nos imaginamos que, detrás de nuestro agotamiento, tenemos dolencias misteriosas que un negligente Sistema de Salud no acaba de diagnosticar o no acierta a tratar. Y ahí andamos, a los consultorios de Atención Primaria, a que se nos diagnostique la causa y razón de nuestro agotamiento. Que algo debe ser, sin lugar a dudas.

Solo que el/la médico/a de Atención Primaria también está agotado/a. Lo está, en buena medida, por no escapar a precariedades, boquitas y mayores. Lo está, además, por tener que atender a diario de cuarenta a sesenta criaturas agotadas, que ya es causa y razón de agotamiento. Y lo es, tanto o más, no tener tiempo para explicarles que su agotamiento no obedece a enfermedades misteriosas, sino a un tipo de vida, y no disponer de un tiempo esencial para atender a aquellos que acuden con enfermedades concretas, que se beneficiarían en mayor medida de un galeno más dispuesto.

            A final, el agotado — pero insistente — usuario reitera sus argumentos y obtiene una derivación a uno o varios especialistas. En mi caso — soy endocrinólogo —, precedido del correspondiente análisis donde se han determinado todas las hormonas determinables y — ¡cómo no! — aparece una mínima anormalidad, que para nada explica el agotamiento. Al menos, según las Guías de Práctica Clínica al uso.

            Solo que yo también estoy agotado. Al igual que mi compañero de Atención Primaria y mis conciudadanos, soy carne mortal y comparto muchos de sus afanes y avatares. Y no es poco el tener que explicar todos los días a una serie de personas que su agotamiento no guarda relación con esa nimia anormalidad aparecida en sus análisis. Ni con ese minúsculo hallazgo incidental aparecido en una ecografía o TAC que, en buena lógica, nadie tenía que haber solicitado. 

Demasiado tarde: lo oído en la peluquería, en la cola del pescado, en el curro, al cuñao de turno o — last but not least, como dicen los anglosajones — la consulta al doctor Google han completado la conspiración de la convicción: que ella o él padecen una enfermedad misteriosa y que nos negamos a investigarla o tratarla. Todo, para ahorrarle dinero al Sistema y conseguir los incentivos. Una hora o así necesitaría uno — y en varias ocasiones, sin asegurarme el éxito — para reblandecer el garbanzo de la convicción. 

            Para todos, es más fácil seguir en el engaño de la enfermedad misteriosa que nos tiene agotados y que nos impide un correcto y eficaz empleo del Sistema Público de Salud. Empujados colectivamente a una pseudomedicina de complacencia convertida en la versión contemporánea del “opio del pueblo”, destinada a sumir a la población en una gigantesca nube de pruebas y tratamientos — con demasiada frecuencia innecesarios —. Probablemente, para que a nadie se le ocurra plantearse — de modo individual ni colectivo — el diagnóstico correcto y, por tanto, el tratamiento adecuado del agotamiento general. Porque hay debates que conviene hurtar al ojo público. 

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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