
Lo que leen. Eso debe estar buscando la ministra de Sanidad. Una salida personal. Una para ella, y no para el conflicto en el que está metida con la inmensa mayor parte de los médicos de la Sanidad Pública de España. Un conflicto sin salida, ya se ve. O sin salida con esta señora al frente del ministerio. Pero vayamos por partes.
Mónica nos minusvalora. A los médicos, sus antiguos compañeros de profesión. Lo encuentro comprensible. En buena parte, ello se debe a nuestro larguísimo historial como colectivo débil y, por la otra, al acervo que obra en la cabeza de la buena señora. En este sentido, invito a propios y extraños a bucear en su historial y, sobre todo, en sus antecedentes familiares.
Mónica es médica e hija de médicos. Pero este retrato no queda completo sin añadir que su señor padre fue diputado por el PCE en la 1ª Legislatura de la Asamblea de Madrid. La ministra, por tanto, tiene una fe política muy concreta, inculcada desde la cuna y alimentada con las lecturas debidas, las compañías convenientes y, más tarde, con una determinación personal definida.
Conozco esta “fe”. He convivido con fervorosos “creyentes” a lo largo de buena parte de mi vida profesional. Algunos de ellos han sido mis jefes. Sé, por tanto, de su “espíritu misionero” y de su sentido del “apostolado”.
Para ellos, el médico “le debe” algo al pueblo. Al fin y al cabo, el galeno se forma con recursos públicos. Lo justo y exigible, siguiendo su línea argumental, es el ejercicio profesional en exclusiva para la sanidad pública. Y sin osar hacer preguntas acerca de condiciones laborales o retributivas. Algo así como el “ora et labora” de los franciscanos. O como la medicina de Fidel Castro. Una profesión militarizada, o casi. Esta es la idea. La causa. Y, claro: “todo por la causa”. Así que pamplinas, pocas. “Quejas, pocas”, que me soltó a mí uno al comienzo de mi andadura por RRSS.
En mi juventud, el sindicalismo médico estaba mal visto. Una “herejía” innoble, incompatible con la elevada misión que nos había sido encomendada. Toda la progresía, del rojo vivo al rosa fucsia, pasando por el rojo burdeos, comulgaba con estas verdades del “catecismo sanitario”. Y las vertía a menudo en medios o conversaciones, a modo de colofón concluyente ante cualquier sospecha de desviación herética.
A los médicos, se nos clasificaba rápido: los “buenos” y los “malos”, según nuestra afinidad al credo. Y no se pueden imaginar ustedes la de inquisidores de bar que teníamos que soportar, condenándonos a la hoguera o al purgatorio por el simple hecho, por ejemplo, de reivindicar el derecho a la libranza del saliente de guardia — que, entonces, también estaba mal vista —.
No conozco personalmente a la ministra. Pero, sabiendo de sus referencias ideológicas y habiendo uno convivido con ellas a lo largo de décadas, puedo imaginar su grado de sensibilidad hacia nuestras demandas sindicales y el probable menosprecio que la señora alberga hacia el calado y el alcance de la movilización actual. “Ya se les pasará”, debe pensar.
Pero no se nos pasa, oiga. A los viejos, de la misma hartura de abusos y humillaciones. Y a los jóvenes, de las expectativas de tener que pasarse otros veintipico años regulados por el “catecismo” de las “necesidades asistenciales”.
A quien seguro que tampoco se le va a pasar es a su Jefe de Gobierno, que no de filas. Para este, corre el tic-tac ante una profesión médica encabronada y unida como no se recuerda en la piel de toro. A Sánchez le queda poco para examinarse. Y, salvo el CIS, todas las encuestas y las elecciones autonómicas le auguran bastos. Sería normal que se impacientara y que le dijera a Mónica: “llega a un acuerdo con estos como sea”.
Pero el acuerdo es imposible. Para la ministra, ceder es poco menos que apostasía. Sánchez no tendrá más remedio que cesarla y poner en su lugar a un mindundi para que “inicie negociaciones”. Un “to pa ná”, que decimos en Sevilla: enredar hasta las elecciones generales y, mientras tanto, quitar las batas blancas de la calle. “Pero que se callen de una vez, leñe…”.
¿Y Mónica…? Ignoro los vericuetos de las puertas giratorias. Personalmente, no la veo ya de anestesista en un hospi de los Madriles, aguantando los pildorazos cotidianos de tantos compañeros que ahora la ven como una traidora a la profesión. Puede que elija desaparecer durante un tiempo, que a la gente se le vaya olvidando su cara. Podría ser en Asturias, una comunidad del PSOE. Ahí podría asumir un oscuro cargo de gestión, rodeada de un ambiente social y profesional más compatible con su credo personal.
Y así suele acontecer a las personas en las que, de cara al desempeño, el “fervor religioso” es más determinante que la calle, el suelo, la realidad.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor. Delegado del Sindicato Médico de Sevilla.
La sanidad y la política hacen extraños compañeros de cama. Una mezcla salvaje y canalla, capaz de alumbrar una novela negra como “La Mole“. “Una historia trepidante, que te atrapa desde los primeros renglones” (comentario de lector).
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