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Un País para Darle de Comer – Como Dios Manda –

Veníamos el otro día a Carmona a hablar de Salud, obesidad, diabetes y enfermedad cardiovascular. Del infarto y esas cosas. Y salieron reflexiones interesantes que no son de ahora, ni siquiera mías, pero que un día de éstos, con elecciones a pocos días, toman cuerpo.

De modo muy grosero, en este país nos morimos de dos cosas: de cáncer y de enfermedad cardiovascular. La enfermedad cardiovascular, para entendernos, es mal de cañerías. Se atascan o estallan. Le da al cerebro o al corazón y ¡ptaff!… ahí te quedaste, muerto o medio muerto. Vegetal o arrastrándote.

La cosa es que detrás del mal de cañerías está el tabaco, que todo el mundo lo sabe. Y muchas cosas más, que ahí voy. Está la diabetes, la hipertensión y el colesterol. Todo eso. Y detrás de los tres la obesidad, ese mal horrible que se ha apoderado de nuestras calles y plazas y que llena consultorios y tumbas.

Hablar de obesidad, hoy, es hablar de enfermedad y muerte. Hace un siglo era hablar de opulencia; sólo los ricos eran gordos. Los demás se peleaban en el suelo por un mendrugo de pan.

El cuadro de hace un siglo no era halagüeño. El agua de beber estaba contaminada y las aguas fecales no se eliminaban bien. La gente tenía poco que comer, estaba desnutrida. Vestían mal y vivían hacinados. En esas condiciones, eran presa fácil de diarreas y tuberculosis. Y, mal comidos, se iban corriendo al otro barrio. Se vivían pocos años, en malas condiciones.

Se trataron las aguas de beber y fecales. Se acabaron las guerras, con mil esfuerzos, dejando millones de cadáveres atrás. Se roturó la tierra de los campos y por ahí aparecieron los tractores. La gente empezó a comer mejor y a beber agua limpia. La vida se prolongó mucho más de lo que parecía posible.

Pero llegaron más y más máquinas que cuestionaron la necesidad del trabajo humano. Los ascensores nos evitaron las escaleras y los coches, la necesidad de caminar. Los pocos que trabajaban, lo hacían sentados, delante de una pantalla. La vida se prolongaba, década tras década, creando espacios nuevos para la existencia y para la enfermedad.

Los genes cambiaron poco en esta época. Un puñado de genes nuevos, con los inmigrantes. Pero en cincuenta años, el mundo había cambiado su aspecto. No estábamos preparados para durar cien años. El día de mañana era algo incierto, difuso, llovería o no, pero poco más. Nadie nos dijo que alimentos o hábitos de los veintitrés años serían claves para la Salud de los ochenta y tres. Y sin embargo, así era.

Pese a todas la proclamas y programas electorales, pese a todas las promesas, el nuevo mundo se había hecho marcadamente desigual. Pese a nuestra vieja lucha por acumular y salvaguardar riquezas materiales, teníamos la impresión creciente que la felicidad no la proporcionaba tanto el dinero o las posesiones materiales – aunque un mínimo fuera necesario -, sino la disponibilidad de tu tiempo vital, de un adecuado conocimiento de las cosas y de una buena nutrición.

-Disponer de tu tiempo, sin ser un esclavo, para instruirte e instruir a los tuyos. Reflexionar acerca del mundo, discernir el grano de la paja y ejercitar continuamente la mente y el cuerpo como forma de existir en Salud.

-Como consecuencia de lo anterior, conocer adecuadamente qué hábitos te favorecen o te perjudican y tener la disposición y la fortaleza de abrazarlos. Darlos a conocer en tu entorno sabiendo que muchos de ellos dependen de la adopción de políticas comunitarias saludables que exigen quebrar inercias y luchar contra intereses establecidos

-En tercer lugar, seleccionar adecuadamente los alimentos – el pan nuestro de cada día – para construir una existencia orientada a la preservación de la Salud. Fomentarlos y promoverlos a nivel individual, familiar y comunitarios.

Dentro de mi país – España -, mi tierra andaluza es relativamente pobre y tiene elevados índices de diabetes, obesidad, factores de riesgo cardiovascular y muerte de causa cardiovascular. Al orientar la nutrición de mis pacientes, con frecuencia se me dice que la dieta que preconizamos – fruta y verdura fresca, legumbres, pescado, aceite de oliva virgen extra – es una dieta cara, fuera del alcance de los ingresos modestos. La desigualdad es asesina por la vía alimentaria. Se ve en las tasas de obesidad que tienen los sectores menos favorecidos.

Sin embargo, Andalucía es una Comunidad extensa, rica y agrícola. No se entiende que no pueda proporcionar alimentos adecuados a sus casi ocho millones de habitantes. Sus gobernantes permiten que sus ciudadanos menos favorecidos tengan que cebarse con la bazofia precocinada y barata que les sirve la cocina industrial. Y los partidos políticos que se presentan mañana a las elecciones de Andalucía no dicen ni mu de una comunidad pobre, gorda, mal alimentada y enferma.

Se nota que en sus casas sí que se come bien. Que nos pregunten a los que oímos a los que comen lo que pueden. Y lloran desesperados del peso de las carnes y del crujir de las articulaciones. Podemos decir cosas como éstas. Y muchas más.

@frelimpio

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