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Sistema Sanitario Público en España: la Perentoria Incapacidad de Cambiar

Y vuelvo a empezar con mi habitual coletilla: somos un país curioso. Aunque realmente es un lugar común, todos los países lo son, de un modo u otro. Reflexionaba yo este fin de semana acerca del artículo aparecido este finde en El País acerca de las dolencias y achaques de nuestro Sistema Sanitario, del que tanto se habla – lamentablemente – en los últimos tiempos (http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Quien/mete/bisturi/elpepisoc/20111009elpepisoc_1/Tes). Lo más gracioso es que ha circulado durante demasiado tiempo una idea autocomplaciente acerca del Sistema, sobre todo en ciertos nichos ideológicos. Comprensible, por otra parte: sus logros no han sido pocos y su costo eficiencia es indudable, teniendo como comparación países con niveles superiores de renta. 
Pero no estamos en lo que se dice tiempos felices; los dineros públicos escasean y podemos considerarnos, en términos generales, una casa venida a menos. Y como tal, nos miramos al ombligo, vemos que no, que no llegamos a fin de mes, que se nos echa el banco encima y nos reunimos todos contritos alrededor de la mesa a la hora de la cena a ver a qué o a quién le toca el recorte o el repaso. Y mira tú qué bien, que ahí estaba, en la esquina, que no lo mirábamos casi, que no hablábamos de él casi, pero ahora nos encontramos con la molesta presencia de un Sistema Sanitario que, como coche viejo que usamos para casi todo, que no sabemos vivir sin él, que pero nos mata a impuestos, gasolinas y reparaciones… ¿Qué hacemos? 
Desde luego que es imposible mejorar el artículo arriba citado. Pero voy a citar algunos indicadores «duros» que me han llamado la atención:
1.- Somos el país de Europa con más visitas al médico por habitante.
2.- Somos el país de Europa donde circulan más recetas médicas por habitante.
3.- Somos el país de Europa donde se va más a Urgencias por habitante.
4.- Somos uno de los países de Europa donde, comparativamente, los médicos trabajan menos horas y, no sorprende que,
5 – Seamos uno de los países de la Europa más próxima donde – admitido por importantes escuelas de negocio de reconocido prestigio – peor se retribuye al personal sanitario.
Podríamos centrar el debate en otros indicadores o elementos del artículo, desde luego. Pero yo he elegido éstos. Porque condicionan mucho. Y quiero ser breve, que tiempos no les sobran. El Sistema Sanitario Español adolece de profundas enfermedades internas que nadie ha querido tocar o confesar  porque, a la postre, resulta terriblemente costo-eficiente:
Es un Sistema rígido y funcionarial, desmotivador hasta la médula. Un sistema que te divide la vida en dos partes: primer tercio o mitad de interinidad – o sea esclavitud y aguanta lo que sea – y segunda parte de plaza en propiedad con movilidad difícil o ninguna, soportando estoicamente – o haciendo soportar – caras y discursos para ti – o para el de enfrente – indigeribles durante décadas, y con progresión funcional y económica casi nula o – permítaseme decir – cuestionable.
Este Sistema nace en los cincuenta con los antiguos cupos de Atención Primaria y Especializada, que preveían una asistencia a los pocos pacientes de entonces en tiempos de… ¡Dos horas y media! por un salario igual de exiguo. Igual daba. Eran otros tiempos y los médicos vivían de la privada. Esto era sólo un complemento. Para pagarse el servicio doméstico y cuatro cosas más. El problema son las inercias. Cambia la sociedad, cambia la profesión y cambia el Sistema. Pero los cupos llegan hasta los noventa, masificados, maltratando a una población cautiva y maltratando de igual modo expectativas y coronarias profesionales sin que nadie por ahí arriba hiciera nada. Daba igual. Eran baratos.
Cuando por fin nos medio-occidentalizamos y pasamos al Sistema actual – que por aquí se llamó jerarquización -, conseguimos unas siete horas y media u ocho de jornada laboral teórica y una mejora en nuestras retribuciones. Pero ahí se incluían sesiones clínicas, cafés y algún que otro tiempo muerto. En las mejores condiciones, difícil es conseguir más de seis horas diarias de trabajo real, que es lo que contabilizan las estadísticas comparativas con otros países de nuestro entorno. Pero ahí tiene que caber todo. Y tiene que caber. Sí o sí. Con un sistema de prestaciones integradas, de cobertura universal, garantista y con una población cada vez más informada y exigente. Es lo de antes: cambia la sociedad, cambia la profesión y el Sistema va muy por detrás. Resultado: medicina española actual, mogollónica, masificada, de miles de actos médicos rápidos, a veces dejados a medias. A medio preguntar, a medio responder y a mucho recetar para ver si así acorto la visita y callo algunas preguntas. La consecuencia está clara: las cosas a medio resolver, para volver mañana, a rematar faena – ¿No somos el país de «Vuelva usted mañana»? – o pasarnos por Urgencias, si no queremos esperarnos o queremos cortocircuitar. 
Y todos cabreaos. El paciente, porque está mal atendido, harto de que lo peloteen y lo receteen. El personal sanitario, un poco por todo. Al que es joven y tiene ilusiones, porque el Sistema le pega la coz en la boca del trabajo-basura y la masificación. Al que es ya mayor, el Sistema sólo sigue ofreciendo la tópica rigidez del funcionariado y sus conocidos sueldos bajos, que no pueden compensarse adecuadamente con los imaginativos sistemas de incentivos ideados por las administraciones, hábilmente contrapesados con la escala impositiva del sistema fiscal español. Y a todos agresiones, faltas de respeto, desaires y trabajar sin resuello desde que fichas hasta que el último sale por la puerta. Y cabreao por fin el estamento directivo, harto de ver como sus esfuerzos por sacar más de unos euros que cada vez son menos tropiezan con el descontento del personal que tienen que gestionar, del cinismo de los que verdaderamente mandan y de los que dependen sus carreras y de vivir entre broncazos, demandas y la presión de los medios. Es la Sanidad del cabreo. Un cabreo impagable, por otra parte. Un cabreo insostenible o, digámoslo de otro modo, sostenible a duras penas. 
Pero no hay quien la cambie. Ni una coma, ni una tilde. Ni un paréntesis, ni unas comillas. Desate usted los cordones de los zapatos de éste o de aquél, y el edificio se viene abajo. Y cualquier otro será muchísimo más caro. Así que, como soltó el pobre de Galileo tras el tormento: «Eppur si muove». O lo que viene a ser lo mismo, como vendría a decir algún responsable sanitario avezado: «Y sin embargo operan». Así que seguid cabreaos. Y no moveros. 
Mis cosas, en twitter: https://twitter.com/#!/frelimpio

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