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Los M.I.R. no tienen con quien consultar

M.I.R.

“Todas las noches tomo decisiones importantes para las que no estoy preparada. No hay ningún adjunto disponible y, como mucho, le puedo preguntar a mis resis mayores, que a veces están con otros pacientes y no pueden hacerme caso”

(médico residente anónimo, entrevista reciente)

Se ha convertido en un tema recurrente: los M.I.R — especialmente los más jóvenes, los R1 — están tirados en las guardias, por decirlo de algún modo. Por fin es noticia. Se trata de algo tan viejo como el sistema M.I.R. Es probable que cincuenta y tantas promociones de residentes suscriban, en mayor o menor medida, lo ahí escrito.

            No extraña. El sistema M.I.R. se inspiró en el americano, y copió de él buena parte de los defectos. Entre otros, el M.I.R. de chico para todo y a presión infernal. Sueldo de risa, para la enorme responsabilidad. No conozco otra mayor: decidir sobre la vida y la muerte a las cuatro y veinte de la madrugada de un sábado. Sin embargo, se le paga como un aprendiz cuando, al filo de la madrugada, de aprendiz tiene más bien poco: tú y tus nervios para todo. Tú y tu cara, para que te la partan. Y no exagero un pelo. El infierno descrito tantas veces en la residencia americana, vaya.

            Es noticia porque no es solo un problema laboral, como se ha pretendido durante tanto tiempo. En este sentido, se ha venido presentando como una especie de rito de paso: lo pasas fatal unos años, que el resto de la vida profesional es diferente. Con ser grave, ojalá el problema se limitara a eso.

            Tenemos ya datos de muchas partes del mundo: los hospitales son un lugar inseguro. Hay que tener tino para enfermar. Porque si te coge de mañana, es probable que te atienda la plantilla sénior, descansada y cafeteada. Ahí, te suele ir bien. Pero si te coge el sábado a la cuatro y veinte de la madrugada, la cuestión es diferente: te encuentras al aprendiz que, literalmente, no sabe qué hacer contigo. Y no se le ocurre llamar a su sénior, que suele estar acostado. El motivo de la disuación del residente lo tienes en una frase de la noticia:

            «…(los M.I.R. ) han decidido permanecer en el anonimato por “miedo a represalias”».

            Miedo, en suma. El miedo como vertebrador del aprendizaje de la medicina, omnipresente en los hospitales.

            «… para los doctores jóvenes, un comentario inoportuno puede acarrear graves consecuencias sobre sus expectativas profesionales. Su día a día es ver, oír, callar y, sobre todo, obedecer; obedecer siempre».

            La Mole, Federico Relimpio, página 150.

            La pregunta elemental del profano es por qué los sénior no se levantan, si están de guardia — y cobran por ello —. Por qué ese chantaje oculto a los jovencitos para que se las apañen como buenamente puedan, comiéndose los nervios a cachos. A un profano podría ocurrírsele que, en cada momento, tenga que estar despierto un sénior junto al júnior, ¿verdad?

            La primera respuesta es que la guardia dura la monstruosidad de veinticuatro horas. Podía entenderse hace décadas, cuando la gente atendida no era tanta, y el médico alternaba momentos de actividad con ratos largos de descanso u otras actividades.

            Pero hace mucho que no es así. La guardia, sobre todo en las urgencias de los grandes hospitales, se ha convertido en un destajo insufrible: ver un paciente tras otro, a lo largo de veinticuatro interminables horas. Un sistema cuya disfunción, además, está medida: cuando se le acumulan muchas horas de trabajo a presión, el mejor médico no juzga de forma adecuada y, por tanto, comete más errores.

            La segunda respuesta deriva de ciertas disfunciones tácitamente aceptadas: los médicos sénior soportan las guardias a regañadientes como exigencia del servicio. Pero lo que nadie se atreve a poner sobre el tapete es que muchos de ellos necesitan las guardias para alcanzar un sueldo mínimamente acorde con su nivel de responsabilidad. Claro que los años no perdonan — especialmente en este menester —, y no hay humano que soporte las veinticuatro horas de pie, la cabeza activa y lúcida. Ni el sistema ni las necesidades domésticas les permiten dejar las guardias. Sin embargo, el cuerpo de uno ya no es el mismo de los veintitantos; ya no tira a las dos de la mañana.

            El sistema actual de guardias de veinticuatro horas es peligroso para los pacientes, machacador para los residentes e insoportable para los sénior. Se aguanta porque nuestra asistencia sanitaria pública se ha convertido en un delicadísimo castillo de naipes: no puedes tocar una pieza sin que el edificio se venga abajo. Las gerencias hospitalarias saben que exigir más presencia de los sénior en las guardias podría acelerar el abandono del ciertos puestos, aun asumiendo la merma económica. Por otra parte, es imposible fijar turnos de doce horas sin contratar muchos más médicos — sobre todo en este momento de penuria de personal —, destrozando los presupuestos hospitalarios.

            No puedes hacer nada, en suma, sin desmontar un sistema obsoleto, tóxico y peligroso — pero pagable —, para ofrecer a la ciudadanía algo más seguro y decente.

carta

Firmado: Federico Relimpio (CLICK: “sobre mí”).

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Los lectores de “La Mole” 📚 hablan: «denuncia del sistema 🧐 al nivel de James Ellroy»; «un arranque fantástico 😀, el final delicioso 😍»; «magnífica novela 📖, vibrante historia»; «verdad escondida en la literatura 📘»; «un thriller poderoso»…

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