
Llevo un tiempo dándole vueltas a la Ley de Jante y cómo casar el asunto con la excelencia profesional en un determinado campo. O simplemente con la creatividad. Y no las tengo todas conmigo. Este post es, por tanto, la manifestación de una duda.
Antes de proseguir, le invito a echarle un ojo a la Ley de Jante de los nórdicos. Se trata de un código no escrito, una corriente social interiorizada según la cual la felicidad colectiva está fuertemente ligada a la igualdad.
Me interesa. La sociedad a la que pertenezco (española) lleva mucho tiempo fijándose en la nórdica, e importando formas y planteamientos de esta. Interpreto que, en buena medida, la Ley de Jante impregna la filosofía política de la izquierda española y, por extensión inevitable, a todo el pensamiento político de mi país.
Pienso, además, que no se trata de una cuestión nórdica, sino atávica y universal. Es imposible no poner en relación la Ley de Jante con la Humildad (Kenkyo) japonesa. Sociedades ambas profundamente evolucionadas y cívicas. Ello atrae nuestra atención hasta estos códigos de pensamiento y conducta. Se trata, en suma, de un grado de desdén hacia lo individual, hacia lo que pretende zafarse de una regla de común aceptación y que, por tanto, nos aúna.
Leo, por otra parte, acerca de la natural incomodidad de los portadores de singularidades innatas en comunidades donde dichos códigos son importantes. Pondré un ejemplo simple: el niño o niña con altas capacidades. Como es bien sabido, este se ve «extraño» en su grupo desde la más temprana edad. No le interesa lo que a todos, y tiene capacidad de «ver» (y ver rápido) donde los otros no ven nada o solo ven confusión.
La tendencia natural en una comunidad orientada según la Ley de Jante es «limar» la individualidad. «Cortar» las amapolas más altas. «Aplastar» el clavo que sobresale. Ello se hace por mor de un sentido arcano: solo la igualdad confiere la armonía (y por tanto felicidad) a la comunidad. En esa tesitura, es un suceso relativamente frecuente el que un chaval o chavala portador de altas capacidades adquiera la tendencia a ocultar durante mucho tiempo su singularidad. Hasta el punto de la ansiedad o depresión.
De este modo, el chico o chica se ve atrapado: su desarrollo personal lo proyecta en la singularidad y la excelencia y, a la vez, socava de algún modo la idea hasta ahora asumida de la felicidad colectiva. Un dilema de difícil solución.
Un dilema que va más allá del reducido grupo de chavales de altas capacidades. Se aplica también a otras personas capaces de desarrollos individuales sorprendentes a lo largo de sus vidas. Del virtuosismo en el violín al rupturismo en pintura o fotografía, pasando por desarrollos científicos o tecnológicos. La excelencia tiene una miríada de manifestaciones, y muchas de ellas comienzan a una edad bastante avanzada. Y, por si fuera poco, la inmensa mayor parte de ellas exige una dosis de sacrificio y perseverancia muy superior a los requisitos de talento personal.
El gran público, incluso en las sociedades donde impera la Ley de Jante, suele aplaudir estos desarrollos individuales. Al fin y al cabo, la sociedad se beneficia de ellos. Pero dicho aplauso suele estar condicionado: «tu labor nos vale — y mucho —, siempre que al final vivas como los demás». Se intuye, de algún modo, que la persona con talento ya está pagada de sobra al ejercerlo. O sea: desarrollo sí, beneficio personal, no. O así se deduce.
Supongamos que llevásemos la Ley de Jante adelante: la igualdad (sobre todo económica) como pilar de la felicidad colectiva. De este modo, aceptemos que la individualidad — la que sea — no va a traer más ventajas que su simple ejercicio. Apliquemos luego esta filosofía a colectivos más amplios: no solo altas capacidades o artistas, sino a doctores, ingenieros, inventores, investigadores o empresarios en potencia.
La pregunta es: ¿cuántos de estos enterrarán su talento al saber que su desarrollo no les aportará ventajas concretas? ¿Nos interesa como sociedad privarnos de los beneficios de dichos desarrollos?
Federico Relimpio, médico y escritor.
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