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Entre elecciones y el deshonor

Elecciones

Supongamos que creo a Pedro Sánchez. Les confieso que estoy dispuesto a hacer ese esfuerzo. Asumo, por lo tanto, que es uno el mal informado, el del punto de vista sesgado e incluso el malintencionado. Y que, en consecuencia, lo de la amnistía es política de Estado, un “hacer el bien”, superando el puntillismo excesivo e interesado de tantos respecto a la Carta Magna.

            Me voy a creer la historia de Sánchez de cabo a rabo. Cojo el sapo y me lo como enterito, sin anestesia ni cocción. Que, lego como soy acerca de las cuestiones de la cosa pública, no entiendo que la gran política tiene razones incomprensibles para la razón. Venga, presidente: acepto pulpo como animal de compañía, peludo y cariñoso.

            Me trago, pues, que la versión actual del conflicto con Cataluña es consecuencia directa de la perfidia del gobierno del Partido Popular, convertido en la “alegoría del mal gobierno” y representante del españolismo intransigente y burdo, ante el que la legítima defensa de los intereses periféricos (concretamente en Cataluña) no tuvo más alternativa que traspasar la legalidad.

            Me creo su relato al completo, oiga: que, el 23J, la mayoría votó antifascista y le dio a nuestro presidente un mandato claro: “desinflamar” Cataluña. Diálogo. Pacto. Amnistía. La fuerzas democráticas, ante la Historia. Aunque sean cuestionadas por colectivos de jueces y fiscales, convertidos en el búnker del “Estado Profundo” y la defensa del españolismo derechista. Pese al cabreo, además, de sindicatos de funcionarios o al reparo de inspectores de Hacienda. No lo entienden: la gran política está por encima de los puntos de vista mezquinos y particulares, cuando no abiertamente interesados.

            Me hago pues, progresista, y me irrito ante la barbarie manifestándose una vez y otra en Madrid y en tantas otras partes. Respiro de alivio, por tanto, de tener al frente de nuestra “nación de naciones” a un espíritu iluminado, veraz y creíble, capaz de resistir a las presiones de la carcundia en el Parlamento, los medios y la calle.

            Pero… Hay algo que se me escapa. Que no acaba de encajar. A ver, nuestro presidente, Pedro Sánchez, accedió al cargo tras la moción de censura a su antecesor en el cargo en 2018. Estuvo en relativa interinidad hasta que ganó las elecciones de 2019. Y, luego, tuvo que hacer frente a la pandemia. A su modo, claro. Pero, después, ha tenido tiempo sobrado de legislar. “Frenesí legislador”, que ciertos medios dijeron respecto a los meses previos a la convocatoria electoral de 2023.

            Tiempo tuvo, pues. Mi pregunta es la del niño del “Traje Nuevo del Emperador”, de Hans Christian Andersen. Es decir, si las bondades del proyecto de ley de amnistía son tan manifiestas, si es tan necesario y tan adecuado para “desinflamar” Cataluña y “restaurar la convivencia”… ¿Por qué no lo hizo antes, señor Sánchez? ¿Cómo es que lo ha postergado hasta ahora? ¿Por qué ha procrastinado un deber esencial – ateniéndonos a su relato – en la restauración de la confianza?

            Y, ya que estamos, se me ocurre preguntar: ¿cómo se atrevió usted – y tantos de los suyos – a sostener que los inculpados por la intentona separatista del 1-O jamás serían amnistiados, que ello no cabía “de ningún modo” en la Carta Magna? ¿Y cómo tiene el descaro de sostenerlo hoy, habida cuenta de que su reciente investidura guarda una innegable relación con su cambio de opinión?

            Su cuento buenista de la convivencia y la desinflamación tiene un recorrido muy corto: el que le otorgan las carcajadas de cualquier ciudadano medianamente despierto, sea de los suyos o de su padre y su madre. Tras el discurso ampuloso de tantos columnistas afines, de tantos bien pagaos, de un despacho o el otro, figura la consigna de justificar como sea que hoy tragamos y hacemos tragar con piedras de molino. Que “las circunstancias nos obligan a hacer de la necesidad virtud” y, por tanto, lo negro es blanco y viceversa. Todo, con tal de continuar ahí arriba. Literalmente: en el Falcon.

            Solo la letanía de Bruselas nos devuelve a la realidad. La sincera advertencia del fugado de la Justicia, hecho regente de las Españas por mor de las circunstancias (que, como usted dice, obligan a hacer de la necesidad virtud). Se le comunica, por tanto, que conserve usted la línea telefónica expedita, y que permanezca atento y a la orden. Porque va a durar en el Falcon lo que tarde en emitirse un suspiro en Waterloo. Me despido parafraseando a Churchill:

            “Entre las elecciones y el deshonor, ha optado usted por el deshonor. Y tendrá elecciones”.

carta

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