Probablemente nuestro Sistema Sanitario Público no sea el mejor del mundo. Pero, ajustado a lo que nos gastamos, buen partido que le sacamos. A eso se le llama, según tengo entendido, costo-eficiencia. Evidentemente, son mejores los daneses u holandeses pero, proporcionalmente, se gastan mucho más. El contramodelo lo dan los norteamericanos, que se gastan mucho más, pero obtienen un sistema – bueno, realmente es un antisistema – mucho más pobre en resultados comunitarios.
Pero preciso es describir también las bases que explican el milagro sanitario español: cómo es posible explicar altos estándares de calidad con porcentajes del PIB destinados a Sanidad inferiores a los países de nuestro entorno. La explicación es fácil y directa: el capítulo uno del presupuesto sanitario, los costes salariales, son los más bajos – comparativamente – de la Unión Europea. Tenemos que irnos al Este de Europa para encontrarnos salarios más bajos. Y las peores condiciones de precariedad y rigidez. En estos días tod@s nos hemos lanzado a cantar las excelencias de nuestro Sistema Sanitario Público, a su defensa, a evitar los recortes, a cantar como sus profesionales e instituciones son lo más valorado en este país. Pero pocos, muy pocos han reflexionado acerca del cemento y el hormigón de que se ha construido y de cómo la ola de jubilaciones en ciernes amenaza seriamente toda la estructura del edificio.
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