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El Signo de los Tiempos


-Doctor… ¿No tiene algo que me quite el apetito?… A mí alguien me tiene que hacer adelgazar… Y si no, mándeme algo que me queme las grasas… Y de paso, que me quite de fumar – la buena señora enhebraba una petición tras otra sin apenas dejarme responder – ¿Y no tiene ná pá que a una le entren ganas de trabajar y hacer ejercicio?
Les omito el resto. Sólo les transmito el final de la entrevista:
-¿Me da un informe, que me estoy arreglando una paga?… Y ponga en el informe que es preciso que me saquen la analítica en casa, que yo no me puedo desplazar…
Me apresto a cumplir una por una con sus peticiones – ¡Faltaría más! -, sometido a la escrutadora mirada de la buena señora y su orondo hijo adolescente que, tras sus gafas de miope, parece advertirme: “¡Cuidado, que buena es mi mamá!”
Y mientras escribo el informe, pienso: “¿No hay nada que la buena señora pueda hacer por sí misma?”… Pero me abstengo de explicitar mi pensamiento. No está el horno para bollos. Y nunca mejor dicho.
Y ustedes están pensado: ¿A qué viene el pesado éste con sus pacientes?… Y yo les respondo raudo: a que no es una paciente rara; es más, yo diría que es una paciente tipo. Y extrapolando lo que veo a la calle, día tras día, casi me atrevo a decir más: una persona tipo… ¿No creen?
Que me den, que me hagan, que me pongan, que me arreglen, que me levanten, que me acuesten, que me llamen, que dejen, que me… Y así una infinita lista de verbos, pero todos conjugados en la tercera del subjuntivo y con el pronombre me delante, aludiendo imprecisamente a un conjunto de personas – ¿Quiénes? – que, según parece, deben hacerlo todo por nosotros, situándonos en una especie de útero social perfecto, donde sólo tenemos que recibir oxígeno, calor y nutrientes. Algo o alguien en nuestra historia reciente inculcó a buena parte de nuestra población que, de algún modo, la perfección social consistía en ser objeto de ciertas acciones o derechos, en lugar de ser sujeto o protagonista de los mismos. Y lo más simpático – a veces cargante –, es la altanería o improcedencia con la que reivindican constantemente su rol de persona objeto.
Pero no es eso lo que más me preocupa, sinceramente. Que la buena señora, producto de un momento histórico, enumere uno a uno todos los derechos, ventajas o posibilidades de los que se cree objeto, es simplemente un lamentable error o confusión al que fue inducida y del que saldrá de buen grado o por la fuerza. Lo que me preocupa es su orondo hijo, corto de vista – espero que no de entendederas -, criado en ese sistema de valores y que, caso de no virar el rumbo de su cerebro ciento ochenta grados, se encuentra abocado a un funesto futuro.
Creo que viene aquí al pelo un espléndido pensamiento de J.F. Kennedy, presidente – demócrata – de los Estados Unidos: “no te preguntes lo que América puede hacer por ti, pregúntate qué puedes tú hacer por América”.
Algún día, estas pequeñas historias de la vida cotidiana servirán de trasfondo para una espléndida novela. Me gustaría tener talento y ganas para escribirla. Mientras tanto, les dejo con mi novela acerca de las miserias de la medicina pública contemporánea, entre la industria farmacéutica y la presión de la gestión sanitaria – la política, al fin y al cabo -. El e-Book es gratuito. 

Enlace: http://www.bubok.es/libro/detalles/197444/KOL-Lider-de-Opinion

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