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Cuarenta Años de Rabia (I): Los Setenta.

-¿Sabes? XX iba a todas partes en taxi… Nunca quiso sacarse el carné ni comprarse un coche…

Historias de mis mayores. En este caso era un simple botón de muestra que me daba mi primer jefe (q.e.p.d.), refiriéndose a un viejo patólogo del hospital, ya fallecido, para ejemplificar que los salarios del setenta eran otra cosa. Porque cuando uno – que peina las primeras canas – ve la situación actual y echa la vista atrás por un momento, no recuerda época de cierta alegría en los salarios de esta Sanidad Pública. Más bien al contrario: veinte años de racaneo, de ir abriendo con esfuerzo agotador uno a uno los agarrotados dedos del puño de los públicos dineros pese a que atravesáramos años de vacas gordas. Sin embargo, épocas hubo en que ello no fue así, aunque ello venga ya en narraciones de gentes al punto de la jubilación, al modo de relatos legendarios o de mitos que se pierden en las nieblas fundacionales del Sistema. No son uno ni dos, son varios los que me dijeron que el setenta fue un momento de ilusión para el médico del protosistema sanitario público…. ¿Qué nos ha pasado? ¿En qué recodo del camino cambiamos la camisa de la ilusión por el monopeto del cabreo crónico que ha sido la constante, el aire que he respirado en estos pasillos sanitarios desde que planté mi primer paso de erreuno el uno de abril del ochenta y ocho?

Ya le pillé a más de uno la sonrisa sarcástica: “ya está el Relimpio mezclando ilusiones profesionales con el dinero.” Pues lo he hecho adrede, mire usted, y abundaré luego en el tema. Dejo ahora un avance del tema: para muchos, de fuera y también de dentro de la profesión, el mester trata ante todo de algo vocacional, que debe colmar gran parte de tus expectativas y que debe suplir otro tipo de carencias. Un tipo de salario emocional, como otros de los que tuve la ocasión de hablar en una entrada reciente. Les voy a avanzar una opinión personal y el que quiera que me la conteste: mucha jeta. Sí, mucha jeta la de buena parte de una sociedad y, como no podía ser menos, la de casi toda su clase política – que al fin y al cabo emana de ella – lo de repetir hasta la saciedad vocación y profesionalidad, y esperar que ello nos dé un indescriptible gustirrinín que nos haga mirar a otra parte cuando venga el guantazo inexorable de la raquítica paga mensual. Que por qué no le dicen lo mismo a los futbolistas, a los presentadores estrella de la tele o a buena parte de la clase política. Ya algún compañero elevó su queja en el mismo sentido y obtuvo un puesto de honor en El País. Sorprendente, por ser en un medio que habitualmente nos ha negado el pan y la sal. Cuando el poder ha sido copado por la gauche divine, claro, que en este caso se trataba de protestar contra los recortes del PP en Castilla la Mancha.

Pero me voy del tema. Me planteaba cuándo empezamos a ser pobres y a sentir dolor de vesícula al ponernos la bata. Y la respuesta más sincera es… No lo sé. La verdad es que agradezco opiniones, comentarios o contribuciones y para ello queda abierto el recuadro más abajo, sin censura previa. Tengo mis impresiones y lanzo algunas conjeturas. Más con la idea de ver si alguien verdaderamente informado me las refuta de una vez y me da luz. En el setenta teníamos un “seguro” – de ahí la palabra – estatal para los trabajadores y sus familias (¿Cómo se las apañaba el resto?). Como país éramos pobres, muy pobres, pero estábamos mejor que en la infausta posguerra. Y, sobre todo, teníamos otra demografía. Éramos un país joven. La esperanza de vida era sustancialmente inferior. Y teníamos mucha gente trabajando en Europa. El desempleo no era el problema que sería posteriormente. La gente vivía pocos años tras la jubilación, en términos generales. Teníamos pocas clases pasivas. Con ello quiero decir que, en una España que no tenía apenas impuestos directos, el protosistema sanitario – el SOE o Seguro Obligatorio de Enfermedad – recaudaba mucho para beneficio de pocos, fundamentalmente agudos. Podía ser generoso.

Claro que había aspectos oscuros, para qué negarlo. Seguro que los viejos del lugar señalarán múltiples. A mí me han llegado dos, particularmente. En primer lugar, la percepción de los médicos como clase social. Ello fundamenta que todavía hoy sea moneda de uso corriente el término “clase médica”, aunque los médicos ya no conformemos clase social alguna, a Dios gracias. En ese sentido entonces quedábamos como un grupo humano acomodado y visible para la población general, a diferencia de los directores generales, los banqueros, los ingenieros o los jueces, a los que se veía de tarde en tarde y casi siempre para mal. Ello tuvo su importancia en la narrativa izquierdista que toma cuerpo progresivamente en las clases medias urbanas desde finales de los sesenta en nuestra sociedad, donde el factor “lucha de clases” fue un elemento determinante. La identificación o generalización “clase médica” como elemento “pequeñoburgués” marcará el ritmo de ciertos acontecimientos, y enmarañará las relaciones entre clínicos y socialdemócratas.  Es en este contexto que se entiende mejor la frase mitinera de Alfonso Guerra: “¡No pararé hasta verlos en alpargatas!” Político de raza, sabía lo que decía y dónde lo decía. Conocía bien el rencor social existente, cómo pulsar lo visceral y como galvanizar el malestar popular hacia un chivo expiatorio de contacto diario, fácilmente identificable. Venía a decir: “¡Votadme y yo los meteré en cintura, a vuestros pies!” Y lo consiguió el hombre. Todo. Que lo votaran y todo lo demás. Claro que la cuestión engendró algunos efectos perniciosos. Dicen los chinos aquello de no pises demasiado la cola del ratón, no sea que le crezcan colmillos a fuerza de pisotones. Algo de eso escribí recientemente. Pues eso. Y me voy de nuevo del tema.

El segundo elemento pernicioso de aquella época era el parasitismo privado-público. O la construcción de garitos médicos privados que se apoyaban sobre un trato de favor o preferente en la pública, de tapadillo, a la clientela privada, en lo que puede llamarse sin ambages empleo de medios públicos para beneficio privado. Prácticas que han perdurado hasta ayer por la mañana y que se soportaban por un déficit directivo. Había más problemas, qué duda cabe: la fragmentación de la asistencia en múltiples dispositivos sin coordinación, la dualidad de la formación de postgrado entre dos sistemas abiertamente enfrentados: escuelas de cátedra y el MIR en sus comienzos. Y otros, muchos otros. Sigan ustedes escribiendo en el recuadro de abajo.

Pero, por encima de toda aquella catástrofe estructural y organizativa, sopesando aquel primitivismo, mis mayores y todo aquél que te habla de aquella época te la cuenta de una forma simple, con dos palabras: ilusión, eras “alguien”. Tu opinión “contaba”. Claro que puede que haya personas que guarden otros recuerdos.

En los setenta se gestan varios elementos que posteriormente tendrán una enorme trascendencia. Ya he comentado la incubación de la idea de los médicos como casta o clase social y el aprovechamiento interesado harán ciertos grupos políticos de ello (a gran distancia y en distinto plano, eso harían los nazis con los judíos o la izquierda republicana con la Iglesia Católica, y perdonen que compare lo incomparable). El segundo es un terrible déficit de Estado que permitirá llenar las aulas universitarias con miles de estudiantes de Medicina. En efecto, tras el boom de natalidad de los sesenta y con las buenas expectativas económicas, millones de familias obreras quisieron comprensiblemente que sus hijos ingresaran en las “clases” médicas, de la judicatura, de la abogacía, ingeniería, etc. Cosas de otra España. Entonces era posible. Ahora no, fíjense. E insisto, un Estado negligente se negó a planificar necesidades de licenciados y metió a todo el que quiso matricularse. Resultado: se acabaron las clases prácticas. Segundo resultado: clases magistrales atestadas sin interacción posible alumno-profesor. Tercero: degradación del valor de la licenciatura en Medicina y Cirugía. Cuarto: generación de la famosa “bolsa” histórica de parados – que estamos a punto de recrear, pero esta vez ya con la especialidad vía MIR incluida -. La UCD adoptó tardíamente un insuficiente numerus clausus en Medicina. La bolsa de parados gravitará muchos, muchos años sobre toda la profesión, dificultará la organización sindical y tirará hacia abajo de los salarios. Fíjense si es estratégicamente interesante que, recientemente, al no haber parados casi y notar dificultades para la cobertura de ciertas áreas y, por tanto, crecer el nivel reivindicativo entre los profesionales, la consejera de Salud de Andalucía dijo que la solución pasaba por “abrir de nuevo las facultades de Medicina”. Chupa del frasco, carrasco. Porque las cosas podrían haberse hecho de otro modo. ¿Un ejemplo? Portugal, desde donde escribo estas líneas. Aquí no hay colegios médicos provinciales – que ya no significan nada -. No señor, es una organización centralizada llamada Ordem dos Médicos con sede central en Lisboa, faltaría más. Unión es poder. Y fijaron el número de licenciados. Y nunca hubo exceso ni paro. Y las condições de travalho son otras. Y los salarios. Y ahora que los han intervenido y que los han recortado, montan una huelga. Y el gobierno recula. Les temen. Y qué demonios de tendencia a irme del tema.

Y por último, last but not least, la crisis económica de los setenta. Varios años de inflación. La verdad es que me han transmitido poco de aquello. Pero que me imagino que los sueldos de los médicos no se actualizaron debidamente aquellos años y se fueron quedando progresivamente enanos. Claro que era otra época. La profesión era mayoritariamente masculina., nada que ver con el momento actual. Y una buena parte de ellos tenían varios empleos: dos horitas aquí, dos horitas y media allá y otro par de horitas acullá. Era una profesión pluriempleada, cuyo cum quibus se construía a base de un sumatorio de varios sueldecitos. A ver: te paso un cupo de cardio – la cardio de entonces no tenía nada que ver con la de ahora – en dos horitas, luego paso sala en el Hospital de San Juan de Dios y al fin tengo revisiones rutinarias de medicina de empresa en tal compañía. Que me imagino que si me mengua uno de los componentes significativamente en tres o cuatro años, lo voy dejando de lado y me voy dedicando gradualmente a los otros, o me voy jubilando, o me resigno, o yo qué sé… A ver si alguien me escribe qué hicieron.

Y en esto llega Felipe. Era octubre del 82 y yo llevaba días en primero de Medicina. Puedo decir ahora que elegí un buen momento para comenzar la carrera. El mejor. Como el que canta misa en Barcelona el dos de julio de 1936. Es mala comparación, ya lo sé. Porque, por lo prolongado de la situación, particularmente en Andalucía, mejor sería compararlo con sacarse el carné de la UGT en Sevilla el dos de julio de 1936. Son errores que comete uno.

Mis cosas, en twitter…

Veinte años en el Sistema Público de Salud, en una novela en descarga a un sólo click.

3 thoughts on “Cuarenta Años de Rabia (I): Los Setenta.

  1. Anónimo says:

    Menos mal que cuando llegó el PP en el 1996 nos mejoraron la vida…..y ahora con Rajoy estamos de vicio, salvo algunos quejicas y protestones (qué se j…. o que trabajen más como hacemos los hijos de fabra

  2. Consuelo M. COCERA says:

    En los 70 , íbamos bien, como tu dices, pasábamos el seguro a los que estaban de baja, 2-3 horitas diarias, tenias una consultita con sociedades que pagaban al mes! Vieras los pacientes que vieras, haciendo sustituciones en verano, mi marido diplomado en salud, haciendo campaña contra el Tracoma en Andalucía los fines de semana. Pero todo esto o casi todo, nos lo quitaron cuando llego el PSOE . Y yo salí a la calle a celebrarlo. Te seguiré contando

  3. Consuelo M. COCERA says:

    Hola! Soy mujer, licenciada en Madrid en 1970. Que pedazo de Sra. Y que ilusión tenía. Examen MIR de entonces. Y en el 71 ya estaba haciendo especialidad (que ni siquiera existía, como tal). 8000 ptas ganábamos, sin cobrar guardias y sin librarlas. En el 75 pase a Jefe de Residentes. 50.000 ptas ¡Capitán General!.Para nosotros la decadencia no llego hasta que apareció FG y su primer ministro de Sanidad. Nos quedamos estancados, nos desprestigiaron y degradaron al máximo, nos acusaron de lo que ellos eran, chorizos, por tener 2-3 trabajos. Nos quitaron el segundo conseguido por oposición, las mas de las veces, sin derechos ni indemnización. Mi marido, medico por oposición en un ambulatorio (2horas y avisos a mogollón diarios) tuvo que elegir entre esto o San Carlos, hospital Clinico, donde había llegado con su inauguración. Cuano los médicos se pagaban su SS

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