Acoso. Acoso laboral en el contexto de mayor interés para los seguidores de este blog: la medicina, hospitalaria o no, ejercida en el Sistema Sanitario Público. Pero no huya usted, oiga, que lo de hoy no va de lamentos, sino de propuestas.
El caso: los cardiólogos del «Doce» contra sus jefes
El caso: hemos conocido todos por la prensa el presunto acoso laboral que se juzga en Madrid en lo contencioso-administrativo. Daos un paseo por la noticia, que no tiene desperdicio: acoso (presunto) a 18 cardiólogos por parte de sus superiores del Hospital 12 de Octubre. Y lo pongo en relación con lo visto a propósito de la UCI Pediátrica de la Paz y, más recientemente, en la UCI del Virgen del Rocío de Sevilla.
Antes de proseguir, tengo que criticar el tratamiento informativo dado por El País. El redactor de la noticia ha redactado un titular y un inicio de noticia que demuestran falta de comprensión del alcance del problema. Afortunadamente, el desarrollo subsiguiente de la noticia endereza la cuestión y pone de manifiesto lo ya sabido: la vigencia del acoso en la Sanidad Pública como práctica no infrecuente, pero habitualmente impune, dada la ostensible dificultad que tienen los sufridos «indios» — los médicos de base — para demostrar algo ante un tribunal.
En plata: que algún que otro jefe te machaca en el día a día y, en las rarísimas ocasiones en que ello trasciende, todo suele terminar para el acosador en un monumental ataque de risa. Todo para que el mundo mundial aprenda lo poco o nada de que sirve rebelarse dentro de determinados feudos. Porque de un estado feudal se trata, no le quepa a nadie la menor duda. Incluido el derecho de pernada.
Me pregunto si esta crónica diaria de la humillación y la vejación le interesa a alguien, más allá del triste «indio» acosado y escarnecido. En la vorágine diaria de noticias, es muy poco probable que la opinión pública muestre una pizca de interés por el asunto. Y cuando, al fin, lo escandaloso de ciertos hechos se hace con un lugar nimio en la quinta página de un medio relevante, el público no sabe a quién creer, ni qué partido tomar. No extraña: los psicópatas que pululan por las instituciones sanitarias poseen una probada labia y la demostrada capacidad de presentar la oscura noche como el luminoso día. Es necesario ir más allá.
El acoso como menoscabo funcional de un centro sanitario
Llego al siguiente razonamiento y vosotros, abajo en comentarios, me refutáis, moderáis o matizáis. Parto de lo obvio: el Sistema Público de Salud está colapsado desde hace años. Sus recursos, especialmente los humanos, hace tiempo que no dan abasto. En estas, un «indio» sometido al terror instaurado por un jefe-dictador rinde peor en su trabajo. Que, por cierto, no es cualquier trabajo.
Insisto y recalco: cualquier experto en RRHH sabe que, en estructuras fuertemente jerarquizadas y tensionadas como la medicina pública, el médico acosado experimenta un notable resentimiento de su salud mental y física. Tiene, en consecuencia, un mayor absentismo y, cuando está en el trabajo, muestra los síntomas inequívocos del burnout: distancia emocional del paciente y de los compañeros, mayor propensión a errores, automatismos de medicina defensiva y un larguísimo etcétera que, créanme, nos salen pero que muy caros.
La inacción, por tanto, frente a la extendida lacra del acoso laboral, además de un infierno para el trabajador, es un menoscabo funcional inadmisible para un Sistema Público que hace mucho tiempo que está contra las cuerdas. Seguir ignorando el problema, continuar tolerándolo como hasta ahora, constituye un déficit directivo doloso y culposo. Mala praxis normativa y de gestión, vaya. Porque, créanme, otro Sistema es posible. Incluso sin cambiar la normativa en profundidad.
El jefe déspota existe (al igual que una inmensa mayor parte de jefes que llevan a cabo desempeños irreprochables) y se manifiesta a sus anchas en un medio propicio para la impunidad. El tipo se ampara en un mundo de gestión clínica dotado de una jerga incomprensible, que él domina como nadie. De este modo, nuestro insufrible cacique respalda sus proyectos y desarrollos ante unos cuadros directivos que aplauden entusiasmados. A ver quién, si no, es capaz de llenar la hendidura existente entre la macrogestión y las sutilezas técnicas del día a día. Los cargos intermedios son, pues, insustituibles y, por tanto, las gerencias hospitalarias, complacidas, renuevan sus mandatos, una y otra vez. Los gerentes se preocupan muy poco de la posibilidad de que bajo la presentación grandilocuente de algún jefazo concreto se esconda algún que otro infierno profesional.
En su espacio de confort, las gerencias suelen andar ciegas. Y podrían hacer mucho más por el tema que nos ocupa, la verdad. A raíz del caso UCI Virgen del Rocío, se ha puesto de manifiesto la importancia de la Salud Laboral y de los estudios de riesgo psico-social en un determinado entorno de trabajo. Es preciso subrayar, empero, que todo ello sigue siendo una intervención puntual, a instancias del problema concreto de un servicio o unidad. En estas, siempre se está llegando tarde y con unas relaciones profesionales muy deterioradas, a menudo de modo irreversible.
La necesidad de prevenir activamente el acoso laboral
Hay que prevenir estas situaciones, señores gerentes y directores médicos. La importancia de nuestro desempeño lo merece y lo exige. Y se puede. Solo tienen adoptar el higiénico hábito de pasar anualmente una encuesta de clima interno. Una anónima, vaya. Y, a poder ser, sin que el responsable de cada unidad pueda controlar el momento. Estas encuestas, bien diseñadas y manejadas de modo conjunto con otros indicadores como las bajas médicas generales y, especialmente, las bajas por enfermedad mental, permiten a las gerencias trazar mapas de riesgo en sus distintas instituciones. Puntos rojos o negros, donde parece que no todo va tan bien como indican los premios o reconocimientos conseguidos por el jefe en cuestión.
Medidas todas que permiten orientar una detallada investigación (al estilo de «asuntos internos» de la Policía de las películas) para detectar a tiempo las variopintas «casas de los horrores» ocultas en el organigrama institucional, dejando siempre a salvo al aterrorizado trabajador. Estoy más que seguro de que este enfoque preventivo va a disuadir a más de un tirano que campa por alguno de los despachos sanitarios de la piel de toro. Y si no, ya verán cómo reacciona el susodicho al recibir la correspondiente admonición. Porque, en el fondo y en la superficie, el tipo ama el cargo más que a su propia piel.
Señores gerentes y directores médicos: ahí tienen faena. Avanzado está ya el siglo XXI para andar con las rémoras propias del siglo pasado.
P.D. Ayer, día 3 de octubre fue un gran, un enorme día para la protesta de una profesión harta ya del pisoteo sistemático de sus derechos (como, por ejemplo, lo que nos ocupa en este artículo), ante los vacíos legales y desatenciones debidos a la falta de un Estatuto Propio para la Profesión Médica. Destacar, una vez más, el papel de la juventud profesional y la incorporación de los estudiantes de Medicina. Ahí hay empuje y ganas; no las perdáis. Porque el cambio exige seso, unidad y perseverancia. Tiempo. El que hace falta para extraer de la sociedad y de la política la idea de una medicina basada en el franciscanismo social.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.

