
13J, Sevilla capital. Torre sur de la plaza de España — sede de la delegación del Gobierno central —. Nos concentrábamos ahí los médicos, a modo de fin de la manifa improvisada por La Palmera. Dos guiris estadounidenses me preguntaban qué podían querer los doctores del «mejor Sistema de Salud del mundo», en sus propias palabras. Costó trabajo explicárselo; para ellas, la referencia de su país es particularmente calamitosa.
Es poco probable que el común de la ciudadanía española, en contraste, tenga la misma percepción que mis interlocutoras. O así parece, a la luz de la progresiva ola de agresiones que vivimos los médicos del Sistema Público, o de tantos comentarios oídos/leídos a particulares, periodistas e «influencers» (detesto el término), que no paran de señalarnos como «casta», «clase médica», «señoritos», «elitistas», «privilegiados» y una larga retahíla de despropósitos alimentada no se sabe por qué mano aviesa y con qué intenciones.
Descalificaciones que no corresponden a ninguna realidad, y celebro que esta verdad se vaya abriendo camino. La profesión a la que me honra pertenecer está formada por una serie de abnegados hijos de vecina, muy estudiosos todos, que decidieron en su momento someterse a una larguísima carrera de obstáculos y a un sinnúmero de discriminaciones y desconsideraciones por parte de un gobierno tras el otro. Gobiernos todos que, a lo largo de décadas y a la vista de cualquier atisbo de movilización, no dudaron en azuzar a su cohorte de perros de presa mediáticos a escupirnos los calificativos que pueden leer en el segundo párrafo.
Pero lo peor de esto es cómo nosotros mismos, los médicos, nos fuimos tragando esta «leyenda negra» y cómo, bajo la mirada despectiva de algunos de los nuestros, fue calando la idea de que la protesta es reprobable, propia solo de sindicalistas vagos. Solo así se explica que, en el «mejor Sistema del mundo» de mis guiris de esta mañana, una legión de profesionales formadísimos, dignos de encomio, adoptasen una inexplicable sumisión ante un clima insoportable de hostilidad ejercida por parte de algunos representantes de la población atendida, de sus cargos directivos e intermedios, y de una de las normativas más despiadadas de la Unión Europea.
No tiene otra calificación la que establece y consagra que «los médicos son aparte». Trabajadores públicos — casi funcionarios —, pero sin derecho a MUFACE. Expuestos a riesgos, sobre todo biológicos, pero sin tal reconocimiento. Horario «flexible», un chicle estirable en función de unas «necesidades del servicio», cuya interpretación se deja al albur de las direcciones o cargos intermedios. Sometidos así a horarios que superan — y con mucho — los máximos semanales exigibles a cualquier trabajador, pero con nocturnidad y un sistema más que cuestionable de descansos. Y, para terminar de reír — por no llorar —, sin que esas horas de más impuestas en forma de guardias médicas se paguen como extraordinarias, sino como un concepto especial que las sitúa a la altura de la calderilla. Y, por si fuera poco, sin que coticen para la jubilación. ¿Privilegiados? Juzgue usted mismo.
(Sigue tras el vídeo)
Pero aquí termina el cabreo — ya era cansino, por antiguo —. Lo bueno, sin embargo, es lo nuevo. Lo de hoy. En estos últimos días, muchos nos augurábamos un seguimiento mínimo de la convocatoria de huelga de hoy. Pero no, para sorpresa de nosotros mismos. Los que estábamos en el ajo nos hemos caído de patas abajo con la respuesta de los compañeros. Una profesión que, aquí y en Fregenal — por decir un lugar —, ha parado a la voz de uno solo.
Lo reconozco y lo subrayo: mis compañeros me han dejado atónito. Estoy orgulloso de ellos, sobre todo de los jóvenes, sobre los que va a caer como un yugo (si se aprueba) un nuevo Estatuto que nos es más que una versión camuflada del viejo, desconsiderado y despectivo con nosotros, como es la tradición de décadas de la política española.
13J, San Antonio. Recuerden el día. Hoy vi a una profesión honrosa, formada, unida y desafiante frente a la iniquidad del poder político de tirios y troyanos. Hoy los vi sin miedo, juntos, coreando que quieren ejercer con dignidad, lejos del franciscanismo esclavizador que ha sido la norma de décadas.
Atentos, pues, porque esta profesión con este grado de unidad, puede y debe reorientar el funcionamiento del Sistema Público de Salud hacia un ejercicio responsable, respetuoso a la vez con los derechos de sus trabajadores. De todos sus trabajadores. Incluyendo, por supuesto, a aquellos cuya formación y responsabilidad son, con mucho, los más dilatados y significativos.
13J, San Antonio. Un buen día para replantear los fundamentos laborales del «mejor Sistema Sanitario del mundo» de mis turistas norteamericanas.
