
¿Qué imagen tiene usted del infierno? Contemple usted los cuadros del siglo XVII, sea en el museo o en tantos templos. Se nos representa como un lugar confuso, repleto de gente condenada a perpetuidad a arder sobre brasas, o hervir en calderas. Y ruido, mucho ruido. No sé por qué, porque los cuadros son mudos. Pero, a poco que se centre uno en al ángulo correspondiente al infierno, a poco que uno sea sensible, notará la algarabía.
Ruido infernal, que decimos habitualmente, ¿no? Convivimos con este ruido sin hacer nada, sin tomar medidas. Lo tenemos interiorizado. Tenemos asumido lo del no poder dormir y, peor aun, el temor a protestar. Nadie escucha tu voz. Solo el esbozo de la burla: “mira el tiquismiquis este; ¡Que se vaya al campo a vivir!”.
Ayer lo viví, en vivo y en directo. En mis oídos y mis nervios desde mi domicilio. Tengo un local a poca distancia que, desde hace décadas, gobiernen la ciudad los tirios o los troyanos, acostumbra a acoger juergas atronadoras a puertas abiertas hasta altísimas horas de la madrugada.
Infeliz de mí, tiré de ordenanzas municipales: descanso nocturno desde las 23:00 horas. Documenté el estruendo con un corto vídeo e intenté llamar a la Policía Local (092).
Nueve llamadas, de las 23:00 a las 0:00 sin que nadie se dignara a coger el teléfono. Lo cogieron al fin, a la décima, y la denuncia quedó registrada. Me quedé a la espera de que los agentes del orden resolvieran el tema. Infeliz de mí, ya les digo.
No les cuento la madrugada. Se la pueden imaginar.
A las 5:45 a.m., me revolví desesperado e hice un segundo vídeo para demostrar la persistencia del problema. El ruidazo cesó al fin, por propia voluntad, pasadas las 6:00 a.m.
Todo esto se denunció en caliente en redes; los dos vídeos están en YouTube. Más tarde, sacudiéndome la somnolencia, he cursado la correspondiente denuncia en la página web del Ayuntamiento, recalcando la desatención e inasistencia de la Policía Local.
No es una anécdota; es una costumbre. El local, en concreto, nos lo ha hecho tres veces en esta semana.
Pero uno va a lo general. Esto es problema de todos. Un sinvivir demoníaco. ¿En qué momento aceptamos que este infierno forma parte de nuestra manera de ser? ¿En qué momento acordamos que esto del derecho al descanso (así como tantas otras ordenanzas municipales) son meras “directrices interpretables”? ¿En qué momento aceptamos que un servicio público esencial (el automático del 092 dice: “si precisa usted una actuación inmediata”) puede no responder y, conseguida al fin la respuesta, se permite desechar la denuncia?
Señor alcalde, que de usted depende esta vaina, los sevillanos queremos muchas cosas. Pero una fundamental es dormir en silencio. Y es posible. Le exigimos que dé este paso para aproximarnos a los estándares de convivencia de los países de nuestro entorno. Y, de paso, para presentarlo como logro para su próxima reelección.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.
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