Bien común. Este es el concepto. Un par de palabras que vienen de (muy) antiguo, pero continúan de rabiosa actualidad. Y, como todo lo que se mantiene vigente, se adapta a los nuevos tiempos. Y no se me vayan en el primer párrafo, que les aseguro que el artículo de hoy no versa acerca del sexo de los ángeles, sino de cuestiones más prosaicas. Tan pedestre como la concreción terrestre del bien común.
Fue en los albores de mi vida profesional cuando me empezaron a insistir acerca del «bien común». Lo escuchaba habitualmente en labios de compañeros alineados políticamente a la izquierda. Y, para mí, aquel asunto los elevaba por encima del común de los mortales, que andábamos perdidos entre fatigas y ridiculeces salariales. En aquel entonces, ingenuo de mí aún, anduve un tiempo en la duda: ¿eran mis cuitas laborales propias de gente bajuna, de pensamiento estrecho y limitado? ¿Debía uno, por contra, descubrirse ante la luz ejemplar de todos aquellos espíritus selectos que abominaban de las acciones sindicales propias de la profesión?
Pasó el tiempo; gané en disgustos, canas y arrugas. Y aquello del «bien común» volvía una y otra vez, y casi siempre en boca de los mismos. Recuerdo especialmente una intervención pública de Yolanda Díaz, contando cómo en su casa se le educó en la necesidad de priorizar la vida de uno en torno a una idea tan elevada.
¿Y eso que tiene que ver contigo y conmigo, Relimpio?
Tiene que ver. Y te lo explico.
Llevamos unos meses «calentitos» desde el punto de vista sindical. No es capricho de nadie, sino de la situación: los médicos de la Sanidad Pública de este país tenemos un acumulativo que, para describirlo de una forma breve, podría usar la antítesis de lo anterior: «mal común». Y creo que no hace falta que lo explique, a estas alturas.
Este «mal común» me tiene ahora conectado con todo el mundo profesional. Mucho más de lo habitual. Y ello implica a compañeros y compañeras de otros hospitales, en otras partes de España. Realidades profesionales variopintas. Y todas reunidas por un común denominador: el cansancio, la rabia y la justa aspiración de algo mejor.
En la peor de sus intenciones, algún paniaguado de algún medio del oficialismo recurre a lo de siempre: «mal de los privilegiados». Pero uno no ve nada de eso. No puede verse, a poco que se examine adecuadamente. Y con un mínimo de honradez.
La miríada de doctoras (superhegemonía femenina, ahora que tenemos próximo el #8M) con las que hablo a diario operan, dan quimio, ven a los niños malitos, atienden partos, escudriñan las resonancias, los ojos, la nariz y los oídos, y atienden tantísimos otros problemas de salud. Lo hacen sin hacer distingo de color de piel, religión o falta de ella, lengua o país de origen. Desempeñan su labor a las diez de la mañana, un lunes, y a las cuatro de la madrugada, un sábado. Siete por veinticuatro, que se dice ahora. Y curran sin preguntarle a nadie por su tarjeta de crédito o por su póliza de seguro (no den eso por descontado; pregunten fuera de nuestras fronteras).
Nadie en su sano juicio negará que, en justicia, esto es «bien común», ¿verdad? Ojo, no es el único “bien común”, eso de ningún modo. Pero, de todos bienes de que disfruta la comunidad, creo que este del que hablamos tiene una importancia superlativa ¿no les parece?
En buena lógica, un gobierno de izquierdas tendría que mostrar una especial sensibilidad hacia las cuitas de este colectivo. Atender y corregir sus dificultades laborales. En este sentido, se ha subrayado hasta la saciedad la superioridad moral de la izquierda. Su altura de miras. Todo ello tendría que verse precisamente en esto que comentamos. Y más aun, a través de una ministra médica y procedente de una formación política situada a la izquierda del PSOE (un inciso: ¿qué esperas para dimitir, Mónica?).
Es razonable pensar que una persona de este perfil sería la ideal para promover la demolición de un sistema asistencial arcaico, obsoleto y opresivo que impone a las doctoras muchas más horas de lo aconsejable / permisible, impidiéndoles la conciliación y llevándolas al agotamiento y el burnout, y a tasas de ansiedad, alcoholismo, depresión y suicidio superiores a las de mujeres no médicas de su edad. Sería lo esperable, ¿verdad?
Pues nada de ello, ya lo ven. Este régimen de trabajo obligatorio – subrayémoslo una y otra vez, obligatorio – condena a nuestro «bien común» a una situación que comparte algunos matices con la «esclavitud» social. «Somos médicos, no esclavos», que rezan algunas pancartas en las manifestaciones de estos días. Tenemos, por tanto, una ministra muy progresista, aunque se le advierta algún tinte «esclavista». Y preguntada por su responsabilidad, no tiene el más mínimo empacho en derivarla hacia las CCAA. Como el dueño de la plantación que echa la culpa a los capataces.
Tal es el talante de la (aún) ministra de Sanidad. Así se mide su pretendida superioridad moral. Tal es su consideración concreta del «bien común» en que fue amamantada. Y con este bagaje se apresta a ganarse un puesto de relevancia en la nueva confederación de izquierdas que concurrirá a las próximas elecciones. Puede incluso que la veamos en breve de vicepresidenta segunda del gobierno, perorando con petulancia acerca de sus raíces progresistas y de la importancia del «bien común».
Pero nos engañemos: a las del «bien común» verdadero las tendrá enfrente. En la calle. Defendiendo lo que saben hacer: operaciones, poner quimio, cuidados intensivos, partos… Además de denunciar hipocresías y luchar contra formas modernas de esclavitud. Con ellas. Con el verdadero #8M.
Por todo esto, al verlas pasar de manifa, cuando aparezcan en los escasos segundos que el telediario les dedica, o si oyen que un vocero oficialista las despelleja, ya sabe usted quiénes son, qué hacen y lo que quieren. Aplauda usted o sonríales, por favor. Anímelas, que siempre hace falta. Porque, créame, se lo merecen.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor. Delegado del Sindicato Médico de Sevilla. Un sindicato para una profesión. ¡Afíliate!
K.O.L. Líder de Opinión (novela): «No conozco testimonio actual más sincero y valiente como el de este libro, una explicación más de por qué la gente dedicada a la medicina constituye una raza que necesita un reglamento específico». @Ptoazulsanidad CLIC AQUÍ


