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Utoya: Nunca Mais.

Utoya: el horror. Casi no caben más palabras. El tranquilo paseo de un asesino perfectamente pertrechado de munición y odio segando vida tras vida sorprendiendo a una sociedad que creía estar al margen del mundo y que seguramente no concebía que estas cosas fueran posibles en sus gélidas y ricas latitudes. Sólo así se explica la desorganización policial que permitió la tranquilidad – permítaseme la reiteración – con la que el desalmado – nunca mejor dicho – aniquila a esos marxistas, hijos del diablo.
La ultraderecha se desvincula. Llevan años lanzando sus proclamas antiinmigración e islamofóbicas. O sus mensajes facilones de la aniquilación de la Europa blanca y cristiana por una supuesta invasión de gentes de tez oscura, de otros credos y otros continentes. Saben de sobras de su peligroso efecto en individuos solitarios, desprovistos de red social o familiar que atempere odios o ideas sobrevaloradas o, justamente al contrario, conectados con de extrañas redes sociales buscadas precisamente ad hoc, para sentirse más identificados en su odio. Algo que vimos perfectamente descrito en la inquietante película «La Ola» (Die Welle). Lo que nadie me ha explicado todavía es qué demonios tiene que ver el mensaje de Jesús de Nazaret, o al menos lo que de él nos han hecho llegar, con la supremacía racial o con el derecho a realizar una masacre para iniciar la guerra al multiculturalismo.
Desde luego, el multiculturalismo ha sido una apuesta arriesgada. Lo que me llega del Reino Unido – en estos días en llamas – es un país de guettos raciales relativamente impermeables. No sé verdaderamente si es así o no. En Francia también está creando problemas considerables. En cualquier caso, me da la impresión de que cualquier multiculturalismo tendrá que calar en la sociedad desde abajo, como fait accompli. Quiero decir que la población estará mucho más dispuesta a admitir la realidad íntima o próxima del islam – o lo que sea – si a la hora de contratar a una niñera o una empleada de hogar – cito dos ejemplos comunes – se encuentra un mercado donde son frecuentes los integrantes de otra etnia u otra religión, y que sin embargo desempeñan aceptablemente sus labores. Por contra, me da la impresión de que hacer las cosas de otro modo es más complejo y levanta ampollas. Si comenzamos por levantar mezquitas pidiendo ayudas o suelo público – por poner un ejemplo -, o exigir un trato especial en las escuelas, sea que las chicas vayan vestidas de modo diferente, sea que queden exentas de la clase de educación física, o que la hagan a otra hora, o que demanden la introducción de alimentación halal – o de cualquier otra especificidad religiosa, vaya – en comedores escolares u hospitales públicos, tenemos un problema.
Porque masas nacionales desfavorecidas con los recortes sociales en la época de la crisis de la socialdemocracia pueden cuestionar estos miramientos. Especialmente si en algunos países, como el nuestro, coincide que se impulsa la laicidad del Estado – lo cual puede ser en muchos aspectos necesario y conveniente – y se percibe o se comunica como ataques a la Iglesia Católica. Será fácil para muchos denunciar un pretendido anticatolicismo o anticlericalismo con la permisividad expuesta en los puntos anteriores hacia otras religiones. Especialmente si ésta es el Islam que, en muchos aspectos, se muestra más reaccionaria en aspectos comunes de nuestra convivencia, como los derechos de la mujer, por ejemplo. Si bien a estas alturas muchos pueden pensar que estoy haciendo un complejo puzzle de vasos comunicantes de asuntos que poco tienen que ver, tengan por seguro que en la retorcida cabeza de los apóstoles del odio todo esto tiene muchísimo que ver. Si alguno tiene tiempo y ganas, repase alguna de las 1500 páginas del manifiesto de Breivik, el héroe de Utoya.
Es por ello que la consideración moderna de la inmigración y la cuestión étnica y cultural en general, y religiosa en particular, han de ser consideradas con tacto y tino, si queremos impulsar la convivencia y desarmar – y desmontar – odios y fundamentalismos. Sería interesante recalcar que el esqueleto que subyace a nuestra civilización es, por encima de una determinada raza o religión, el principio de ciudadanía y de respeto a la Ley, que debe ser igual – dura lex – para todos. Que bien irán las cosas si todos – también los inmigrantes – entendemos que en nuestras sociedades de acogida todo vale dentro de este marco. Y que también muy bien deben ir las cosas si los fundamentalistas del odio racial van reblandeciendo sus duras molleras y entienden que nuestras sociedades – al menos hoy – necesitan de un buen aluvión de gentes con coraje y talento venidas de otras tierras dispuestas a arrimar el hombro y respetar las leyes. Así se forjaron proyectos nacionales y supranacionales dignos y hermosos. Y, por encima, proyectos de convivencia.
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