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Un País de Chocolate.



Creo que a estas alturas todo el mundo sabe a qué se refiere uno con lo del chocolate del loro. Pero como los despistados son como las meigas en Galicia, que haberlos, haylos, les refresco brevemente la cabeza – los que lo sepan se saltan esta parte y punto -: familia antaño pudiente y ahora venida a menos, reticente a recortar gastos y disminuir su cómodo tren de vida. Reunidos contritos a la hora de la sobremesa para aportar soluciones a la inminente bancarrota familiar, uno avispado propone ahorrarse… ¡El chocolate del loro! La historia puede despertar una sonrisa, pero no deja de ser un cruel sarcasmo. Y desde luego, cien por cien española. Porque de venidos a menos este nuestro patio siempre anduvo lleno. Y que antes muerta que pillá en un renuncio. Que no sale una a la calle, vaya.


Pues la cosa adquiere tintes dramáticos cuando no es una familia ni dos las que antaño miraban a los demás por encima del hombro y que ahora siguen mirando, pero por el hombro de un abrigo ajado. Que no, que ahora se trata de un país entero. Un país que ayer por la mañana bajaba de trenes y autobuses procedente de los campos calzando alpargatas y con el hato liado con cuerdas. Y que cruzaba los Pirineos cayéndosele la baba al ver los cochazos, las autopistas, la limpieza y todo un mundo de civilización, riqueza y decencia que existía más allá del sudor y la mugre. Y que, mira tú que bien, llega a Europa y le crecen los dinerines en los bolsillos – ¿De dónde han salido? -. Ya llegamos, ya somos europeos. Ya calzamos buenos zapatos, vamos a la moda de París y fardamos con buenos autos. Ya no nos acomplejan los de ahí arriba, los miramos de tú a tú, nos permitimos despreciarles el clima o los alimentos.

Pero llegó el 2008 y con él la crisis. Que todo era mentira. Que no éramos ricos. Que las perras nos las daban los alemanes y ya no nos las dan. Que ahora no hay dinero y tenemos que recortar. Y reunidos en comandita ellos, los que guisan y los que reparten. Que qué nos ahorramos. Que nos desahucian…

Venga, coches oficiales a la cuarta parte… ¿Coches oficiales? Pero si no son tantos… ¿Y qué hacemos con los chóferes? Por convenio no podemos meterlos en oficinas. Y además… ¿Qué significan unos cuantos coches en la tarta del presupuesto? ¡El chocolate del loro! ¿Bajar el sueldo de los altos cargos? ¡Pero si son cuatro! ¿Qué va a arreglar eso en las finanzas? ¡Eso es el chocolate del loro, hombre! ¿Bajar las dietas, las cenas de viaje, la categoría de los hoteles? ¡Lo mismo! ¡El chocolate del loro!…

Me imagino la reunión hora tras hora, evaluando partida tras partida, todas de color marrón, todas humeantes, todas de sabor dulce, todas de textura espesa. Ahora le tocaba el turno al Senado… Que sí hombre, que no sirve para nada, que todo el mundo lo sabe… Pero… ¿Y lo bien que queda una cámara donde el que quiera hable en su lengua natal?… Sí, aunque a la salida las birras se las tome con el de enfrente en el español que no quiere hablar dentro… Eso si van dentro y no van directamente a lo de las birras… ¡Ah! ¡Que ni siquiera es su lengua natal, que lo amamantaron en español y aprendió la lengua para ascender en el partido!… ¡Que la habla sólo en los mítines y en la radio!… Y en el Senado, claro… Para darle de comer a los traductores, que hay que arreglar el paro… Pero, total… ¿Qué son tres traductores en el presupuesto?… ¡El chocolate del loro!

Seguía el aquelarre de altísimos responsables hasta altas horas de la madrugada. Y cansados como estaban todos, exhaustas sus neuronas en el ajuste presupuestario, no soportaban ya la económica palabrería. Que más parecían papagayos que subsecretarios. O loros. Eso, loros parecían. Sí, mira, hasta les gustó la idea. Porque los loros de este país iban a salir bien parados. Nadie osaba tocarles un céntimo de euro. Presupuesto blindado para loros.

Dieron las siete, las primeras luces. Agotados nuestros responsables reconvertidos en aves parlanchinas. Habían decidido ya los recortes. Que se cebaban con lo consabido: con los funcionarios, con las escuelas y con la congelación de las pensiones. Y los picos se cerraron, había acuerdo. Podían salir por fin, al desayuno.

Todos al bar…

-¿Hace unos churritos?
-Bueno, vale.
-¿Con un café, don José Luis?
-No, Ramón, hoy no va a ser lo de siempre. Hoy voy a tomármelos con un chocolate espeso y bien calentito.
Desde luego que el tema da para una buena novela, si uno tuviera tiempo, energías y talento. Como no tengo otra cosa, les dejo con las miserias de un médico entre la presión de la industria farmacéutica y la moderna gestión sanitaria. Va por ustedes.

2 thoughts on “Un País de Chocolate.

  1. Anónimo says:

    Se puede decir más alto pero no más claro

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