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Ucrania: la sinrazones de la masacre

Ucrania

Al comentar lo de Ucrania, lo inmediato — y necesario — es subrayar la tragedia. Solidarizarse con gente machacada a zambombazos, sus hogares destruidos, sus ciudades reducidas a cascotes.

            Acto seguido, dirigir nuestra indignación contra el invasor, el asesino de la población civil. Devolverle sus argumentos falaces: ni desnazificar, ni desmilitarizar. De hecho, Putin hace lo contrario que proclama: se comporta como Hitler, hace 80 años, y remilitariza a las bravas, con soldadesca.

            Más allá de lo elemental, cualquier análisis será controvertido. Y alejado, por lo demás, de la perentoria necesidad de conseguir un alto el fuego.

            Sin embargo, una corriente de opinión señala la responsabilidad atlantista / norteamericana en el conflicto. Que la progresión hacia el este de la OTAN fue vista por el Kremlin como una amenaza directa. Algo intolerable. Y que la agresión de febrero del 22 no es sino un acto de rabia de la potencia enconada. Y hay de ello, pero es mucho más complejo.

            La historia rusa y ucraniana tiene sus vericuetos. De modo simple, podemos desplazarnos al siglo XVIII, a Catalina la Grande, a la expansión al sur y al dominio del Mar Negro. A la generación del gran Imperio Ruso. Ucrania incluida, por cierto. Y, en su seno, el único puerto de aguas cálidas 365 días al año: Sebastopol, en Crimea, sede de la Armada Rusa en el Mar Negro.

            Los siglos pasaron y, con la gran victoria contra los nazis, el imperio eslavo, rusófono, ortodoxo y después marxista-leninista conoce una extensión inaudita, al oeste, en el corazón de Alemania, al sur, en el Cáucaso y al este, hasta el Pacífico.

            Sin embargo, a lo largo de los ochenta, la versión soviética de la utopía comunista estaba desacreditada entre sus propios ciudadanos. De ahí, su sorprendente implosión.

            Corrompida la fe y el sistema, fue imposible preservar el nexo que ligaba las provincias a la metrópoli moscovita. En un mundo necesitado de religiones, el nacionalismo identitario sustituiría al marxismo-leninismo versión soviética. Una credo nuevo, aquel, que justamente había estado en la base de la Segunda Guerra Mundial.

            Solo que aquí se genera «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», a decir de Putin. En la descomposición de la URSS, muchos millones de ciudadanos rusófonos se quedaron fuera de la «madrecita» rusa, la madre patria cuya estatua gigantesca preside hoy la antigua Stalingrado. Gentes que no encajaban en una nueva identidad moldava, georgiana… o ucraniana.

            Tras la independencia, la nueva Ucrania independiente comienza a dar pasos inseguros en su aprendizaje de las reglas de la democracia multipartidista. Mientras tanto, seguiría albergando el gran puerto de la flota rusa. Y millones de ciudadanos de lealtad rusa, sobre todo al este, se ven atrapados en un país nuevo donde su lengua ya no es oficial. De hecho, empieza a verse perseguida.  

            Se celebraron elecciones, con alternancia de proeuropeos y prorrusos. Señal inequívoca de la profunda división de la sociedad ucraniana. Con interferencia, además, de los mentores occidentales y rusos en todos aquellos procesos. Y así llegamos al complejo proceso conocido como Euromaidán, que se ha presentado como una especie de golpe de estado pro-occidental.

            No es tan simple. El entonces presidente prorruso Viktor Yanukóvich tuvo que afrontar una serie de manifestaciones en contra y reaccionó como lo hacen por esos lares. Leña al mono. Sangre. Tanto como para que la situación se descontrolase y la Rada suprema lo depusiese. Tan golpe de estado como el que depuso a Ceaucescu. Con alguna similitud a lo sucedido en la llamada «Primavera Árabe».

            Lo que vino tampoco fue simple. Los vencedores del Euromaidán se precipitaron a negar el alma rusófona de Ucrania con prácticas reprobables, especialmente en las áreas más al este, donde anidaba la lealtad al poderoso vecino ruso. De ahí, el apelativo “nazi” con que algunos tildan a los gobiernos de Ucrania tras el Euromaidán.

            Claro que el gobierno ruso no se iba a quedar de brazos cruzados. En 2014, se apoderó de Crimea en un rápido movimiento que contó con la colaboración o, al menos, la no beligerancias de gran parte de la población civil. Estaba claro que Sebastopol seguiría siendo rusa. Luego, se inició una «guerra con sordina» entre las autoproclamadas repúblicas independientes del Donbass y el gobierno de Kiev, con el nada disimulado apoyo del Kremlin. Y sí, ahí se dieron muchos excesos.

            Y, por fin, la cuestión de la entrada en la OTAN. ¿Una neutralidad imposible, la ucraniana? Primero, la afirmación nacionalista, negando la realidad rusófona. Luego, la consecuente rebelión prorrusa, apoyada por la madrecita Rusia, al otro lado de la frontera. Y el comprensible miedo ucraniano al vecino, que mostraba los dientes cada 9 de mayo en la Plaza Roja. «Queremos ser miembros de la OTAN» — por miedo, ya digo —. Millones de ciudadanos de lealtad rusa bajo el poder militar norteamericano. Algo que el Kremlin no estaba dispuesto a tolerar.

            Claro que estas consideraciones ya pertenecen a un pasado inmediato. El presente son las bombas, los muertos.

carta

Firmado: Federico Relimpio (CLICK: “sobre mí”).

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