Nuestro ordenamiento político contemporáneo es hijo de la Guerra Civil y la prolongada dictadura que la continuó. Al morir el dictador, evolucionamos hacia un nuevo turnismo, con sus peculiaridades autonómicas. PP y PSOE. Tan parecidos, en muchos aspectos. Tan diferentes, los orígenes.

En común, el FMI, el BCE y las bases americanas. Para muestra, un botón: el respaldo de ambos a Juan Guaidó como «presidente encargado». Pero, al fin y al cabo, no podemos quejarnos de este consenso: desde la Transición, España recibió un chorro de millones y recuperó posiciones en todos los indicadores macroeconómicos.

Este preámbulo servirá para señalar el marco donde se va a desarrollar uno de los experimentos más curiosos de los últimos cincuenta años, en Europa y en España. Se trata del apogeo de los particularismos dentro del Estado Español, empleando la terminología orteguiana.

Cualquier aproximación teórica o histórica transforma un artículo en un ensayo. Me resisto. Lo resumo: independentismo, cerebro frío, objetivos precisos, palabra calculada — momento, lugar y dosis de ambigüedad — y colaboración siempre oportunista y frágil, dispuesta a romperse en la medida en que los vientos así lo aconsejaran .

Cabe plantear que los nacionalismos catalán y vasco pretendieron obviar, entre muchas otras consideraciones, que sus sociedades respectivas habían mutado ostensiblemente en el siglo veinte. Cualquier aproximación al fenómeno tendría que hablar sin ambages de la españolización relativa de los respectivos territorios, reflejada hoy en los respectivos parlamentos regionales.

Contra estos movimientos demográficos, a partir de los años noventa del siglo pasado, los nacionalistas vascos y catalanes explotan bien sus representaciones parlamentarias en Madrid. Como he señalado más arriba, los partidos del turno compartían mucho, pero estaban a muerte. Más por símbolos y orígenes, que por la enjundia. Descendían, los unos, de la conversión al parlamentarismo del franquismo más añejo. Los otros se hacían rápidamente a la economía de mercado y a los consejos de administración de las grandes empresas.

Lo insalvable de la trinchera de la Guerra y la dictadura tuvo consecuencias muy graves: barra libre para los nacionalistas-independentistas, necesarios para completar mayorías. De ahí, prebendas que serían carísimas de pagar, y no solo en dinero. Inmersiones lingüísticas y dignidades maltrechas. Porque los independentistas, insisto, siempre tuvieron la cabeza fría y los objetivos definidos. La independencia en el seno de la UE caería como una manzana madura.

«Estos están siempre como los dos de Goya, a garrotazos. Cuando se vayan a dar cuenta, solo les quedará sangre en la frente, y el suelo que pisan. Y aun así, seguirán a garrotazos». 

En estas, llegó el pulso de septiembre-octubre del 17. Que no fue una broma ni un juego de niños, lo llamemos al final rebelión, golpe de Estado o sedición. Se trató del colofón inevitable de una larga trayectoria, con una toma de conciencia y un trabajo de campo. Fue creerse lo que según parece dijo Oriol Junqueras a Forcadell: «tranquila, que no te va pasar nada». Fue asumir que la ingenuidad mostrada por los patres patriae en la redacción del título VIII de la Constitución Española no tendría límites. Que los de la lucha a garrotazos del 36-39 siempre les necesitarían a la hora de completar mayorías.

¿Puede haber un milagro? Mire: a veces, se dan. Yo los he visto. Mi experiencia profesional me ha puesto delante de resultados sorprendentes — por positivos — ante casos a priori imposibles u ominosos. Y sí, creo que es posible que mis representantes, ahí, en el Congreso de los Diputados, hayan puesto pie en pared tras lo ocurrido a finales del año 17.

Es posible que, reunidos en un bar, tres o cuatro, hayan decidido que se acabó depender de los que no creen en este maravilloso proyecto colectivo llamado España. Que, por esta vez, saltarán las trincheras del Ebro y de la Ciudad Universitaria por preservar un espacio común donde ser formularán políticas de un tipo u otro, pero que nunca serán étnicas o excluyentes.

Hoy, aquí sentado, veo signos alentadores. Y quisiera no equivocarme. Los dos energúmenos del cuadro de Goya están exhaustos de personalismos, clientelismos y corruptelas. Hartos de atizarse con toda la mierda que puede producir una degeneración sin precedentes de los medios de comunicación. En ese momento en que fuerzas no hay ni para levantar el garrote una vez más, los contendientes miran de soslayo, y ven sonreír a los de siempre. A los espectadores de un combate estéril que solo redunda en provecho de construcción de nuevas entidades donde la mitad de la población, aproximadamente, será contemplada como gente extraña, extranjera, de segunda.

Goya no nos dejó solo un cuadro. Nos dejó, además, un espejo para las generaciones venideras. Pero insisto en que el tiempo a veces trae milagros y líderes. Gente capaz de pasearse por el Prado, y captar de qué va esta historia. Que el valor, hoy, consiste justamente en tirar el garrote. Y ser el primero en tirarlo.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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