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Terrorismo Islámico, Israel y Petróleo: la madeja replanteable



El Estado de Israel nació para garantizar un amigo en un área crucial… Mientras siga siendo crucial, claro. Si no lo fuera, podría pasar cualquier cosa.
Terrorismo islámico. Allahu-akbar. Vivir aterrorizados, en nuestras propias ciudades, pensando que un loco se inmola, en el nombre de (su) Dios, llevándose por delante todas las vidas que pueda.
En esas estamos millones de personas en todo el mundo, maldiciendo la barbarie o la inoperancia de nuestros servicios de seguridad, incapaces de restaurar los niveles de seguridad de que disfrutábamos hace unas décadas.
Cabe actuar contra ellos, de un modo u otro, a palos de ciego, en una espiral de acción-reacción o, por el contrario, cabe sentarse un momento a preguntarnos por qué tanto odio. Porque esto no es de siempre, algo con lo que nos criamos. Mi generación se crió con el terrorismo etarra, felizmente finiquitado, y este tampoco era de siempre. Todo fenómeno de esta naturaleza tiene un principio, unas raíces, y es obra de un grupo humano, con sus recovecos neuronales.
Análisis pormenorizados y bien informados encontrarán sobre las raíces del terrorismo islámico. A ellos me remito. Podemos salir del tema explicándolo como reacción de orfandad (desolación) ante la globalización u otros puntos de vista. Pero esas explicaciones antropológicas no me cuadran del todo. Me cuadra más como una extensión de la lucha – más o menos torpe o mal dirigida – contra la presencia política y militar estadounidense en Oriente Medio tras la Segunda Guerra Mundial. Claro que ello exige aclarar algunos matices.
Es difícil entender la génesis de Al-Qaeda y lo de las Torres Gemelas sin la presencia militar americana sobre suelo saudí, durante y tras la primera Guerra del Golfo. Del mismo modo, algunos años antes y en el campo chiíta, la revolución teocrática iraní fue antinorteamericana porque el Imperio sostuvo el régimen despótico y corrupto del Shah. Y antes, en la zona, (casi) todos fueron antinorteamericanos por el decidido apoyo que el Imperio prestó siempre al estado de Israel, verdadera manzana de la discordia en Oriente Medio.
Siempre me pregunté acerca de los porqués de este respaldo sin reservas, y nunca obtuve una explicación clara. Se me habló del inmenso poder del lobby judío americano, pero llegué a la conclusión de que un grupo de presión logra concesiones, pero no orienta la política exterior general de una gran nación durante décadas, comprometiendo su seguridad. Por ello, llevé la cuestión hasta el nacimiento del estado de Israel.
De nuevo, me abstengo de aburrirles con detalles enciclopédicos acerca del tema. Me limito a referirles que los líderes sionistas convencieron al Imperio Británico de que un hogar nacional judío en Palestina – creado sobre los escombros del Imperio Turco – sería el mejor garante para sus intereses. Junto al Canal de Suez. Y ahora vuelvo sobre el tema.
Se creó el Estado de Israel, después Hitler y el Holocausto, y ya saben el resto. Israel entró en estado de gracia internacional, y los árabes no eran nadie. Y mucho menos, los palestinos. Tras la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, tras la crisis de Suez, el Imperio Británico fue decayendo en poder e influencia. El Imperio Americano fue tomando su lugar. Es planteable si, tras las formas políticas e institucionales, la estructura del poder económico no había cambiado mucho de uno a otro: un equilibrio de poderes basado en el tráfico de combustibles fósiles. El petróleo, en una palabra. El oro líquido que se produce – mayoritariamente – en el Golfo Pérsico, y tiene que atravesar los estrechos de Ormuz, el Canal de Suez, pasar cerca de Malta, Túnez y Sicilia, y luego por el Estrecho de Gibraltar, entre España y Marruecos, bajo la atenta vigilancia del Gibraltar Británico.
Si les comento que el Imperio Americano cuidó siempre de que todos estos territorios estuvieran bajo poderes amigos, les pareceré un paranoico, ¿Verdad? De todos es sabido que cuando sobrevino la guerra del Yom Kippur, inestabilizando el Canal de Suez, experimentamos la primera gran crisis petrolífera. Pero cuando estalló la revolución iraní, vivimos la segunda, casi enseguida.
Es planteable que el Imperio Americano haya basado buena parte de su poder en el control de la arteria principal del tráfico del crudo y en el pacto o compra de las oligarquías locales de los países productores. Del mismo modo, es planteable que el respaldo del que el Estado de Israel ha gozado hasta ahora se haya debido a su posición estratégica en este tablero, concebida de ese modo por los líderes sionistas para garantizarse un apoyo duradero. En buen romance: que Israel utilizó a los americanos para cimentar su proyecto nacional, y que los americanos los utilizaron a su vez como perro guardián en un enclave sensible. Y con colmillos atómicos, vaya.
Sin embargo, a pocos se les escapa que se avista un futuro en el que el combustible fósil podría ser prescindible o directamente tóxico para un medio ambiente cada vez más interdependiente. O, aun más, que las reservas globales de crudo pueden alcanzar mínimos incompatibles con un empleo generalizado, obligando al mundo a la búsqueda – o al empleo de fórmulas ya previstas – de energías renovables y de amplia disposición. Dicha tecnología podría estar ya en un cajón – o en un fichero de ordenador – esperando la decisión correspondiente.
En ese contexto, el sistema de relaciones anteriormente descrito sería replanteable. El apoyo inequívoco al Estado de Israel también sería replanteable. El Estado de Israel nació para garantizar un amigo en un área crucial… Mientras siga siendo crucial, claro. Si no lo fuera, podría pasar cualquier cosa. Y, como consecuencia hipotética, no es un imposible vislumbrar la pacificación del área y la progresiva desaparición del terrorismo islámico. Puede que el Imperio lo encuentre mucho más rentable. Pregúntale a Apple, a Microsoft, a Kellogg’s o a McDonald’s.
@frelimpio

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