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¿Tenéis alguna duda? (Feliz Año Nuevo II)

-¿Tenéis alguna duda? – Preguntó el profesor a los alumnos. Un clamoroso mar de silencio fue la respuesta. Detrás quedaba una pizarra garabateada con x al cubo, raíces cuadradas, alfas, betas, iguales y una maraña de signos que sólo compartían dos características: el haber sido escritos en tiza blanca sobre la pizarra y el tener el tamaño justo como para divisarse desde la cuarta fila con buena vista. Para atrás, nada.

-¿Tenéis alguna duda? – Insistió el licenciado en matemáticas viendo el océano de caras confusas que poblaban el aula. Seguro que dos de la primera fila lo habían cogido todo. Los conocía de tiempo ha. El resto, miradas perdidas. Unos, buscando las lejanas azoteas, más allá de los ventanales. Otros acarician los eternos desconchones del techo. Otro se plantea cómo comunicarle a la madre el destrozo del calzado tras la violencia del partido en el recreo. Y otra del final garabatea mil veces un corazón con el nombre del de los zapatos destrozados. Uno más mira al profe, hipnotizado.

El profe quisiera sacar a alguno, empezar de nuevo. Pero hoy no encuentra fuerzas. A los chicos no les gusta que se les pregunte, más bien les revienta. No quieren que se les exponga delante de los colegas. No quieren que se les evidencie. Ni que se evidencie lo que saben – ser demasiado listo no mola -, ni lo que no saben – pasar por tonto tampoco mola, yo controlo. No están ahí por propia voluntad: ahí los han encerrado contigo. Las ecuaciones de segundo grado no entusiasman particularmente. Al fin y al cabo, a estas alturas, te planteas a qué vienes todas las mañanas. Al principio te respondías que a enseñar. Luego te decías que a lo que se puede. Pero hace tiempo que tienes que reconocerte que vienes a llevar el pan a casa, y no mucho. Y a que no te peguen, claro.

Mucho se habla estos días del informe PISA y de los problemas educativos de nuestro país. No soy docente, y estas palabras pueden no ser justas. Ni bien informadas. Pero emanan de la sincera preocupación de una persona que piensa que en la educación de un pueblo está la clave de su futuro. Como padre y como ciudadano. Y no soy docente, repito. Pero amigos en la docencia tengo y por mi preocupación les escucho a menudo. Se dice con frecuencia que la clave del problema español es el caos de la secundaria. Es posible, no lo sé. Se habla de falta de autoridad, de escaso nivel de conocimientos. Se cuestiona la preparación del docente. Se habla de falta de medios. Se habla…

Hablemos de lo que hablemos, creo que hacemos bien en hablar mucho de la educación como problema nacional. Y de poner en valor que lo que se cuece en las aulas no es para nada problema baladí. El respeto al profesor o profesora debe venir inculcada de casa; sólo así la labor docente será posible y podrá continuar posteriormente en casa. Son premisas básicas a aspectos técnicos que podremos discutir – ¿Contenido curricular? ¿Se repite o no? ¿Refuerzos? ¿Distribución de horas? -.

El segundo aspecto que creo necesario señalar es la necesidad de evaluar aspectos básicos de nuestros alumnos. Muchas voces destacadas han señalado la pérdida o deterioro de conocimientos básicos en ortografía, gramática, capacidad de lectura, matemática elemental y conocimientos básicos en ciencias y humanidades. No soy yo quien vaya a cuestionar o sostener estas opiniones. Pero me parece de una relevancia tal que, antes de reglamentar o legislar nada, me parece indispensable establecer un modo fiable de medir los efectos. Creo que deberíamos tomar ejemplo en tal sentido de algunas naciones: hagamos mínimos cambios legales, pero con una completa evaluación de sus repercusiones.

Quiero terminar con una última opinión o sugerencia: descárguese urgentemente la enseñanza superior y sustitúyase urgentemente la enseñanza demasiado basada en la clase magistral amogollonada por una docencia basada en pequeños seminarios con una razón alumno profesor más adecuada, orientada al planteamiento del caso práctico, de la solución del problema, de la interacción pregunta – respuesta o de la realización de trabajos – frecuentemente en colaboración con empresas externas -. Abandono del rancio modelo memorístico para adoptar uno más participativo, aunque probablemente exija sustanciales desembolsos iniciales. Con evaluación de resultados, sin duda. Pero eso será posible, además, si un mercado de trabajo flexible no premia la sobrecualificación ni la titulitis, ni permite aberraciones españolas, como biólogos de cajeros o físicos de bedeles. Si nos las apañamos por fin – sí, si nos las apañamos nosotros, no los políticos – para construir de una vez el mercado laboral que este jodido país precisa, uno definitivamente parecido a los países de nuestro entorno, cuando de una puñetera vez el desempleo de dos dígitos y el subempleo sean el mal recuerdo de una generación.

Dije Feliz Año Nuevo antes y lo repito ahora.

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