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Sólo sé que soy sirio…

Reconozco que ahora lo entiendo todo un poco mejor. Y me duele. He tenido que tener 48 años para comprenderlo. El cine está lleno de películas de nazis, de campos de concentración, de alambradas y de cámaras de gas. Sus restos están ahí en Polonia y la gente va a verlos con morbo. Nos imaginamos los uniformes, los gritos salvajes, las botas y los pastores alemanes. Y hoy, en la comodidad de nuestros hogares, nos decimos: «¿Cómo fue posible?»

Unos años antes, aquí, en España, un país europeo, se abre una profunda brecha que permite un brutal enfrentamiento entre ciudadanos que, días antes, convivían en las mismas calles. Pero, unos kilómetros más allá, sus conciudadanos del continente asisten al macabro espectáculo gobernados por unos políticos que ora alimentaron el conflicto, ora no hicieron nada por su resolución.Y hoy, en la comodidad de nuestros hogares, nos decimos: «¿Cómo fue posible?»

Muchas décadas después el fuego ultranacionalista inflama la antigua Yugoslavia, reduciéndola a pedazos. Yo vivía en la comodidad de mi hogar español, pero conocía la zona y sus gentes, de un viaje en el 86. De las reflexiones sobre conflictos anteriores, participé en un mundo que sabía que estas cosas eran posibles y siniestras. Como muchos, abogué por la intervención, enfrentándome a otros que veían siempre oscuras intenciones en los gendarmes del mundo y que eran partidarios de la autorresolución del conflicto. Se intervino tarde y mal, dejando varios cientos de miles de muertos y cicatrices humanas que tardarán mucho, mucho tiempo en curarse. Probablemente, los servicios de inteligencia, habitualmente tan diligentes, deberían haber advertido a las diplomacias de los pedigrís de la nueva generación de dirigentes y del modo en que había que tratarles. Hoy nos contemplan cientos de miles de osamentas, tullidos de guerra, violadas, huérfanos, gentes aterrorizadas o desconfiadas para toda la vida y una terrible depresión económica. Pero, insisto, la sangría se detuvo. Al fin y al al cabo, eran blancos. De los nuestros.

Creí que aquello operaría como vacuna. Solapándose con el conflicto, asistimos a lo de Rwanda. No es preciso decir mucho más. Sólo 800.000 muertos, sobre todo a machetazos. A distancia, todo lo demás: mutilaciones, violaciones, etc. Es curioso: no precisaron la industria germánica de la muerte, ni los campos. Pocas semanas de retraso en la intervención y el monto humano alcanza el balance final.Y hoy, en la comodidad de nuestros hogares, nos decimos: «¿Cómo fue posible?» Probablemente porque eran negros y en la región no había nada interesante desde un punto de vista económico, ni ellos consumían nada de especial importancia.

No me extiendo, que los posts deben ser breves. Sólo añado que Siria lleva dos años en guerra civil y ya no ocupa las portadas de los diarios. Entro hoy en la wikipedia y me arroja – triste resumen – 600.000 refugiados y los muertos se aproximan a 70.000. Se me habla luego que si los intereses de Irán o Rusia y, enfrente, los de Israel y Estados Unidos. Como en España en los treinta, más o menos. Ya me lo sé. Aún veo gente en sus ochenta y tantos que me lo recuerdan. De todo ello, hoy, en la comodidad de nuestros hogares, nos decimos: «¿Cómo fue posible? ¿Cómo es todavía posible?»

Es posible porque el británico medio en el 37 veía al español como algo – no alguien – alejado, primitivo. Porque, como Costa Gavras describe en su película «Amen», pocos se creían en el 43 que el holocausto podía estar ocurriendo y porque era cosa que le pasaba a otros, y lejos. Porque muchos en los noventa pensábamos que los yugoslavos eran algo – no alguien – lejano y primitivo. Y porque muchos en todo el mundo pensábamos que los ruandeses eran algo – no alguien – lejano y primitivo, y por si fuera poco, negros. Y sigue pasando porque muchísimos pensamos que los sirios son algo – no alguien – lejano y primitivo, y por si fuera poco, moros.

Y mientras uno no se vea en los ojos entornados del último cadáver de la tierra, muerto por una estúpida bomba caída por la inevitable fatalidad de todas las guerras – todas sucias, todas inexactas -, en una boda que se intentaba celebrar en una pausa de los estúpidos bombardeos, seguirán las estúpidas decisiones de iniciarlas porque seguiremos votando o apoyando a los estúpidos que piensan que son víctimas colaterales, errores inevitables. Qué le vamos a hacer. Pero, a fin de cuentas, no nos matan a nosotros. Caen los otros. Gente lejana y primitiva. Y que seguro que ahí se resguardaba un terrorista o integrista en potencia.

Hoy soy sirio. Y estoy mutilado. Mi hermano murió hace tiempo. Y mi hijo está enfermo. No entiendo de política, ni nacional, ni internacional. Sólo sé que tenemos hambre. Y que precisamos medicamentos. Queremos acabar ya con esta locura. Como sea. No se olviden de nosotros, por favor. Porque, de tanta bomba, no sé quién lleva la razón. Sólo sé que soy sirio. Y que estoy mutilado. Y que mi hermano murió hace tiempo. Y mi hijo está enfermo. No entiendo de…

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