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Siria: Sangre, Sudor y Lágrimas. Y sin Salida

Lo reconozco, tengo dejado el tema. O mejor dicho, no escribo sobre él, que leer si que leo. A estas alturas, el ejército sirio entra en Homs – la Bengasi de los rebeldes -. Ni imaginar lo que puede estar ocurriendo allá. Ya han muerto algunos bravos reporteros de la prensa internacional, tozudamente empeñados en que – como la España del 36, la Yugoslavia de los noventa, Libia ayer mismo y tantos otros casos – esta guerra es nuestra guerra, aunque nos obstinemos en mirar distraidamente hacia otro lado. A la veterana Marie Colvin – aun con el ojo que le quedaba podía acusar de incuria – y al hombre de la cámara, Remi Ochlik – eterno Rober Capa de todas las guerras -, mi homenaje y mi respeto. Ellos sí que mueren con las botas puestas  y no hallan otra tumba que la del honor, en Homs, ciudad batida por las bombas del ejército de la dictadura.

Aún recuerdo los noventa. Tomé partido. Contra Milosevic y sus fascistas. Porque aquello no era otra cosa. Y como español, sé de qué va el fascismo o sus variedades nacionalcatólicas. Me pronuncié y escribí una carta al director en El País – entonces no había blogs -. Aún amarillea entre mis carpetas de escritos antiguos. Me costó algunas discusiones. De lo que me acusaron siempre: que aquello era un conflicto interno aprovechado por potencias externas para cargarse a un régimen díscolo. Que me creía lo que me decían y lo repetía. Y yo sólo me aferraba a que los ultranacionalistas tenían puesto un cerco medieval a Sarajevo donde caían bombas día sí y día también. Que eso que quisimos llamar fuerzas de protección de Naciones Unidad – retratadas en la espléndida película “En Tierra de Nadie” – dejaron a su suerte a la población civil de Srebrénica en manos de una banda de asesinos. Confieso que, con aquella noticia y mucho antes de llegar los ecos de la matanza, tuve la certeza de que algo terriblemente oscuro estaría pasando en aquel lugar en aquel momento. Sólo por aplicar las inexorables leyes de la probabilidad. Luego vendrían las fosas comunes. Entonces yo tenía treinta años. Me reivindico. Me reivindican el análisis posterior de los hechos y su valoración histórica. Que si en los noventa me estremecí del sádico terror ultranacionalista serbio y me desesperé de la tardía intervención de la OTAN, y si después me encolericé ante la atroz inacción en el brutal y rapidísimo genocidio ruandés, fue sólo para sacar una conclusión juvenil: en este mundo se acabaron los asuntos internos. ¿No decidimos que actuaríamos contra la violencia doméstica ante el indicio de delito? ¿Habrá asunto más interno que ése?

Volviendo al tema del que arranqué, desde que Mohamed Bouazizi decidiera no soportar más injusticias y prender la mecha del gran polvorín que comenzaría a volar el decrépito telón de arena, he estado particularmente pendiente de los hechos. Túnez, El Cairo y la Plaza El-Tahrir, Yemen y por fin, la guerra Libia. En este último caso, con sus ingredientes especiales: tribalismo y petróleo. Las peculiaridades psicológicas del dictador lo pusieron más difícil: no habría pacto o fuga. Moriría matando. Fue su decisión y su destino, puro Mussolini en Piazzale Loreto. En su momento, lo comparé con Milosevic. Tuvo su Sarajevo en Bengasi. Y a poco que lo convierte en Srebrénica. La OTAN estuvo aquí más diligente; sí se aprestó a tomar parte y parar el golpe. Pero quedaron muchos claroscuros: los líderes de los países que son algo en la OTAN y en el mundo se codeaban con Gadafi hasta ayer por la mañana y había petróleo que controlar. Y, para cierta gente, el régimen pasaba por progresista y solidario, aunque tuviese, cómo no, sus peculiaridades. Suele pasarme, ya lo dije. Tuve que aguantar de nuevo en algún foro el calificativo nada agradable de “lorito” porque, según una avezada entendida en asuntos internacionales, me limitaba a repetir lo que decía la línea oficial de la prensa internacional. Me pregunto qué pensaría esta mujer de ideas avanzadas de las terribles confesiones de una esclava sexual escapada del harén de Gadafi. Supongo que se enrocaría en lo mismo: que son inventos, que la noticia, como la historia, la escriben los vencedores y los que pagan. A cada cuál creer lo que uno quiera, contesté yo. Pues fíjense, eso la hizo sentirse más vejada que a mí lo de “lorito”. Gentes que encuentra uno en el ciberespacio.

¿Y Siria? Sin salida. Se acabó. Estancada, en stand-by, que se dice comúnmente. Gobernada por un oftamólogo sin visión de futuro, Al-Asad ha ido cerrándose las puertas. El país está en una guerra civil no oficial, sin que se decante por los tirios o los troyanos. De nuevo, un Milosevic. De nuevo, un Gadafi. De nuevo Bengasi, Sarajevo, Srebrénica. Esta vez Homs. Sólo que el oftalmólogo – Al-Asad lo es de formación – no tiene buena vista. Su papá machacó una rebelión religiosa a sangre y fuego hace muchos años en Hama. Corrían otros tiempos y papá Al-Asad tenía buenos valedores internacionales. Al-Asad Jr. no los tiene. Tiene enfrente a un timorato Occidente, acusado de haber actuado contra Gadafi por próximo y petrolífero y de no actuar contra Siria por carecer de ambas características. Tiene enfrente a la Liga Árabe y a Turquía, interesados en acabar con el aliado estratégico de Irán en la zona. Podría pedir el auxilio de Rusia, su apoyo tradicional. China tampoco está demasiado interesada en la demolición del régimen Sirio. Ambos regímenes son dictaduras, con un grado creciente de contestación interna. El ocaso del oculista les haría ver que la caída del telón de arena se extiende demasiado al Este y amenaza con encender un peligroso “¿Por qué no aquí?” en sociedades distantes, aparentemente dormidas.

Pero además, no puede. Aunque quisiera. Aunque ahora mismo decidiera dar órdenes precisas, meter un neceser y la indispensable muda en un trolley y salir pitando para el Aeropuerto Internacional de Damasco rumbo a Moscú, Teherán o quién sabe ande, no lo iban a dejar. Porque hay mucha gente comprometida: todo un régimen. Una estructura asesina de la que él es el vértice. Aun en el supuesto de que pusieran de acuerdo para una huida masiva a la cúpula del régimen, ello implicaría un caos de no menos de quinientas personas. ¿Quién da amparo a semejante panda sabiendo el mundo las responsabilidades que ya pesan en el debe? Imposible. Creo que, a estas alturas, sólo la bella y fashionable Asma – esposa de Bachar – podría convencer al marido para permitirle – a ella y a un círculo íntimo – el discreto abandono del país, pour de notre amour. Sinon, mourir ensemble, como la Petacci con Mussolini. Sólo que puede que tras no imaginamos qué número de vejaciones a manos de una turba exaltada.

Mis cosas, en twitter…

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