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«Ladridos en la Noche», 2º capítulo, 5ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

Las calles del centro de la ciudad parecen especialmente hermosas a esta primera hora de la madrugada. Llovió algo durante la tarde, y ello dejó el aire limpio y fresco. El sirimiri pegó el polvo al adoquinado de la calzada, y ahora este se muestra brillante, como recién barnizado.

Los recuerdos acuden raudos a don Fabián mientras camina despacio, sin cambiar palabra con su acompañante. Don Fabián padre inició muy pronto a su hijo en los eventos de la Agrupación y los inevitables convites que venían a continuación. Tras la cena, el futuro catedrático solía regresar a casa con su progenitor, disfrutando de la belleza del camino. Era otra época, a otras horas, y menudeaban los holas y los adioses. Gozaba su padre del placer infinito de ser alguien en esta ciudad que supo hacer un infierno de la invisibilidad y una prisión de la nadería. Saludaba el padre a un conocimiento tras el otro sin dejar caer la sonrisa, mientras que el hijo se iniciaba en un rito que hoy repite, y de igual modo: acariciar con los dedos el cordón dorado de la medalla de la Agrupación, y con los ojos los adoquines de la calzada. Poco han cambiado las cosas desde entonces: los mismos dedos, la misma medalla, y los mismos ojos y adoquines. Nuevo, solo el enorme vacío que dejara el padre, al desaparecer de la faz de este mundo. Y los adioses, que ya no son tantos. Por alguna razón, al hijo no le gustan demasiado, fuera de lo indispensable.

No obstante, don Fabián hijo continúa fiel a la costumbre de antaño: recorrer a pie las pocas calles que le llevan al domicilio que hace años fue familiar, y que hoy es exclusivamente suyo. El profesor alterna a capricho varios recuerdos de la infancia, la adolescencia y la primera juventud: «Fabi» fue siempre un apelativo cariñoso que escuchó solo en el hogar, y solo de labios de su madre, sobre todo en los felices períodos en que la pobre mujer lograba escapar de la terrible depresión que acabaría por encerrarla en dos habitaciones y tres camisones de dormir. Sin embargo, para su padre los diminutivos no existían. No, al menos, para las personas respetables, ya que Currito y los demás tenían otra consideración. De este modo, salvo lo expresado más arriba, el futuro prócer siempre fue Fabián, dentro y fuera de casa. Dicho así, de modo resonante. Diríase que con un tono casi castrense. Aunque, bien mirado, no puede recriminar a la memoria de su padre frialdad o exceso de autoridad. Más bien al contrario: no había iniciado aún la pubertad, cuando Fabián quedó incorporado a la vida de don Fabián padre, e incluido en el círculo de sus amistades y relaciones. A la vida profunda de la ciudad. O a lo que de verdad vale de ella, al decir de su progenitor, según recuerda ahora su hijo, mientras escucha sus pasos sobre el húmedo adoquinado en esta noche serena: «mira, Joaquín; te voy a presentar a mi hijo…». La voz varonil resonaba hinchada por el orgullo en la sastrería, mientras empujaba hacia adelante a un adolescente apocado: «te voy a encargar que le hagas su primer terno… Te lo entrego de pantalón corto; tiene que salir de aquí hecho un caballero».

«Don Fabián…».

Mientras don Fabián padre vivió y pisó con seguridad estas calles, no podía haber otro don Fabián. Solo muriendo la madre, encerrada en la casona de una ciudad que nunca llegó a comprender, y luego el padre, que llevaba la ciudad demasiado dentro como para poder comprenderla, pudo caminar otro don Fabián por sus calles eternas. Tal vez porque la ciudad — o lo que vale la pena de ella — ya no se comprendía sin esa figura. En cualquier caso, cuando la ciudad le pidió a voces a Fabián hijo que se pusiera el don delante del nombre, y asumiera el puesto que en puridad le correspondía, ya disfrutaba él de la oposición ganada a catedrático. Aunque alguna trampa hubo que hacer para ello, inútil es negarlo. Porque, escarbando en la historia secreta de todos los indispensables de este tipo de ciudades, siempre se encuentra algún pecadillo. Pero, pelillos a la mar… Bien está, lo que bien acaba.

—Raúl…

El susurro apenas ha querido abandonar el bigotillo y rebotar sobre los adoquines. da, muchos oídos permanecen abiertos.

—Dime.

Otro susurro responde al anterior, asumiendo implícitos de ayer, de hace un rato y de ahora mismo: que nada se oiga o, mejor, menos que nada.

—¿No se sabe nada?

—Nada.

La sucinta palabra resuena sobre los muros de la calleja. La calle apura sus últimos portales, balcones y ventanas, abriéndose luego a las amplitudes de una plaza repleta de jóvenes y sus desechos: botellas de plástico y cristales rotos.

Don Fabián se reconoce varios sentimientos de difícil armonía. En primer lugar, alivio de volver a ser un desconocido, alguien capaz de hablar en libertad sin que se tome cuenta puntual de cada palabra o cada gesto. En segundo lugar, vértigo de afrontar la realidad de que ahí mismo, en las calles del centro histórico, habita una insolente muchedumbre que nada sabe ni quiere saber de él y su Agrupación. Se consuela pensando en que tal vez haya por ahí algún alumno para el que su nombre signifique algo. Luego sopesa dicha posibilidad con la realidad de su organización docente: su nombre es tan solo un conjunto de letras doradas sobre una placa al lado de un portalón. Toda la docencia la tiene delegada en una serie de Raúles, Ismaeles, Borjas y Agustines que medran en el Departamento mientras ultiman sus respectivas tesis doctorales, y se van situando en la constelación universitaria. Y también los Julios, por cierto. Se le olvidaban los Julios de la vida…

¿Por qué acaba de omitir el nombre de Julio al recordar a sus pupilos? Un paso, dos… Don Fabián mira a un lado y al otro. Vuelve a ser aguijoneado por la posibilidad de que algún alumno le reconozca. Piensa que, en el caso de que así fuera, no podría llamarse en puridad alumno suyo, sino simplemente matriculado en su asignatura. La que imparten sus acólitos. Los que él eligió con cuidado, como Jesucristo a los suyos. Pero su cenáculo particular está compuesto de apóstoles de extracción elevada y educación esmeradísima. Lo mejor de la ciudad, sin duda. Lo que en verdad vale de ella, como su señor padre le enseñara en vida, cuando sus pasos eran bien audibles sobre estas mismas calles. Pero no hay mecanismo de selección que sea perfecto — alguna equivocación al respecto cometió el mismísimo Hijo del Hombre —, y el mismo profesor lo ha comprobado, para su desconcierto. Viendo hoy, por vez primera, la catadura de una madre desolada porque su hijo no aparece por ninguna parte, don Fabián se ha dado cuenta de que también a él pueden darle gato por liebre. Tal vez sea esta la razón por la que ha postergado — de modo inconsciente, sin duda — a Julio Medina en su relación.

Sintiéndose libre al fin, don Fabián se detiene, se vuelve hacia Raúl y le dice:

—Este Julio nos la juega, Raúl. No sé dónde está, ni lo que está haciendo. No sé lo que se trae entre manos. Me equivoqué con él… Es la primera vez que me pasa.

—Échalo cuando reaparezca; no es la primera vez, tienes todos los motivos — Raúl responde en voz baja, como si aún estuvieran en la calleja.

—¿Echarlo? — las farolas de la plaza revelan que la sonrisa del profesor ha adoptado un aire amargo —. ¿Sabes lo que sabe de nosotros? ¿Sabes por qué estás tú donde estás?

—Yo… Creía que… — los balbuceos de Raúl denotan la inseguridad propia de la juventud y el desconocimiento de los recovecos departamentales.

—Le prometí priorizar su carrera; su oposición a titular — don Fabián prosigue a duras penas, como haciendo una dolorosísima confesión —. Verás, Raúl: Julio no es como nosotros. Y es peligroso, muy peligroso… Pero me he dado cuenta demasiado tarde… Ahora… Ahora solo hay una salida: colocarlo bien y alejarlo de nosotros.

 

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook, aquí.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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