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Pitada en política: ¿Contra los jugadores o contra las reglas del juego?


Cinco largos años de crisis (¿O mejor llamarlo ya depresión económica?). La encuesta de metroscopia para El País demuestra el hundimiento del bipartidismo que entró en escena tras la abultada victoria del PSOE de Felipe González en 1982 hacia un modelo más multipolar, recordando la experiencia de la Transición, en que fueron precisos los pactos, el diálogo y el respeto. 

Veremos, como le gusta decir a Iñaki Gabilondo. De aquel momento político al actual, más de treinta años nos contemplan. Y esos treinta años han visto el tránsito de una sociedad ilusionada a una deprimida y desconfiada. Y los problemas económicos no eran menores entonces. 

Coincido, sin embargo, con el análisis de Toharia y Ferrándiz en su comentario a la noticia: que esto es sólo una foto a media carrera. Nadie puede prever cómo quedará la cosa en 2015. La abstención puede ser abultada y a ser clave. Decimos muchos que estas fotos son para cogerlas con pinzas y sonreírse. Es previsible que las decisiones sean adoptadas por los mismos, con un Parlamento más o menos folklórico o inestable; más a la italiana, si se prefiere. Poco ahí para ser optimista, si ustedes me disculpan.

Interpretan luego los articulistas que el cabreo ciudadano es contra los jugadores, no contra las reglas del juego. Y ahí me rebelo: ¿Cómo pueden saberlo? No nos han preguntado. Decirlo así les presupone una dosis de autosuficiencia inadmisible. Es planteable si las reglas del juego vienen tocando un poco las narices a buena parte del personal: por ejemplo, lo inevitable de la monarquía. O tantos aspectos de una Carta Magna que consagra dicha forma de gobierno (o de Estado) y que tantísimos que ahora peinamos canas no pudimos votar. Contra la candidez de dicho texto, que explicita el derecho al trabajo o la vivienda digna sin que en este país tengamos medios para desarrollar esos preceptos constitucionales de un modo efectivo. Contra el modo de hacer política, contra la Ley D’Hont o contra las listas cerradas, que te obligan a votar a una serie de nombres desconocidos debajo de una siglas, fortaleciendo así el poder de las cúpulas partidarias y todo un juego de nepotismos, clientelismos y lealtades. Contra cierta deriva del Estado de las Autonomías, que ha causado el desmembramiento efectivo del Sistema Nacional de Salud y otras consecuencias perversas en las que no quiero entrar, por mor de no encender más polémicas. Contra lo que muchos entendemos como un estado primitivo de la Democracia, en suma, articulado en su día en torno a un texto posibilista, pactista o bienintencionado, que se vio superado por un cúmulo de rapaces que medraron hábilmente viviendo a nuestras costa y a expensas de las ayudas europeas, desarrollando las reglas del juego a conveniencia.

Quiero terminar, pues, con una simple reflexión: que cambiar jugadores manteniendo las mismas reglas es, posiblemente, perpetuar un juego aburrido y ramplón, donde los ciudadanos no vamos a meter los goles que precisamos para que nuestra Democracia pase de segunda regional a segunda. Eso, al menos. Porque la ilusión de llegar a jugar en primera con las Democracias de cierta categoría no puede perderse nunca. 

Hablando de Sanidad, me tuiteaba el otro día un amigo: »  vamos a ver: pedir personalización, humanidad y discriminación positiva a un sistema administrativo burocrático = peras al olmo.»

Como buen loco que soy (de ahí el título del blog), no pude sino responderle: «Y sin embargo me siento joven y voy a pedir lo imposible… Pedir peras a este olmo!»

A su vez, el amigo concluyó la conversación con la sentencia definitiva: «el entusiasmo es contagioso. Enhorabuena!»

Como tonto o loco que soy, no detecto bien el sarcasmo o la burla. Porque quiero, tengo la enorme necesidad de atribuir la buena intención. Es justamente lo que hice en ese momento y hoy, en este post, voy a extender esa breve conversación en twitter a lo general, a la política y voy a hacer mi particular intento de extirparme el desaliento. Tal vez para que muchos se rían de mí. O quizás para que uno de ustedes, uno entre mil de los que ríen, se diga: «¿Y por qué no?

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