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Noche de Reyes (Cuento de Navidad)

De los recuerdos indelebles de la infancia, siempre permanecerá la ilusión de la noche de Reyes. La sonrisa de papá y mamá. El calor de sus manos entre el gentío en la cabalgata. Y mis hermanos mayores, siempre enfurruñados. Y a la mañana siguiente, ahí estaba el milagro. Y así, un año tras otro.
Pero crecí, y el run-rún en el cole también crecía. Que no existen, que son los padres. No fue sorpresa, se coló poco a poco. Y papá y mamá seguían sonriendo. Sólo me dijeron: “no le digas nada a los pequeños”. Ellos seguían alborozados en su noche mágica. Y mis mayores enfurruñados. Y a la mañana siguiente todos contentos.
Y seguí creciendo y, poco antes de Navidad, fui con papá al banco. Ahí, mi papá era otro. Ya no sonreía. Iba a hablar con otro señor, aún más serio. Me echó a un lado, pero algo cogí de lo que hablaban: “las navidades, los Reyes…” Y el otro señor respondía: “ya tiene usted muchas deudas”. Pero todo debió arreglarse. Y el rito siguió inalterable. Papá y mamá seguían sonriendo con los pequeños montados encima, para que vieran la cabalgata. Y los mayores con el ceño fruncido. Y al día siguiente, ahí estaban los regalos.
Y me hice mayor, y me puse a trabajar. Ya sólo quedaba uno pequeño, que vivía aún la ilusión de lo de  los Reyes Magos. Llegaba Navidad y el ambiente era raro en casa. Algo pasaba. Algo que no me querían decir. Mamá suspiraba. Un día la cogí llorando. “¿Que tienes, mamá?”, pregunté con toda la preocupación. “Nos embargan, cariño, nos embargan”, se entendía con dificultad entre sollozos. Días más tarde nos reunieron a los mayores, a los que ganábamos algo. Que si podíamos echar una mano. Que si no, nos echaban del piso. Qué íbamos a decir, que claro, que por supuesto. Pero esas navidades también fruncí yo el ceño, como mis mayores los años precedentes.
Habló luego mi mayor, el que más tiempo llevaba de cabreo. Y dijo que él organizaba este año las fiestas. Y, mira por donde, ese día estaba menos enfadado.
Recuerdo la cabalgata de aquel año. Papá y mamá sonreían. El piso se había salvado. Yo montaba al chico sobre mis espaldas: las de papá ya no estaban para esos trotes. Y al día siguiente hubo regalos, sí. Hubo regalos modestos, pero hechos con ilusión. Hubo regalos de crisis. De familia venida a menos. De gente que zaragutea por las tiendas buscando oportunidades y que brujulea lo mejor al mejor precio. De gentes que saben que eso de los bancos son compañías peligrosas, y que se gasta lo que se tiene o mejor, algo menos de lo que se tiene, que hay que reservar para enfermedad o para tiempos peores. Y recuerdo desde luego que la sonrisa del chico no fue ni desangelada ni fingida. Todo lo contrario. Al ver su paquetito, un arrebol se iluminó de oreja a oreja y soltó desde lo más profundo de su alma: ¡Que buenos son los Reyes! ¡Estando como están las cosas y mira qué bonito lo que me han traído!
Y es que a veces hay papás que es mejor quitarle la economía de la casa de las manos, que si no nos vemos todos debajo de un puente. O eso pensaba mi abuelo, claro.
La vida me llevó luego por mil lugares y mil experiencias. Y conocí a mil padres y mil madres que, incapaces de gobernar sus modestas economías, pergeñaban tragedias familiares. Pero vi también situaciones similares en empresas, en talleres, en instituciones… ¡Hasta en países! Vi gentes contentas como niños, subidos inocentemente a la chepa de los políticos a los que habían votado y que les llevaban de la manita a ver la cabalgata de los Reyes Magos… Gentes que se ilusionaban con su regalito a la mañana siguiente, sin preguntarse de dónde venía… Y también vi a otros que entreveían como sus atribulados gobernantes se endeudaban para pagar la fiesta de los niños sin pensar demasiado… Y hasta terminé viendo a algunos que por fin le pegaron la atragantá al alegre administrador cuando pasaron de niños a mayores, se dieron cuenta de que lo de los Reyes Magos es eso, un cuento de niños, y que les correspondía a todos pagar las fiestas.

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