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Mecanismos de Control, que no Controladores de las Masas

«Quien controlase el Estado Italiano estaba particularmente bien situado para dispensar favores, directa o indirectamente. Los políticos de la Italia de la postguerra, entonces, cualquiera que fuera su pátina de fervor ideológico o religioso, estaban primariamente en batalla para ocupar el Estado, para ganar acceso a sus palancas de privilegio y padrinazgo.»

Postguerra. Tony Judt (la traducción es mía)

Mi atención sobre este reconocido historiador británico es reciente. Las multitudes del 15-M esgrimieron su conocido ensayo «Algo va mal» como una bandera contra el liberalismo de inspiración anglosajona y contra las recetas de austeridad provenientes de Alemania, fundamentalmente.

No sé exactamente cuántos se lo leyeron y qué reflexión hicieron acerca de dicho ensayo. No voy a profundizar hoy acerca de ello – y además no soy el más capacitado para ello -. Arranco de ahí para explicar que mi entusiasmo por «Algo va mal» me introdujo en lo que se considera la obra cumbre del autor «Postguerra», en la que ando enredado. Ahí se explica todo. El nacimiento de todo lo que nos afecta: la UE, el FMI, la OTAN y un larguísimo etcétera. No lo he terminado aún. Pero lo recomiendo.

Como otras veces, voy de lo general a lo particular, y enlazando con otras lecturas. Les reconozco que vivo – como muchos otros – con dos obsesiones: la degradación democrática en nuestro país – en buena parte en relación con la venalidad de su clase dirigente – y el desempleo crónico como condena de una buena parte de sus habitantes.

En relación a lo anterior, me resulto reveladora la reciente lectura de «Todo lo que era sólido» de Muñoz Molina, de donde me entresaco una sola frase:

«Lo que sin que nadie lo advirtiera o lo denunciara empezó a suceder hacia mediados de los ochenta es que al mismo tiempo que las instituciones públicas empezaban a disponer de mucho dinero desaparecían los controles efectivos de legalidad de las decisiones políticas.»

La historia de todo lo acontecido en nuestro país desde la Transición está demasiado viva como para ser analizada con rigor y objetividad. A los llamados «Padres de la Patria» que pergeñaron la Carta Magna en vigor puede atribuirse inteligencia, pragmatismo, flexibilidad y generosidad. Cualquier otra interpretación debería hacer el difícil equilibrio de retrotraerse a las difíciles circunstancias de aquella época en lo económico y en lo político, a modo de tormenta perfecta. Pero salió relativamente bien, y aquí estamos.

Llegaron luego las épocas de las hegemonías y los caudillismos. A esa época y posteriores atañe la crítica de Muñoz Molina – no se la pierdan -. El encanallamiento progresivo de la vida política española, el poder omnímodo de las cúpulas partidarias, la extinción – casi – de la separación de poderes, la generación de un Parlamento ciego, sordo y mudo donde sus señorías pacen o dormitan mientras ponen la mano de la desvergüenza, y la génesis de la política basada en el cinismo echan sus raíces en la voladura de un sistema de controles y garantías. El fin de la ingenuidad ciudadana. Los padres eran padrastros venales y las madres vendían a sus hijas.

En la época de la hegemonía, alguien temió una deriva que aproximara a nuestro país a «la dictadura perfecta», como Vargas Llosa calificó en el 90 al México del PRI. Y ahí anduvimos un tiempo discutiendo, pero ésa no era nuestra tradición y nuestra cultura. Si hay un país al que nos parecemos, probablemente sea Italia. Por todo. Clima y lenguas similares, historias unidas, carácter, tradición católica y más recientemente, nacionalismo y fascismo, influencia norteamericana y, por fin, democracia tutelada. La posible. Sin sacar los pies del plato, claro está – ¿Quién los saca? -. Volvemos al inicio del post. Mis lecturas recientes apuntalan intuiciones previas. La inspiración hegemónica española no es el PRI, tan lejano, sino «la valanga democristiana», como apodara Montanelli al larguísimo período de postguerra de hegemonía casi absoluta de la Democrazia Cristiana – en alianza con el Vaticano y con la mafia, en el mezzogiorno -.

Termino el post. Porque la perspectiva no es alentadora. Si nuestros males podrían derivar del hecho de ser democracia joven y de seguir – en buena parte – el modelo italiano, mejor apretarnos los machos. Hace más de veinte años el sistema italiano estalla en el Processo Mani Pulite, destruyendo a la vieja clase dirigente. Pero el resultado fue la emergencia de Berlusconi, que tan difícil ha sido de apartar de la vida política italiana – e imposible de juzgar -.

No vamos a arreglar la casa con nuevos partidos o jóvenes liderazgos, con aparentes renovaciones o alternativas rompedoras. Humo. Pan de ilusión para hoy y hambre – decepción – para mañana. Bajo esa cortina, el rancio aparato del Estado persiste igual. Un pesebre. Pasto para los listos. O los cuatro golfos, como machacaban los del PSOE de Andalucía.

Bien nos irá si, alternativamente, ese fenómeno de la modernidad llamado redes sociales logra articular movimientos sencillos dirigidos a consagrar mecanismos de blindaje, control y transparencia que limiten la acción del listo de turno, que le obliguen a dar cuentas del último céntimo y ajustarse al programa prometido o justificar por qué no lo hizo de una forma fehaciente. El ejercicio del poder popular – y quiten toda demagogia a la expresión – se basa en instalar mecanismos de verificación y control, abiertos a la ciudadanía. Que sólo así podremos apuntalar la democracia e introducirla por fin en la madurez. Seguir pariendo figuras, figuritas y figurones, sea con coletas, embarazos o gráficas de crecimiento económico, pero sin otro trasfondo o posibilidad de control real, es remachar a la postre el fantasma de «todos son iguales» e ir permeando la vieja idea de la necesidad de «un hombre fuerte» (desgraciadamente, para esto nunca se reclama «una mujer fuerte») que defienda a «la nación».

Necesitamos mecanismos de control, no controladores de las masas.

@frelimpio

2 thoughts on “Mecanismos de Control, que no Controladores de las Masas

  1. Federico Relimpio says:

    Yo creo que no debe llegar la sangre al río. Al contrario, debemos sentar el camino para un nuevo contrato social para la política. Hoy, la opinión está un poco más perdida para la manipulación por obra y gracia de las redes sociales. La gente empieza a expresarse con más libertad y a interaccionar en consecuencia. Ello no permite ver el resultado al día siguiente, pero nos permitirá ver grandes cambios a diez o quince años, en retrospectiva. Soy optimista a medio y largo plazo. Las cosas se mueven porque la gente se mueve.

  2. Francisco Marquez says:

    Muñoz Molina o Judt, dos mentes preclaras que describen la realidad desde posiciones progresistas sin intereses personales. Pero estos análisis ¿cómo se aplicarían? ¿Cómo desplazar a la mediocridad del poder? ¿como priorizar El bien común, el desarrollo social y económico a largo plazo? ¿Cómo exigir la aplicación real del programa electoral prometido? ¿Cómo echar del poder a mediocres solo pendientes de encuestas y mass media?
    Desde luego que no con populismos ni con sectarios sin experiencia, por muy mediáticos y musicales que sean. ¿Tal vez con una refundación de un régimen nuevo? ¿Proceso constituyente adaptado a los nuevos tiempos? Mecanismos de control haylos, pero sin medios para controlar y elegidos sus componentes por quienes deben ser controlados. La mezcla de poderes actual y la ley electoral impiden cualquier cambio. O al menos por ahora…¿.hasta que la olla explote rompiendo escaparates y farolas tal vez?

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