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¿Malditos Mercados?

La Europa de los Mercaderes. Los mercados: fatídica, antipática palabra. He ahí el innombrable demonio que obliga a bonancibles gobernantes de antaño a recortar y limar, a agredir al personal, a bajar sueldos y prestaciones. “¡Malditos mercados!”, grita la gente. “¡Malditos mercados!”, gritamos todos. Maldita Europa que nos fija objetivos de déficit. Maldito euro que no nos deja devaluar y salir de la crisis, como otras veces. Malditos seáis, bárbaros invasores, que os coláis por cuentas corrientes y balances de resultados, y llegáis a la tabla de precios de gasolineras, hipotecas y supermercados. Salgamos todos, pues, a la calle a la cívica protesta: ¿Quién se ha llevado mi queso? ¿Quién ha vuelto del revés a nuestro Zapatero, haciendo de él un Rodrigo Rato cualquiera?

Legítimas palabras, comprensible el cabreo. No hay respuestas. Hay realidades. Hay una desagradable ducha de agua fría. Y sólo preguntas y más preguntas. Siempre consideré enojoso contestar a una pregunta con otra. Pero a veces sólo así se reorientan preguntas mal hechas. O insuficientemente orientadas. 
Este país ingresa hace casi treinta años en la Unión Europea y se beneficia del aluvión de miles de millones de fondos desde entonces. De la noche a la mañana hacemos autovías, autopistas, AVEs, aeropuertos en la última provincia, polideportivos, auditorios, teatros, museos y un tan larguísimo etcétera que da hasta vergüenza. Entonces, fallido Mister Marshall treinta años antes, “Willkommen, Herr Köhl und der Deutsche Mark”. Magnífico eso de ser europeos… ¿Verdad? Sólo que la primera fase creó poco tejido empresarial o industrial. Que mucha modernidad, pero que seguíamos en el paro, para hablar en plata.
En una segunda fase, ya bajo el PP de Aznar, el país, según parece, hace unos rapidísimos deberes y se incorpora a esto que hoy llamamos el euro. Entonces, todos contentísimos. La moneda de los alemanes. Se acabaron las inflaciones y las devaluaciones. Se liberaliza el suelo y empieza la segunda gran ola de la burbuja inmobiliaria (la primera había sido una década antes, con el famoso Decreto Boyer). Alemania exporta capital y nos hacemos nuevos ricos. Bajísimos tipos de interés y todo lo que ustedes saben. Los famosos mercados que hoy vituperamos ponen a España de ejemplo y de moda. Parecía que el paro, nuestra enfermedad endémica, desaparecería para 2010. Nos tiramos todos a una espiral exponencial de compra y venta del ladrillo al por mayor, y de eso vivimos. ¡Y cómo!
Bueno, que estoy pesado, y además, todo es cosa sabida. Decir sólo que todo lo que tenemos hoy: un ejército moderno y dotado, ordenadores gratis para los niños de quinto de primaria, cirugía robótica, atención a la disforia de género (más coloquialmente conocida como cirugía de cambio de sexo) en el Sistema Público de Salud, atención bucodental gratuita infantil, plazas de residencias para mayores, subvenciones para el IMSERSO, UCIs ultratecnológicas, quimioterapias de última generación, expansión del sistema público de bibliotecas con sistemas digitales y multimedias, expansión de la peatonalización y áreas verdes en nuestras ciudades, carriles bici y todo un larguísimo etcétera que ustedes conocen y al que cada uno podrá añadir más y más cosas, cada una más justificada, todo ello tiene un común denominador: cuesta todo mucho, muchísimo dinero.
Y que digo yo que si todos esos bienes o servicios fueran de producción nacional, podemos buscar un ajuste de precios en una deflación paralela que nos permitiera seguir disponiendo de ellos, o al menos no sufrir un recorte tan drástico. Pero no. Este país es dependiente energética y tecnológicamente. Tiene que pagar en dólares o en euros la carísima quimioterapia que puede (o no) prolongar unos meses la supervivencia de su madre. No la inventamos nosotros, desgraciadamente. Y como eso, tantas otras cosas a las que estamos acostumbrados. Así que, pocas demagogias, por favor. Porque si en la caja ya no entra, tendremos que hacer como en la casa del pobre: ver qué puedo pagar y qué no, qué es imprescindible y qué no, y si puedo comer carne a diario, una vez en semana o cada quince días, o qué carnicería es más barata. Y lo de salirnos del euro, menos guasa. Porque si lo hiciéramos, promocionaríamos el turismo, que sería más barato, y las exportaciones que tengamos. Pero encarecería todos los equipos que precisamos y empeoraría la factura energética. Por no hablar de la factura farmacológica. Y éste es ya un país de viejos. 
Que jaleamos los mercados en 2002 cuando “España iba bien” y era el ejemplo, y ahora les vemos los cuernos cuando nos recuerdan que queremos seguir viviendo como los reyes del mambo y que los dineros para pagar la cuenta ni están ni se les esperan. Y que es fácil, muy fácil, invocar al macho cabrío responsable del hundimiento moral y económico de un pueblo. Más difícil es mirarse al espejo y asumir que en la época de vacas gordas todo un pueblo alegre y vital se lanzó a la gran juerga y a la fácil riqueza, ignorando que debajo del andamio no había más que un páramo industrial y empresarial, o sea nada. Y que, acabada la fiesta, nos miramos todos extrañados, desesperados, buscando un lugar donde dormir la borrachera. Y no encontrando ni llave, ni puerta, buscamos ansiosamente una piedra del suelo y un chivo expiatorio, mirando a los políticos, a los mercados, a los bancos, a los inmigrantes, a los sindicatos, a los americanos o a los europeos.

Saldremos de ésta, que de peores hemos salido. Y tendremos otros políticos, con otra visión. Además, los controlaremos de otro modo. La banca funcionará mejor. Estará más regulada. Sabrá lo que puede y lo que no puede prestar. Y los límites de la ingeniería financiera. Y la supervisión internacional tendrá controles más estrechos. Los sindicatos estarán, qué duda cabe. Pero tendrán que dejar de funcionar como clubes privados. Y entender que, al menos en parte, la supervivencia y la buena marcha de la empresa es garantía de futuro para el trabajador. Y para su hijo. Y para los inmigrantes, que hacen falta. Es posible que este país funcione, qué duda cabe. Pero nos lo tenemos que creer. Y dejar de levantarnos todos los días a intentar engañar al vecino o a ver cómo éste no nos engaña. Esto puede ser un espacio de progreso. Y entonces, seguro que no hay problema con los mercados, ni con los americanos ni con los europeos.

2 thoughts on “¿Malditos Mercados?

  1. Anónimo says:

    Relatado con muy buen gusto esta nuestra historia de la "España moderna" o mas bien "La historia de siempre" señor Federico, pero discúlpeme el apunte.
    La conclusión a la que llega en el escrito, que no desacertada oiga, es imposible…inalcanzable. Siempre habrá alguien más de arriba que de abajo ,y si lo fuera de abajo no tardará en preocuparse en subir oiga, que quiera y que pueda el que no se alcance.
    El ciudadano de a pie no es más que un pobre diablo al que se le priva y sustituye su poder de decidir, por el de otros pobres diablos que les "ha tocado" disfrutar "noble arte".

  2. Clara Palos says:

    Retrata usted muy bien nuestra historia.
    Felicidades por los artículos.

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