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«Ladridos en la Noche», 1º capítulo, 3ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

Un par de semanas después, Amador está instalado en las aburridas rutinas de la vida cotidiana. Con la edad y los gruñidos, sus superiores lo han ido apartando de las faenas de importancia. Sus precisos conocimientos de las alcantarillas ya no se consideran útiles para las necesidades del servicio. Las horas son muy cortas en una investigación de enjundia, pero se hacen eternas en un despacho repleto de carpetas tan inútiles como ciertos puestos de trabajo. Se llega a agradecer una llamada como la que recibe en este momento.

«Bendito el día en que te parió tu madre, seas quien seas… Me llama alguien, luego existo».

Coge el móvil y conecta. Un «diga» y un «hola, Amador», al otro lado. Lo mínimo.

—Lucía quiere hablar contigo — a Juani no se le adivinan matices a través de las ondas —; que si le puedo dar tu número. O, si te parece, te doy el suyo, y tú la llamas, lo que quieras.

—¿Lucía? — el hombre oculta su sorpresa con dificultad.

—Te has levantado espeso — tras la sucinta frase, una risilla socarrona.

—Que no caigo, coño.

—La hija de la Pepi; la más chica, la viste en el entierro… ¿Te pasaste con las pastillas de dormir, so pedazo carajote? — la vieja se divierte de lo lindo viendo a las neuronas del poli fuera de combate.

—No me reconocieron; ni en el responso, ni luego — definitivamente, la anciana lo ha dejado tocado y casi sin palabras.

—Se vinieron a casa preguntando quién coño era el tipejo que se quedó allí solo… Decía una de las vecinas que si un novio antiguo de la Pepi — Juani apaga sus sarcásticas carcajadas con cierta dificultad.

—¿Y tú qué les dijiste?

—¡Corta el rollo, Amador! — la mujer se hace brusca de repente —. Que la Lucía quiere hablar contigo; a mí me dejas de historias. Solo que…

—¿Qué?

—Que, desde el entierro, me viene rondando por la cabeza una idea. Y no lograba quitármela de encima ni con agua hirviendo y escamas de jabón Lagarto. Luego, te dejé allí, donde los muertos, y la idea se me ha enredado en estos sesos de vieja — Juani suelta las palabras una a una, como si el asunto se negara a concretarse.

—Eres el demonio, mujer. A ver qué se guisa en esa olla – al poner de manifiesto su curiosidad, Amador experimenta cierta desazón.

—Se trata del freno que te impidió hacerle una última visita a la Pepi. Y ya que sacas el cornudo a relucir, que lo sepas: tú le tienes miedo, joío — la sentencia viene como un garrotazo.

—Tú y yo no creemos en esos cuentos, vieja — contesta el poli, desabrido.

—Digo que tienes miedo al demonio que llevas dentro — replica Juani enseguida, para proseguir hablando ligero —. Algo sabes que yo no sé, cabrón. Y espero que me lo digas antes de que la espiche… El día del entierro lo vi claro: ese diablo no te deja dormir tranquilo. Ni respirar a fondo, ni aliviarte con un buen suspiro. Ni siquiera enterrando a tus muertos. Los que te queden, si te queda alguno…

—Tienes el alma de una bruja y la lengua de una serpiente — la respuesta de Amador suena como un tiro en la madrugada.

—No me insultes, Amador, que sabes que te aprecio… Y, por hoy, lo vamos a dejar, que estoy cansada — las palabras al otro lado del móvil revelan, en efecto, una fatiga infinita —. Que si llamas a la Lucía, o te llama ella.

—Ya lo hago yo, dame el número – la mujer se lo da, intercambian adioses, y cuelgan.

***

(Cuarenta y ocho horas después)

El bar de barrio no es un lugar refinado, aunque tampoco sórdido. Parece hecho a la medida de su ubicación y de sus clientes habituales: gente corriente que acude a horas apropiadas, a disfrutar de una pausa en sus quehaceres o en sus estudios. O a echar la copilla tras el cierre. O tal vez a desfogar un cabreo que traen de cualquier parte. En cualquier caso, Amador no encuentra el local particularmente desagradable. No lo ha elegido él; le ha sido impuesto. Y sin margen para la negociación. Ahora, sentado en el sitio, vuelve al motivo por el que está aquí, esperando reunirse con la hija menor de Pepi Méndez. En relación con esto, admite que el entierro le dejó un poso de inquietud. Un sexto sentido le venía advirtiendo que una tormenta se le avecinaba por ese flanco. La reciente conversación mantenida con Juani no hizo sino confirmar el parte.

En la espera, intenta distraerse observando a la humanidad que ha querido recalar en el local a estas horas. Repara luego en el modo en que su profesión ha moldeado sus hábitos. Hoy ha retomado la vieja costumbre que empleó el día del entierro: llegar con cierta antelación. Amador sopesa en qué medida se trata de una rutina aconsejable: te permite dominar el lugar, las personas, las salidas o vías de escape, peligros probables o hipotéticos… Tras repasar las conocidas ventajas de sus hábitos profesionales, revisa el recuerdo de la llamada que él hiciera a Lucía para concertar la cita. La joven exhibió un tono neutro y frío. Le esperaba.

—Dice Juani que quieres hablar conmigo — dijo él con un toque de inseguridad.

—Sí.

—¿Sabes quién soy? — respondió el hombre, intrigado ante el monosílabo.

—Sí, por supuesto.

El breve intercambio fue seguido de un momento de silencio.

—¿Y?

—Mejor te lo explico en persona.

Fue imposible obtener nada más en ese momento. Además, Amador no es de los que insisten. Sobre todo al móvil. Tal vez a la cara, pasado un tiempo. Él es de los que opinan que un buen cazador siempre espera a la presa.

Amador examina, desmenuza, analiza una y otra vez los recuerdos mientras no pierde de vista la entrada del local. Termina admitiéndose que no conserva en la memoria un retrato de ninguna de las hijas de Pepi. Se inquieta: él no olvida un nombre o unos rasgos. Son la base de su oficio. Lleva en la cabeza un nutrido fichero lleno de caras, delitos, relaciones, toxicomanías u otras perversiones. Hace unos años, sorprendía a menudo a sus colaboradores a la hora de recordar personajes y personajillos de los bajos fondos y sus respectivas situaciones: si estaban entre rejas, huidos, en libertad bajo fianza, con el segundo o tercer grado, o si los pusieron definitivamente en la calle. A qué se dedicaban, si tenían una ocupación conocida. Dónde se les podía encontrar, si hacía falta. Qué te podían decir y qué no. Y hasta dónde les podías apretar… ¿Cómo no recordar la cara de Lucía después de verla en el entierro?

«A ver, Lucía debe andar por los veintimuchos. La verdad es que la confundo con su hermana; las dos son muy parecidas. Lo único que les recuerdo de hace seis años son los ojos de la preocupación. No tienen una característica que las distinga. Son… normales. ¿Será la chavala que entra…? No, esta sonríe y saluda a alguien al fondo. ¿Y esta otra…? Seguro que no; muchos colorines para un luto».

—Disculpa, ¿tú eres Amador, verdad?

Ahora no hay duda. Entretenido con la gente, no ha visto llegar a la joven que le aborda en este momento. La chica no lleva luto. El hombre subraya el vago recuerdo que intentaba rescatar hace dos segundos: una muchacha como cualquier otra. Gente corriente. Lo que la aparta del común de los mortales es la expresión glacial. Sin embargo, es en la mirada donde se nota la mínima temperatura. Da la impresión de que es ella y no la madre la que acaba de morir.

Impávida, la joven permanece de pie ante el hombre.

—Perdona, ¿me puedo sentar?

—Perdóname tú a mí, Lucía. No acertaba a decir palabra… Es que tienes la mirada de tu madre.

La joven se sienta al fin. Amador hace el ademán de llamar a la chica que atiende a la barra para pedir algo. Pero su interlocutora se lo impide al comenzar a hablar:

—Escúchame, Amador; te voy a pedir por favor que a partir de ahora menciones a mi madre solo cuando sea preciso — la recién llegada se ha mostrado seca, implacable. Amador decide obedecer y seguir la primera de sus instrucciones: escucharla.

—Mira, Amador; voy a ser breve. No te conozco. Y tampoco tengo demasiado interés en que lleguemos a conocernos, la verdad. Hemos cruzado nuestros caminos en circunstancias dolorosas — cada palabra revela un espíritu indómito y un verbo resuelto, no sujeto a dobles interpretaciones.

—Mi madre siempre sostuvo que hiciste cuanto pudiste por nuestro caso y que, por ello, debíamos estar agradecidas. Es posible; no lo niego — la joven continúa su monólogo sin permitir que la mirada del hombre encuentre otro punto de distracción o elemento de alivio –, pero me es imposible desligar el agradecimiento del dolor, y tu presencia en nuestras vidas irá siempre unida a la desaparición de mi hermano Julio, queramos o no. Nada pudisteis aclarar sobre el asunto en su momento, ni siquiera si está vivo o muerto, y aún no tenemos claro si esa duda fue, en el fondo, la que aceleró la muerte de mi madre. Dice mi hermana Chari que es preciso pasar página, olvidar, mirar al frente… Aún no sé si es posible, Amador, la verdad. Yo… Yo lo intentaría. Sí, ahora que mi madre ya no está, ahora que nada me liga a la mediocridad de esta ciudad y a la hipocresía de tanta gente, coger la puerta y largarme, no volver, no mirar atrás…

—Pero… — Amador osa decir la primera palabra en un rato. La chica no se esperaba la interrupción. De hecho, casi se sobresalta.

—Pero la Juani no para de decir que algo sabes – replica Lucía atropelladamente para retomar la iniciativa.

—Ya — responde Amador mientras contempla con atención a su interlocutora.

«Llegamos al grano, al fin».

—Dice que no duermes.

—Es difícil, tengo ya una edad — Amador quiere escaparse del par de ojos inquisitivos.

«Juguemos al ratón y al gato. A ver lo que aguanta esta».

—¿Has quedado conmigo para vacilarme? — la cólera asoma por los ojos oscuros — ¿A qué viniste al entierro, entonces?

—A rendir homenaje a una mujer valiente — responde el hombre con toda tranquilidad —. Si domas al potro que llevas en la sangre, puede que dentro de diez años veamos e nti algo que esté a su altura.

Lucía se levanta bruscamente de su asiento, escupe una especie de «¡vete a la mierda!», y da los primeros pasos hacia la salida.

—¡Espera, mujer!

La voz ronca ha llenado el bar, atrayendo la mirada de todos. Al rugido, la chica se ha detenido en seco, cabreada. En primer lugar, porque la única a la que alguna vez reconoció la potestad de darle un grito está bajo tierra desde hace unos días. Y en segundo, porque ha frenado sin pensar, como obedeciendo un mandato atávico. Por eso, tras detenerse involuntariamente, el cuerpo le pide reanudar la marcha y largarse. Pero antes de que pueda dar un solo paso hacia la puerta, de la misma voz — pero en otro tono — llega un:

—Lucía, siéntate, por favor.

Lo hace. Una vez sentada, no abandona el rebote.

«¿Por qué coño te sientas, carajota?».

No lo sabe. No le gusta este tipo. Y ahí lo tiene otra vez: inconmovible; no ha modificado la expresión desde que lo abordara, hace unos minutos. Lucía tiene la impresión de que podría insultarle a placer, que no parpadearía. El cabreo es completamente suyo, como tantas veces en su vida. Amador se toma unos eternos segundos antes de comenzar a hablar. La joven respira de modo acompasado para intentar sosegarse. Al fin, el madero abre la boca:

—Es verdad; algo sé de lo de tu hermano… Pero, ¿estás segura de que quieres enterarte?

CONTINUARÁ…

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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