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Lo que me aleja de la socialdemocracia.

Tenía yo pocos años y eran los setenta. Daba largos paseos por la playa en compañía de mi padre. Él hablaba poco; no le gustaba. Yo intentaba sonsacarle; siempre le admiré y tenía curiosidad. El rol de padre de entonces era diferente: era más distante, y estaba menos tiempo en casa. Cuando llegaba estaba cansado. Así que en esos paseos veraniegos aprovechaba para hacerle preguntas. Era una época convulsa: construíamos un país. De aquellas caminatas saqué dos ideas en pocas palabras: democracia, Europa y que eso del totalitarismo nunca más. Fuese de izquierdas o de derechas.
“-Entonces… ¿Cuál es el régimen mejor? – Preguntaba el niño repelente que aún sigo siendo.
-La socialdemocracia – respondía escueto y cortante un padre hasta las narices, supongo, de un treceañero cargante que una madre le ha encasquetado para quitárselo de encima.”
Imposible enterarme en ese momento de qué iba la cosa. Supuse que ya me enteraría en su debido momento.
Pasaron los años y todo cambió en este país, como todos sabemos. Llegó el PSOE al poder en España y en Andalucía llevando a cabo eso, la socialdemocracia.
Pero papá estaba cada vez más triste y cabreado. De hecho, no recordaba ya la conversación que acabo de mencionar. Un día que quiso hablar, nos dijo: “Esta gente piensa que los médicos somos unos bichos a aniquilar.”
La verdad es que, con lo que estaba cayendo, no sé por qué estudié Medicina. De aquellos años recuerdo a Felipe González hablando del Estado del Bienestar y de Europa. Pero mi recuerdo se va sobre todo hacia aulas masificadas donde un profesorado mediocre nos daba unas clases teóricas infames – porque prácticas no había – como el que nos hace un favor. Y pesaba en el ambiente veinte mil licenciados en paro, que se dice pronto.
Y terminé la carrera y accedí por fin a la residencia. Y pasé de la masificación en las aulas a la masificación asistencial. Lo mío eran las masas, estaba claro. Pero los dirigentes socialdemócratas de mi comunidad autónoma copaban los medios con su lenguaje ampuloso y hablaban de progreso. Lo sabían todo, hablaban con datos, tenían cifras y una gran sensibilidad. Hablaban de picos estacionales y de planes de choque. Y los compañeros con vocación de poder, o simplemente adscritos a ese tipo de ideas avanzadas me miraban con desdén, o me soltaban “¿Tú qué sabes?”, o decían entre ellos: “mira el niño bien”.
Y tras terminar la residencia, empecé el ejercicio profesional. Papá enfermó gravemente y tuvo que invalidarse. No sé si de ilusiones perdidas, de patadas en la cara o porque tenía que pasar de todas formas. Ahí anduve un tiempo y no me fue mal, para qué nos vamos a quejar. Otros chuparon contratos de fin de semana, o de veinticuatro horas, o contratos con guardias sin derecho a saliente o mil tipo de putadas, que tal era el signo de los tiempos, que así nos apreciaban. Simplemente, éramos muchos. Demasiados.
Ésa es otra, al ser legión, legión de parados, ello tiró de los sueldos a la baja. Que no quería decirlo, pero lo digo. Que no está bien visto. Que el galeno tiene que ser monje. Pero que el país tiene dos figuras de remuneración desproporcionada: uno el controlador aéreo, por arriba, y el otro el médico, por abajo. Y que no lo digo yo, que lo dice el IESE. Y que lo dicen ellos, en voz baja. Que lo sabe todo el mundo. Que es un rumor a voces. Que ajustado a poder adquisitivo, a poder de compra, a presión fiscal y a lo que haga falta, al español el salario del médico le sale tirao.
Pero éramos demasiados, como dije antes, y teníamos muchos parados. Y cero pelotero en tradición de acción colectiva. Y perdimos dos huelgas contra los socialdemócratas, la última con ridículo y por goleada.
Con el médico a dos perras y obediente, consciente de su pequeñez, y en un momento histórico de gran entrada de capitales, el sistema sanitario español realiza una inaudita expansión de servicios, cuyo buque insignia es el sistema de transplantes, la envidia de muchos países de Europa. Y, concretamente aquí en Andalucía, se permite una auténtica reinvención del sistema centrada en el ciudadano, introduciendo el trabajo por objetivos y los incentivos, queriendo obviar o hacer olvidar que el problema básico es lo irrisorio de las retribuciones básicas. Ello al margen del agravio comparativo del mantenimiento contra viento y marea del complemento de dedicación exclusiva, inútil paleorremanente de la huelga del 87 que no hay Cristo que nos quite de encima.
Pero si yo tuviera que volver al setenta y ocho y a la playa, a mis trece, y contestar a mi padre con lo que sé ahora acerca de la socialdemocracia, o de la socialdemocracia a la andaluza, no hablaría para nada de mis problemas personales, de estar ahí tirado por dos perras, tratado comparativamente peor que en ningún lugar de España, tanto en lo pecuniario como en lo administrativo. No, no le contaría nada de esto.
Le diría a mi pobre padre, que en paz descanse, que lo peor de esta gente, lo que no les perdono ni les perdonaré nunca, es el uso y abuso de la demagogia. El uso y abuso de un lenguaje altisonante – Andalucía imparable, progreso, la California de Europa -, eufónico, poético, grandilocuente, metafórico y miles de otros adjetivos que la riqueza incomparable del castellano puede proporcionar, para el continuo engaño del hatajo de badulaques que somos y que continuamos siendo, que cuando acudimos a nuestras atestadas puertas de urgencias, a nuestros enfangados juzgados, a nuestras cochambrosas escuelas públicas o a nuestras más que obsoletas universidades,  reaccionamos con el cabreo de un día contra el pobre diablo de turno que nos encontramos, sin proceder luego al sosegado análisis de situación, y sin proyectarlo doce o veinte meses más tarde en forma de voto.
Y como pobre diablo de consultorio que soy, canalizador de iras y frustraciones de un público engañado acerca de una Andalucía cuyos dirigentes prometen el oro y moro y luego me mandan a mí para dar la cara por ellos, metérsela con suavidad y contarles eso del tío paco y la rebaja, no puedo menos que decir que eso de la socialdemocracia está bien en teoría – papá que estás en los cielos -, pero en la práctica depende de quién lo hace, de cómo lo hace, de dónde lo hace y de ese conjunto de matices que hace de la cosa pública algo civilizado, además de público.

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