El llanto de Pablo Iglesias. Fue el tema aquí mismo, en enero. Que, para la galería, era la escenificación de la «oportunidad única» que se proporcionaba a la «izquierda de verdad» desde la Segunda República. En cambio, para muchos observadores, las reglas del juego le impondrían amarguras que le justificarían ese llanto, por razones diametralmente opuestas. Probablemente, desayunarse un sapo cada mañana no es motivo de regocijo.

Si una semana es una eternidad en política, nueve meses son toda una era, especialmente si media una pandemia inesperada. Y si esta se lleva por delante vidas y haciendas, al modo de un «Lo que el Viento se Llevó», reseteando los puntos básicos de partida de PIB, renta y empleo y, por tanto, las prioridades de gobierno y las posibilidades de política social.

Es comprensible que el sobresalto venga a poner a prueba capacidades de adaptación y replanteamiento de objetivos. Conocer el medio y sus posibilidades. Y que, para un programa de izquierdas, no es lo mismo estar a final de año que a final de este verano, con una contracción económica gigante aparejada a un desempleo en rampa — en un país que parte de un desempleo récord para nuestro entorno—.

Pero yo hablaba de Pablo Iglesias, cuya formación política le confiere una peculiar visión de la Historia y su inevitabilidad. Aunque lo inevitable para él, a la postre, son las reglas de un juego que parecen — hoy por hoy — lejos de aquella «agonía final del capitalismo».

De hecho, lejos quedan los días del intercambio cómplice de sonrisas entre el susodicho e Irene Montero en el primer banco del hemiciclo. Los hechos recientes del gobierno Sánchez desmienten la parafernalia de las redes sociales relativa a que nuestro país estaría a dos pasos de la revolución bolivariana. Nada de eso, afortunadamente.

No se trata de que Iglesias y los suyos tengan que plegarse a las decisiones clave del gobierno— bien sintonizadas con Bruselas vía Calviño —, es que ni se les informa… ¿Para qué? Ya no se trata de que se tema su deslealtad, es que se les presupone. Se sabe que van a filtrar a conveniencia, a reventar esta decisión o la otra como el que pone minas en el avance del tanque del ejército propio. Así que, reunido el Estado Mayor, se les manda a dar un paseo con esta excusa o la otra.

Así fue con la huida-exilio-viaje-expatriación del ex Rey Juan Carlos I de Borbón, con las conversaciones del PSOE con Ciudadanos, pero, mucho más grave, con la autorización de la fusión Bankia-Caixabank. Es conocida la pretensión de Iglesias de convertir a Bankia en una Banca Pública. Sobre el papel, nada que objetar, particularmente desde el punto de vista de las izquierdas. Visto el otro lado de la moneda, cabía presuponer su empleo clientelar y la cobertura de sus agujeros con dinero público. Ello guarda un grado de similitud con el empleo de Cajasol por el PSOE de Andalucía, en sus buenos tiempos.

Pero nada de eso; ya lo estamos viendo. El Presidente del Gobierno se curó su insomnio construyendo un tabique insonorizado en la mesa del Consejo de Ministros. Diciendo a los morados y a todos los españoles que el gobierno es del tabique para acá, y que los de allá no pasan de «postizos» y «bien pagaos». Como la copla. Al menos, Alfonso Guerra estaba «de oyente» en el gobierno — luego se supo que era verdad —. Pero Iglesias y los suyos se tienen que enterar por la prensa.

Y aún se le permite, eso sí, soltar el titular de que hubo «una fuerte discusión» en Moncloa por lo del ex Rey. Que las habrá habido, o será una pose. Que da igual, en todo caso: la próxima vez que Pablo suelte una de esas, su jefe hará como que no ha oído nada. Total, para lo que importa.

—Anda, Pablo, dadle al botoncito para los presupuestos.

Lo que escribí enero: llanto justificado. Pero de indignidad. Un tó pá ná, que dicen en mi barrio.

Firmado:

Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor