El poder como club de placer. El poder, como reservado, oculto a los ojos de los mortales, pero pagado generosamente con los impuestos. Un pedacito que no es nada, sustraído a hospitales, centros de salud, escuelas, universidades, juzgados, carreteras y vías férreas. Pero que, concentrado en unos cuantos, les da una vida de ensueño: ese lujo asiático al que usted y yo no llegaremos jamás.

De algún modo, este es el núcleo de “Ladridos en la Noche”, mi tercera novela, emparentada con las dos primeras.

Amador es un poli pasadísimo de rosca, sin nada que lo ate a la vida. Rinde un postrer homenaje a Pepi Méndez el día de su entierro. Sin embargo, algo le remuerde, al hombre: no fue capaz, en su día, de sincerarse acerca de todo lo que supo sobre la súbita desaparición de Julio, el hijo preferido de Pepi. Ahora tendrá que hacerlo, sí o sí, frente a los ojos imperturbables de Lucía, la hija menor y hermana de Julio.

Tal es el arranque de “Ladridos en la Noche”. Un viaje a la desesperación de la pista falsa y falseada, a la media mentira y la media verdad, al no saber y al no querer saber. Al miedo infinito a tirar de la manta, de miedo a que la manta se te convierta en soga de la que quedes colgado. Una soga de la que pende la vida política e institucional de una ciudad.

“Ladridos en la Noche” narra la frustración del joven de barrio con aspiraciones y sensibilidad. Cómo quiso integrarse y desarrollar carrera en un departamento universitario reservado a cierta casta, pero con apariencia de progresía. A través de este avance, Julio conocerá secretos que nadie tenía que conocer y sufrirá rechazos que, en justicia, nadie tenía que sufrir.

Y, a partir de ahí, una intrincada trama de la que nada puedo añadir sin revelar la intriga. Una galería de personajes abigarrada: responsables políticos, profesores universitarios, policías de distinta graduación… Y gente. Gente como usted y como yo, con sus preocupaciones cotidianas y sus puntos de vista. Camareros, limpiadoras, auxiliares de clínica, desempleados, restauradores… Y gente de fuera, parte ya de nosotros: nos hablará la gente del servicio doméstico y nos encontraremos con toda la brutalidad – y la tragedia – del tráfico de seres humanos.

Tras la lectura de “Ladridos en la Noche”, es muy probable que su postura ante la corrupción sea otra. Y, por tanto, ante el voto. No porque sepa otras cosas. Sino porque las páginas de la novela se las habrán presentado de un modo diferente. Lo habrá vivido de un modo diferente. De algún modo, habrá metido la mano en la herida.

No puedo concluir esta nota más que rogando encarecidamente a toda lectora o lector que no desvele a otros lectores potenciales detalle alguno acerca de la suerte de Julio Medina. La magia de la novela es, justamente, su dosis de intriga. Permita, pues, que la intriga con la que usted se acerca a la crueldad de este relato, sea la misma para cualquier otra lectora o lector. Muchas gracias.

P.D. Agradecimiento-homenaje a mi revisor técnico y crítico, José Manuel Sánchez Fornet @sanchezfornet. Tengo su permiso expreso para reproducir aquí su C.V.: “Hijo de Enrique, albañil, y Ana, ama de casa. Policía. mis medallas: 63 denuncias/querellas, 12 exptes., 4 veces objetivo de ETA. DDHH. Contra la corrupción”. Ya os he comentado varias veces que uno no se junta con cualquiera.

En segundo lugar, no me puedo inventar el dialecto guayaco. Eternamente agradecido a mi compañera y amiga, Diana Guadalupe Ariadel Cobo, natural de Machala, Ecuador, a quien le debo toda la corrección en este sentido. ¡Cuántas tardes en el Hospital de Día de Diabetes, Diana!

Armação de Pêra (Algarve), 9 de Julio del 2018.

“Ladridos en la Noche” Ebook disponible YA (PICAR AQUÍ). Papel tarda aún unas horas.

Federico Relimpio

 

 

@frelimpio

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