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La Sociedad Española ante un Giro Decisivo

Realmente ya venía girando hace mucho tiempo. El declive progresivo de las izquierdas – de un modo u de otro – en las capas urbanas, tradicionalmente consideradas como representativas de lo más ilustrado y dinámico de la sociedad española, es un hecho objetivado desde hace más o menos veinte años, con sus altibajos. Si bien es cierto que el castigo electoral propinado al PSOE en las recientes elecciones autonómicas y municipales es un hecho complejo que merece un análisis mucho más profundo, atribuirlo sólo a los terribles estragos de la crisis económica y al desgaste del gobierno en ejercicio puede parecer simplista y convincente sólo para un electorado partidario y previamente convencido, valga la redundancia. El alejamiento de amplias capas de las clases medias de las ciudades grandes y medias del proyecto socialdemócrata – de donde surgió la ilusión y el empuje del «cambio» del 82 – es un fenómeno de calado, mar de fondo o cambio cultural.
No han faltado voces autocríticas que, estos días pasados, se alejaban del discurso complaciente o mitinero para señalar posibles causas de este profundo cambio, que destruye mitos y feudos. No podían estas causas estar en la corrupción, que debían castigar más al Partido Popular, o al menos no darle ventaja. Si bien reiteramos que el fenómeno es complejo, como todos los que quieren explicar un comportamiento social, mucho debe achacarse al sentimiento de indignación que embarga a amplios sectores de la población, que ven descansar a un generoso estado del bienestar sobre los lomos de las nóminas – sobre todo las de cierto nivel -, mientras que los ricos escapan por paraísos fiscales, SICAV o exenciones al patrimonio, los desfavorecidos justo por serlo, y los autónomos por estar ampliamente instalados en la economía sumergida. Puede que este extrañamiento silencioso sea el de los hartos de pagar. Y ahí no valen ideologías ni pedagogías, palabra últimamente tan de moda.
En cualquier caso, como ya ha señalado más de un editorialista, la necesaria clarificación política que aportarán las próximas elecciones generales parece que sólo va a resolverse de dos maneras posibles: mayoría absoluta o simple del Partido Popular. Y parece que no he dicho nada. Pero una distancia galáctica separa las dos posibilidades.
1.- Una mayoría simple del Partido Popular precisará, obviamente, de apoyos parlamentarios para la gobernabilidad, la estabilidad y dar la necesaria confianza que el país necesita de cara al exterior y a los dichosos mercados. Ello va a obligar, con toda probabilidad, a realizar un pacto de legislatura con CiU. En parte porque ambas formaciones están de acuerdo en lo fundamental del programa económico – tampoco el PSOE está muy allá-. También porque ya son socios para el gobierno de Cataluña y de muchos ayuntamientos. La consecuencia beneficiosa será la moderación de los discursos españolista y catalanista de ambas formaciones, algo que todos agradeceremos.
2.- La mayoría absoluta tendrá consecuencias bien diferentes. Algunas de ellas las vimos del 2000-2004. Pero ahora, con la crisis de la que no salimos y el agotamiento político y cultural, en España y en Europa, del proyecto socialdemócrata, las repercusiones se antojan profundas. Algunos ya han hablado de una previsible disminución de la calidad de la democracia. Otros pronostican un largo período de hegemonía del Partido Popular. En cualquier caso, la responsabilidad de Rajoy no será menor. Gobernar un país sumido en una profunda crisis económica. cuestionado por los malvados mercados, contentando a la vez a las diversas familias del nuevo régimen, bien ocultas hasta ahora bajo el manto de la gaviota para que las filas permanezcan bien prietas, todo ello va a exigir habilidades y malabarismos bien imaginativos. Sobre todo cuando derrotado – tal vez laminado – el PSOE, tenga una excelente ocasión de refundarse, pisar suelo, oler la calle, indignarse, sintonizar, empatizar, aglutinar y rearmar una nueva izquierda que la va a plantar – y dura – ante los más que previsibles recortes en el estado del bienestar y otros excesos propios de un rodillo parlamentario castizo y de mantilla.
En cualquier caso, el brete se me antoja decisivo para toda la sociedad y, por supuesto, para las principales formaciones políticas. La derecha – sola o acompañada – se enfrenta a la terrible responsabilidad de evitar una década económica perdida y de dar soluciones inmediatas contra el paro, para lo cual va a precisar más Europa y más democracia, moderar el ímpetu cerril de algunas de sus familias y llevar el más racional de los ajustes – el posible – a las cuentas públicas, abriendo en lo posible por vez primera canales de participación a la ciudadanía. La izquierda – ésta y aquélla – deben digerir racionalmente el segundo capítulo del tsunami que les arrancará una temporada del poder y los arrojará a las acampadas de la indignación para enriquecerse con las experiencias de las miserias cotidianas de la ciudadanía y enriquecerlos a su vez con organización, propuestas programáticas, explicando lo que es y lo que no es posible y articulando – por vez primera – un embrión de izquierda posible basado en más Europa y más democracia. Los nacionalismos o particularismos periféricos deben enriquecerse en experiencias de gobierno en estos tiempos del cólera para temperar su victimismo y su maximalismo y comprender que disgregación es igual a pobreza y que la preservación de su lengua y su cultura es compatible con la preservación de una lengua española que se presenta como uno de los principales activos – y en expansión – de nuestro país en los tiempos que corren. 
En cualquier caso, es preciso contemplar la crisis como oportunidad, como giro decisivo de un país con futuro y con ganas, con talentos y con empresas. Un país en el que no sobra nadie. Sólo el miedo al cambio y a la reforma.
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