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La Guerra de los Rose, Versión Española.

-¿Cómo se encuentra? – Pregunté, a modo de iniciar la revisión de su diabetes.
-Me estoy divorciando… – Respondió la mujer con un aire vagamente apesadumbrado y una mirada brillante que, sin embargo, no encontraba un objeto fijo.

“Me estoy divorciando…”, y ahí acabó todo mi intento por abordar su diabetes. Lo sé por otros casos. Demasiados. No sé que pasa por estos pagos. El divorcio civilizado debe existir, pero yo, al menos, veo que escasea. O es una alarmante rareza en mi entorno personal y profesional, vaya. Y cuando leo algo de eso y tiro de estadísticas, voy y lo confirmo. Ahí siguen las cifras tercas, tozudas: el divorcio en nuestro medio es todavía contencioso con demasiada frecuencia. Para resumir, lo que ustedes saben de sobras: una guerra.

Una guerra prolongada y cainita, como los españoles sabemos hacerlas. Una guerra de visceralidades, de odios profundos, de rencores y maldades, una guerra del todo vale y a degüello, guerra de violencias de género, de sutiles crueldades y de meter los niños por medio. Seguro que alguno cree que exagero. Pregunte pues, y escuche con los oídos abiertos. Pregunte a medio mundo, y después al mundo entero. Una guerra como la del 36, que consume recursos anímicos y materiales, que causa ruinas y depresiones, y marca infancias o adolescencias para siempre.

¿Qué tenemos los españoles que nos gusta matar al de al lado, sea en los legajos y trampas de un juzgado o en las tapias de un cementerio?

Hago la pregunta genérica y espero de todos – de mí también – una evolución personal y propuestas. No creo que seamos especialmente malvados. Probablemente seamos culpables de arrastrar demasiadas inercias y de organizarnos mal, irracionalmente.

Vistos en el contexto europeo, somos un país con un elevadísimo desempleo y salarios bastante bajos, por término medio. Dejo un análisis de ello para otros con mejor formación o más capacidad de profundizar. Si se nos examina de igual modo en relación con los países de nuestro entorno, tenemos o hemos tenido una tendencia mucho más acentuada a comprar vivienda que a alquilarla. Las razones para ello son varias y no existe un acuerdo unánime. Hay una cultura instalada de que alquilar es tirar el dinero, otra idea bien incrustada en el inconsciente colectivo – rota ahora, bien a las claras – de que la vivienda siempre sube y, sobre todo, una legislación errática y en bandazos acerca de los arrendamientos urbanos. Añada a todo eso las inseguridades jurídicas del arrendador, la proverbial lentitud de la justicia española (http://tontosantajusta.blogspot.com/2011/03/una-democracia-la-pata-coja.html), lo aliñamos con la picaresca de algunos arrendatarios – que consiguen vivir gratis algunos meses y luego irse de rositas-, y se empieza a explicar por qué el parque de viviendas en alquiler en nuestro país es escaso, y las rentas altas. Y que, con ello, se haya incrustado por generaciones en la mentalidad nacional la idea de que alquilar es tirar el dinero. Y cuando una generación de gran natalidad llega a la madurez con unas condiciones crediticias y legales favorables, puede explicarnos que cree familia sobre un debilísimo tinglao inmobiliario-financiero apoyao sobre ladrillo y hormigón armao y echándose una argolla al cuello en una entidad bancaria. Pero claro, pasan seis años, tienes dos hijos que crecen, una crisis que se echa encima, uno de los dos que pierde el empleo y el amor que se escapa por la ventana. Yo me quedo con los niños y con la casa que es el techo del hogar… Y tú te quedas con 540€ para tus gastos tras pagar la hipoteca de una casa que es tuya al cincuenta por ciento pero donde ya no puedes vivir, más las pensiones alimenticias… No entro en lo justo o lo injusto, que este país tiene leyes y tribunales. Entro en lo comprensible y lo humano. Y lo comprensible es que ahí no hay  frialdad, mediación ni trato posible. Voy a ser premeditadamente exagerado: una de las dos partes muere y la otra vive. Como en el 36, más o menos. Que es la guerra. Que es tú o yo. Que te mato o me matas. Que a degüello. Lo de antes, vaya. Y no digo que todo lo que se ventile sea esto – que evidentemente hay mucho más, que el mundo de los juzgados rezuma de miríadas de microtragedias, cada una con sus recovecos -, pero que mucho de ello veo y hay. Y vuelvo a lo que me interesa: la felicidad humana, y su opuesto. Que depende de cómo nos organizamos la vida mucho más de lo que nos imaginamos. En suma, de la política, de las leyes, del crédito, de los tribunales y de esas angustiosas eternidades transcurridas entre recursos y recursos… Nada que ustedes no sepan. Años sin vida ni salud, sin hijos ni aficiones.

Que les dejo otra vez con lo de Cecilia: “Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra…”

Mis cosas, en twitter: https://twitter.com/#!/frelimpio

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