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La Decisión de Juanjo

Juanjo los vio acercarse en la noche. A su lado, los compañeros. A sus espaldas, Jorge, su jefe. Unos cientos de metros más atrás, el Congreso de los Diputados.

Juanjo vio a decenas de distancia la expresión de desesperación y rabia, y tragó saliva. Aferró con más fuerza la porra y el escudo. Cruzó mirada apenas un segundo con el compañero a la derecha y se halló con el mismo sentimiento: ¿A quién coño estamos defendiendo?

La muchedumbre se acercaba, impertérrita; en la Carrera de San Jerónimo sólo se oían pisadas. Ni eso: miedo había de despertar a los leones. Por la cabeza de Juanjo pasaron decenas, cientos de telediarios. Eran ya demasiados, los suicidios. Hace tiempo que habían dejado de ser noticia.

Estaba ya cerca de la barrera policial, la gente. Pero aún hubo un momento de temor. Todos sabían lo que vendría a continuación. Por ello se detuvieron un instante. Pero, entre los uniformados, no hubo uno que lo atribuyera a falta de resolución. Sabían que era tan sólo el respiro que se concede el atleta para tomar aliento antes de efectuar el salto.

En este instante de aire congelado, algo se mueve en las primeras filas de los manifestantes. Una mujer… ¿Irá a leer un manifiesto? No da esa impresión. Cojea. Lleva harapos. A ver… Sí, ahora se ve mejor… Es una mendiga… ¿Qué se le ha perdido aquí, en la batalla que se avecina?

Sigue con su andar renqueante introduciéndose en tierra de nadie, entre manifestantes y el cordón policial. Musita algo. Juanjo no puede oírla aún. La mujer se acerca a la barrera policial progresivamente. Juanjo espera instrucciones. No oye a su jefe. Vuelve la mirada. Ahí está. Su jefe, digo; pero lo ve dudar. Mira de nuevo a su compañero a la derecha y de nuevo se encuentra con la duda. Empieza a oír ya la letanía de la mujer:

«Quiero ir a casa… Dejadme volver a casa…»

Puede olerla. Puede ver el brick de tinto en sus manos.

Y Juanjo tira al suelo la porra y el escudo antes de quitarse es casco. Quiere hacer un hueco en la barrera para dejar pasar a la mujer cuando se ve sorprendido ante un estruendo de porras y escudos rebotando sobre un suelo que ya no sostiene barrera policial alguna, sino un grupo de hombres que sólo esperaban una señal. La de alguien que les sacara de dudas. Se sorprenden al no oír los gritos de Jorge. Simplemente solloza, sentado en el suelo. Uno de los suyos le abraza. El aplauso general no deja oír nada más.

***
Que alguno pensó que aquella noche ardería el Congreso. No hubo lugar. Era invierno, y en Madrid hacía frío, mucho frío. La mujer buscaba su casa y, aquella gélida noche, de algún modo, hubo un consenso tácito en que el Congreso de los Diputados sería un hogar inmejorable para todos aquellos que no tuvieran un techo en Madrid. Y mañana Dios dirá, como decimos en este país, ¿No?

3 thoughts on “La Decisión de Juanjo

  1. Anónimo says:

    Para nada te has expresado mal, en todo caso yo. Tan solo quería decir que no es posible construir un mundo mejor desde un sistema que ya nació podrido. Suena igual de creíble que un viaje al centro de Aznar o Rubalcaba refundando el socialismo. De modo que mejor que caigan todos juntos.

    Un saludo.

  2. Federico Relimpio says:

    Gracias por el interés y por participar. Desgraciadamente, veo que me he expresado mal. Mis miedos hacia China son por lo que significa en primer lugar hacia ellos mismos, y luego hacia todos los demás.

  3. Anónimo says:

    Por desgracia es más fácil imaginar un escenario distinto, en pos de defender a ese 1%. Mientras, la gente seguirá mirando hacia otro lado.

    Desde hace algún tiempo vengo siguiendo tus entradas, y suelo coincidir, aunque discrepo en la anterior. El día que el Dragón caiga que no sea para lo que viene siendo siempre en este mundo: "quítate tú pa ponerme yo", que sea para que llegue por fin un sistema más justo, de modo que será bueno que caiga. ¿Cuál es el precio de nuestro modo de vida para el resto del mundo? Es tan solo que ahora nos toca ver más de cerca la otra cara de este sistema feroz.

    Por cierto, mi enhorabuena para los residentes que, aunque finalmente han tenido que ceder en parte, han conseguido mucho más que si se hubieran resignado desde un primer momento. Mi admiración para con ellos.

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