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La Crisis del Feminismo, según Vicent

¿Qué es mejor, soportar a un jefe tirano que me explota o a un marido mediocre que me llevará a París si le hago un mohín de gatita? 

Manuel Vicent 16/9/12 «Cuerpos » El País

Creo que Vicent se levantó simplista hace unos días, cuando le dio a la tecla del ordenador y se puso manos a la obra. Primero, léanse el artículo completo, que lo merece. Después vuelvan, si siguen interesados. 

¿Ya están de vuelta? ¡Excelente! ¿Qué les parece? No lo vamos a zanjar de un renglón. Algo o mucho hay de lo que él cuenta. Entreveo, no obstante, una ración de reivindicación generacional. Me ha pasado con frecuencia. Sobre todo, con gentes de su generación. Y más que nada con mujeres. Las panteras de los sesenta. Las que lucharon con uñas y dientes contra un mundo casposo. Y no voy a quitarles razón ni méritos, que los tuvieron y los mantienen.

Falta un matiz en su artículo. Se entreve, lo deja ir. Vicent lo ha admitido de modo implícito. Probablemente no se ha dado cuenta. Primero, lo del «jefe tirano». O jefa, ¿No? Porque muchas panteras indomables de ésas que Manuel describe viendo a sus nietas hermosas y siliconadas se formaron y escalaron en puestos de responsabilidad. Y puede que la infatigable luchadora tenga una o más amigas de la nieta bajo su mando o dirección – empleen la palabra que gusten -, que discrepe profundamente de sus modos, tiempos o procedimientos. Admita, pues, Manuel, que con lo de «jefe tirano» va una trampa. Que la tiranía, la arbitrariedad o el abuso de poder no conoce género. 

Segundo matiz, Manuel. Nuestro mundo va a peor en lo laboral. De su generación a la mía – tengo cuarenta y siete -, y de la mía a la de ellos – o ellas -. Los gobernantes de su generación y otras muchas circunstancias no han sabido hacer de éste un país de oportunidades y han condenado a las hermosas y siliconadas nietas de su pantera feminista a pertenecer a una generación perdida. Creo que no me invento nada. 

Su generación luchó por unos derechos, pero también por la tolerancia. La tolerancia y el reconocimiento, por ejemplo, hacia unas pobres mujeres pobres, despreciadas por la oficialidad franquista, pero utilizadas en secreto por su machismo para aliviar pasiones que no podían desfogarse de otro modo. Reconozca desde la comodidad de su vida resuelta que en esta puta vida cada uno – o una – vive – o malvive – como puede, sabe o quiere. Y que sin un país de oportunidades difícil es – no imposible – mantener la lucha por los derechos que reivindica. Me parece triste, tristísimo – como las putas tristes, de García Márquez el dilema a que se enfrenta la joven mujer de su artículo y lo que ello supone de renuncia en la lucha por sus derechos. Pero tenga al menos un fugaz segundo de comprensión, véasele un gesto amable, dele una caricia en la coronilla y dígale, mientras se acicala al espejo: «Te entiendo… No está el horno para bollos… Tal vez más adelante… No hay mal ni bien que cien años dure.»

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