Juezas de su padre y de su madre. Como todo el mundo, vaya. Y, como el común de los mortales, son más de papá que de mamá, o viceversa. Y es duro lo que estoy diciendo. Calibro bien cada palabra, antes de escribirla. Y luego me reafirmo. Porque, como ciudadano de a pie, esa es la impresión que me dan. Que instruyendo o redactando un auto, se les ve enseguida de qué pie cojean. De qué cuerda son o el aire que respiran. Y me explico.

El caso EREs ha durado hasta la náusea. Lejos de mi intención recapitular o revisar sus piedras miliares. Ahí están portadas y noticias; repásese la hemeroteca. Desde los primeros pasos, destaca una figura. Amada por unos y odiada por otros, la jueza Mercedes Alaya paseaba su trolley y su porte digno —¿altivo? — delante de las cámaras, sin dignarse a ofrecer una mirada o una sonrisa. Se sabía por encima del bien, pero sobre todo del mal.

Acerca de Mercedes Alaya me llegaron dardos envenenados y los laureles de la heroína. Lo último, fácil de comprender. Demasiados años de gobierno del PSOE de Andalucía. Desde la fundación de la Comunidad Autónoma. Por la voluntad expresa de los ciudadanos, que todo hay que decirlo. Pero estos ejercicios tan prolongados del poder terminan generando opacidades y tufos. Sobreentendidos difícilmente explicables y, menos aun, demostrables. Sin embargo, los ajenos al poder empezamos a hablar del «régimen», con razón o sin ella.

Para los que hablábamos de «régimen andaluz», lo de Mercedes fue una proeza. Una lucha contra los elementos. Una mezcla de los juristas Falcone y Borsellino, vilmente asesinados por la mafia. O una reencarnación del juez Di Pietro, que destapó el “Manos Limpias” y acabó a la vez con la Democrazia Cristiana y el Partido Socialista italianos. La fontanera que hacía falta para buscar y desatascar la peste a husillo que se había adueñado de Andalucía, sin que nadie pudiera encontrar el origen. Pero…

Amigos tengo, en la parte contratante de la otra parte. En el «régimen», quiero decir. Y me fueron desgranando los granos de la leyenda negra de la heroína. Aspectos que no cuento aquí, de lo bajuno. Pero sí de ser uña y carne con Zoido, y de ajustar sus famosísimos autos al calendario electoral. Y uno, que de esto no sabía nada, no tuvo más remedio que dudar. Aunque siguiera oliendo a peste institucional, para qué vamos a decir otra cosa.

En medio de la batalla, Mercedes Alaya fue sustituida por María Ángeles Núñez Bolaños. La primera no se ahorró críticas en este nombramiento, declaraciones cuya elegancia es, a la vez, criticable. Quiero evitar usar por tercera vez la palabra «crítica» en un mismo párrafo. Pero tal vez sea forzoso: los actos de la recién llegada se convirtieron rápidamente en objeto de observación. Y, por tanto, de crítica despiadada. Dependiendo, lógicamente, del bando en cuestión. Alabanzas, por parte de Susana y los suyos — «pone las cosas en su sitio» —, y despellejamiento por la parte contraria.

Se analizaron ciertas circunstancias. Relaciones familiares de la recién llegada que la incrustan en la órbita del «régimen» — ya «antiguo régimen» —. Y, una vez más, comienza a correr el rumor que atribuye a la larga mano de Susana Díaz su nombramiento estratégico vía el entonces Consejero de Justicia e Interior, Emilio de Llera. En resumen, una leyenda urbana según la cual se pretendía situar a «una de las nuestras» en el lugar preciso. El runrún de que la sustituta aterrizaba con la idea de desmontar y archivar algo que entonces se consideraba mucho más peligroso que los EREs y que podía acabar con el «régimen»: el escándalo «Cursos de Formación». Claro que todo esto no son sino interpretaciones malévolas. Malicia derechista, fruto de la desesperación por no poder llegar nunca al poder de la mano de los votos.

Estos llegarían al poder tres años más tarde. Pesarían el prolongado tufo a alcantarilla y a burdel, y muchas otras cuestiones. Entre ellas, tendría un lugar destacado la mala gestión sanitaria, epicentro Granada, y el caos de las fusiones, ideada e impulsada por el entorno de la actual ministra de Hacienda en funciones, María Jesús Montero.

Para entonces y hasta ahora, la protesta contra la que muchos han considerado como «la jueza de Susana» no provendría de sectores ciudadanos o mediáticos de la derecha, sino de la propia Fiscalía. Esta ha elevado muy alto una queja colegiada e institucional contra sus actuaciones — o, mejor dicho, su falta de actuación — en los casos que le habían sido encomendados. En este sentido, también se significaría la misma Audiencia, al revertir el archivo efectuado por la misma jueza de parte de la causa «Cursos de Formación».

¿Qué percibe de esto el andalucito que viene al mundo, lo guarde Dios? En buena medida, que la Justicia, de ciega, nada. Que la venda que debía cubrirle los ojos, por ahí anda, tirada y pisoteada. Que cincuenta años después de la restauración democrática, es más que notorio que los administradores de la Justicia son gente. Y respiran, comen, beben y van al baño. Como cualquiera, vaya. Y, como usted y como yo, los jueces tienen un corazoncito, más o menos hacia un lado o hacia el otro. Y cabe la posibilidad de que, en función de esta orientación, se les sitúe en tal o cual puesto estratégico. Para «tumbar» a un «régimen» monolítico o, alternativamente, para desactivar una causa que lo amenaza.

Y que jamás este pobrecito escribidor se atrevería a jurar que ello es así. Pero sí que lo parece.

Firmado: Federico Relimpio, médico y escritor.

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Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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