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Feliz Año Nuevo

Juventud, divino tesoro (Una de políticos)

Una de las cosas que menos perdono es el cliché o lugar común. Parece que nos es particularmente cómodo, que nos exime de reflexionar, de analizar. Y por perezosos, se nos cuela por la trasera casi sin darnos cuenta, se nos instala o mejor, nos lo instalamos con gusto, nos lo regodeamos y, cuando queremos abrir los ojos, pensamos: ¿Quién es este tipo que campa a sus anchas en el salón principal de mi casa? Así se pueblan nuestros pensamientos. Será que íntimamente conviene a nuestra molicie. Purito ahorro de energía. Y lo peor es que aquéllos que nos observan, los que dirigen nuestros hábitos de consumo o de voto – un hábito de consumo más, al fin y al cabo -, han aprendido que ésos son los mecanismos de nuestro cacumen y se devanan la sesera día y noche pensando como aprehenderlos, como penetrar mejor. Fácil, se lo hemos puesto fácil en nuestro renuncio.

Puesto el toro en suerte – con perdón de los antitaurinos -, hablar a estas alturas de la glorificación de la juventud puede parecer a priori la mejor defensa para un tipejo que ya no la posee, como yo. Libre cada cual en sus interpretaciones, sean cuales sean sus intenciones, que no entro. Que el tema podría dar para mucho, para muchísimo más: para un ensayo, una novela o una obra de teatro; o mejor para dos, para diez, para miles. Ahora que la vida se prolonga hasta límites inauditos, que se quiere ser madre a edades casi imposibles, que vemos ancianos musculadísimos o románticos amantes en etapas vitales antaño denominadas senectud o, cuanto menos, respetabilidad… Que no, que no sigo perorando, que ése no es mi tema, o al menos no lo es hoy, que ya sé que da para mucho. Venga, lo retomo otro día y vuelvo a mis temas de siempre, a los que ya saben de otras entradas: a nuestra pequeñez e insignificancia frente al poder o los poderes, y mi íntima rebelión – la que me cabe, por lo pronto -.

¿Es la juventud – relativa – un valor en política? Y volvemos a lo del cliché… Es que me revienta, oigan. Parece que el líder – o lideresa – tiene que vender entusiasmo, ilusiones, empuje, renovación, ruptura con los viejos esquemas… Bellas palabras dichas con aplomo: “¡Qué bien habla!”… Mensaje, mensaje, mensaje, que se contrapone a aquéllo de Anguita: programa, programa, programa. La lideresa – o el líder, que ahora cambio los términos y así evito susceptibilidades – vive en una eterna campaña de márketing: se vende, nos vende su producto en un degradante vale todo. Me viene aquí a la memoria una espléndida película protagonizada por Robert Redford: El Candidato. Lo mejor: la frase con la que concluye. Derrotado el candidato rival, un eterno e incombustible cacique aferrado al sillón, Robert Redford suelta lacónico algo así como: “bueno, ya he ganado… ¿Y ahora qué?” Creo que una buena dosis de ello le pasa a nuestros jovenzuelos. Porque con mejor o peor fortuna, nuestra democracia ha navegado al timón de novicios. Jovencito era Adolfo Suárez en el 76, nadie pensaba ni apostó por él. Y sorprendió. También le colaboró la casta política más madura y responsable – y no creo que sea sólo mi opinión – de la corta historia de nuestra democracia. Un rapaz era Felipe en el 82, sin experiencia alguna en gestión. Tuvo detrás el respaldo popular más mayoritario que se recuerda en nuestra historia reciente y el apoyo de los europeos. Pero no controló el partido, la realpolitik le obligó a romper con el obrerismo, no reaccionó a tiempo contra la corrupción y aún no está claro eso de la guerra sucia. Y lo que es más importante, bajo su reinado no se creó un solo puesto de trabajo. Un chiquillo antipático era Jose María Aznar en el 96, pero al menos venía de la presidencia de la Junta de Castilla y León – algo es algo -. Muchos recuerdan bien su primer mandato: España crecía, por fin se creaba empleo y teníamos la moneda de los alemanes – diez años después veríamos con amargura cómo de esos polvos vendrían lodos muy amargos -. El pueblo le pagó el sueño español con una mayoría absoluta, y al tipo se le subió a la cabeza. Se alió con el vaquero texano, nos metimos en guerra con los moros – ¿No es así como se curtió Castilla? – y cuatro cosas más. Y le salió el niñato que lleva dentro. Y llega el 2004 y se nos viene el otro, el actual: otro niño de teta. Les animo a que busquen su experiencia previa antes del acceso a la más alta magistratura. Y no quiero hacer carnaza, que está en el cargo. Si el blog sigue vivo y ustedes me aguantan, quiero analizarlo desapasionadamente cuando sea ya historia. Creo que ahora no puedo. Ni debo.

Y aquí quiero terminar con una propuesta: a la hora de mi voto quiero evaluar a mi candidato por su trayectoria y sus resultados, no por su mensaje. Ni por su talante, aunque admito que las formas son muy importantes. ¿Tú quién eres? ¿Qué formación tienes? ¿Qué cargos has desempeñado? ¿Qué experiencia tienes en el servicio público? ¿Cuál es tu historial? ¿Cuáles son tus resultados? ¿Tienes algún manchón negro?… En suma, mi voto es como el contrato que hago a una persona: exijo saber todo, quiero ver su Currículum Vitae.

Exijo un Cursus Honorum en política. Quiero a los mejores en política. Quiero que la política sea una actividad digna, honrada y respetada. Molt Honorable, como dicen los catalanes. Y ello lo podrán conseguir relativamente jóvenes – apurando esfuerzos, méritos y etapas – o menos jóvenes, que eso me da lo mismo, que no es ésa la cuestión.

Quizás la política tenga que tomar mucho del fútbol y de su política de fichajes y de ojeadores. Que no cuenta el jogo bonito – el mensaje o los rifirrafes -, sino exclusivamente los goles – el empleo, los servicios públicos, el informe PISA, etc. Y les dejo que ya estoy muy pesado. Feliz año nuevo.

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