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Europeos del Sur, o la Necesidad de Evolucionar



Siempre he teorizado que la construcción y la idea de Europa presuponía olvidar realidades que a la postre se han mostrado terriblemente tozudas. El Palmer – mi libro de cabecera de Historia Contemporánea – me dijo que la Revolución Industrial establece tres círculos concéntricos de desarrollo: Europa del Norte – con centro en el Canal de la Mancha-, Mediterráneo y Este, en gradiente decreciente de civilización y riqueza. No tiene que ver mucho con la religión católica, aunque algo hay: Francia, Bélgica, sur de Holanda y Alemania, Austria y norte de Italia quedaron en el círculo rico, aún teniendo tradición católica. Pero la región Sur-Mediterránea: Portugal, España, mitad inferior de Italia y Grecia quedan lejos de la tradición luterano-calvinista. El Este es el tercer círculo. Aún peor. Pregúntenselo a ellos.

La parte que nos afecta – Sur-Mediterráneo -, en muchos aspectos, NO es una Europa como el Norte. Es otra cosa. No hay la misma cultura de la “famiglia”, el clima es diferente, al igual que las prioridades, es más infrecuente el workoholismo luterano-calvinista – en términos generales – y nos gusta disfrutanos y vivirnos. No nos gusta particularmente la exactitud y llegamos tarde y mal a la ciencia. Pero, eso sí, somos reputadamente ideales para las vacaciones y la juerga. Tópicos aparte, the times they are a-changin’, como decía la vieja canción de Bob Dylan.  Así que competimos o morimos. Y podemos hacerlo bien y si no, mira nuestros deportistas. Y nuestras empresas punteras. Pero el espíritu de las fiesta sigue ahí, vivo, a poquito que rasques. Hemos aprendido a trabajar mucho y bien, pero afortunadamente pensando habitualmente en un “después”. Los de ahí arriba piensan en lo maravilloso que es el performance mientras lo realizan y, a veces, se aburren mucho en el ocio. Nosotros hemos llegado al Estado tarde y mal, y a algunos, hasta nos disgusta. Desconfiamos. Pensamos – con cierta razón – que es un invento de los políticos para ponerse hasta las botas y tendemos a organizarnos a espaldas de él – a funcionar en negro, a defraudar, a entrar por la puerta de detrás, a buscarnos el sempiterno contacto, enchufe o conocido para todo, a edificar ilegalmente y pedir la legalización como hecho consumado… -. Grecia es el paroxismo de todo esto.  
Estamos poco evolucionados y, de las pocas cosas positivas de esta crisis, es que fuerza mayor nos va a obligar a madurar. A crear más y mejor Estado y a ser europeos en el mejor sentido del término. A construir instituciones creíbles y respetarlas. En el fondo es simple. Podemos. Porque hemos podido reducir la mortalidad en la carretera y ETA puede dejar de matar. Por la misma, podemos reducir significativamente la economía negra, gravar con impuestos progresivos las rentas realmente altas y acabar con los paraísos fiscales. Y podemos acabar con el paro. Y lo más increíble de todo, hasta podría llegar a hacer cosas de esas un gobierno del PP, si se le exige día y noche.
Créanme que no se trata de una inútil exhibición del denostado optimismo antropológico, sino del manifiesto sincero de un pobre médico de la Sanidad Pública acerca de su convicción de la fortaleza de un pueblo que superó el hambre de los cuarenta, la década perdida de la crisis petrolífera entre la amenaza de los espadones y los tiros en la nuca y las bombas lapa de la ETA. Ese pueblo no está en decadencia. Ese pueblo es como Roma en su mejor época, que podía ser machacada por Aníbal en Cannas, pero siempre tendría fuerzas para mandarle otro ejército. Y no vamos a decaer mientras tengamos conciencia clara de lo que nos jugamos y de lo que hay que defender: un modelo de convivencia. Unos valores. Una forma concreta de entendernos. Y de proteger nuestras necesidades más elementales.
Buenas noches amigos.  Duerman tranquilos y mañana acudan animados a sus trabajos. Y para el que no lo tenga, vaya aquí mi solidaridad, pero no ande demasiado agobiado. Ya me decían de pequeño que no hay mal ni bien que cien años dure.  

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