COVID-19, la gran pandemia en cuya mortífera segunda ola estamos inmersos. Uno vagabundea por noticias y artículos, en busca de soluciones y perspectivas. Para esta peste, y para las que tengan que venir. Sin ser uno nadie — ni más que nadie, pero ni menos que nadie —. Tan solo uno más. Uno más interesado. Uno más con conciencia.

Aún es discutible la “especificidad española” que permitió la debacle en marzo y abril, y que no hiciéramos nada en verano para preparar el hundimiento actual. Porque la catástrofe también se ve en otros países, cada uno con su sal y su pimienta. Pero hoy no iré a subrayar nuestra tendencia al jolgorio nocturno — componente del negocio turístico —. No sermonearé botellones, fiestorros y reuniones, ni tampoco si nuestro carácter anarco-libertario nos lleva a ponernos el virus por montera y tirarnos al monte de la estupidez anticientífica, diciendo que todo es un montaje para tenernos encerrados.

La verdadera “especificidad española” que hunde nuestras defensas colectivas contra el coronavirus es la estructura del poder político. Y, por si fuera poco, la especialísima psicología del grupo humano que lo ocupa, desde la última pedanía a la Presidencia del Gobierno. Y me explico:

Jamás me atrevería a escribir esto si no fuera la conclusión de tirios y troyanos en varias de las cabeceras más influyentes de la prensa internacional. Aún recuerdo a los historiadores del siglo XVII comentar acerca de la “estupidez española”. Podríamos rescatar esa idea a tenor del gobierno hispanicida — acabo de acuñar el término — que los propios españoles se dieron hace tiempo. Porque, como acabo de decir, el problema no es de ahora, ni se trata de un responsable político en concreto, sino de una forma de ejercer el poder.

Todos los artículos leídos en la prensa internacional subrayan que nuestra defensa contra el coronavirus se hace ineficaz por nuestro modelo territorial. Y hay que explicarlo: la democracia fue descentralización, hasta el límite de la desconexión y la divergencia. Acentuar la divergencia cultural, por ejemplo, hasta cuestionar la idea de país y de nación. Pero eso es otra historia; nosotros vamos al vaciado del Ministerio de Sanidad a favor de las Consejerías de Salud respectivas. Diecisiete, nada menos. Diecisiete territorios que, con demasiada frecuencia, fueron trofeos o granero de votos. Lo sanitario con lo territorial, en la lucha para alcanzar el poder central. Impedir, por tanto, la confección de un Sistema Nacional de Salud, capaz de reaccionar como un todo frente a una en la que estamos. Que de vez en cuando vienen. Mírala, cómo mata.

Si tóxica se muestra la desvertebración sanitaria, se hace letal en manos de la segunda generación de políticos de la democracia. Gente de currículo falseado o elemental, criada en los aparatos y sin experiencia profesional. Personas ascendidas por lealtad y ambición personal, dentro de organigramas de obediencia debida, y sin cabida fuera del mundo de la política. Individuos obsesionados por las cuotas de poder personal, empantanados en luchas personales, en camarillas o banderías que a muchos nos recuerdan el medievo, pero con otras armas. Gente, en suma, que espera que la pandemia pase de algún modo — que pasará — para persistir ellos en pie, con los suyos, a seguir haciendo aquello en lo que son duchos: el embuste y la trampa con tal de estar siempre ahí, que de otra cosa no se trata.

La opinión pública mundial constata, pues, que un país confeccionado sobre la base de unos länder atomizados de lealtades enfrentadas, que solo sirven al cinismo de una clase dirigente que se sirve a si misma y no al ciudadano que la vota engañada, un país así tiene la máquina averiada para luchar contra enemigos microscópicos y globales. Frente a la «especificidad española», nos queda el sentido común y de supervivencia: sobrevivimos a la peste de 1348 y la gripe de 1918, por citar algunas plagas célebres. Como colectivo, lo haremos de nuevo. Me gustaría solo que tuviéramos memoria y que, de esta, quedáramos con memoria y mejores capacidades para la siguiente.

(Artículo publicado en El Confidencial el 12 de noviembre del 2020)

Firmado:

Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor

Observatorio de la Sanidad Pública del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla @RICOMSevilla.

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