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Escarlata Pérez: “Lo que la Crisis se Llevó”

Tardaremos veinte años en recuperar los niveles de bienestar y empleo de 2007… La frase se repite como un mantra de artículo en artículo, de tribuna en tribuna, como si nuestro maravilloso mundo de entonces hubiera sucumbido bajo la maldad de la tormenta financiera, al modo en que lo hizo la magia del viejo sur en “Lo que el viento se llevó”.

En lugar de ello, yo les voy a proponer hacer un breve – lo prometo – análisis de qué éramos en el 2007 y por qué estábamos en aquel paraíso. Y por qué eran tan débiles las raíces de sus árboles, que nos arrojaron a tantos a la pobreza ante una tormenta de estas dimensiones.

Volvamos a 1959. Somos un mundo agrario, cerrado, prácticamente preindustrial o protoindustrial. Las peculiares ideas económicas del dictador – la autarquía – nos han llevado al hambre y dificultado la recuperación en la postguerra. El atraso y la distancia de nuestro país con su entorno se acentúan. El Estado va prácticamente a la quiebra y el dictador debe cambiar la política económica: meter a los ministros del opus, que algo sabían de economía, y postergar a falangistas y militares. Comenzaba el milagro económico y una relativa apertura. Pero recordemos: este país no daba de comer. Muchos se fueron a ganar el pan a Europa, como obreros cualificados o sin cualificar.

En ese camino, algo pasa. Además de pasar por fin a ser un país industrial – sobre todo en ciertas regiones -, vivimos una revolución agraria. Regadíos, concentración parcelaria y tractores, cosechadoras. Aún recuerdo esforzadas cuadrillas de segadores, vistas con los ojos de un niño de cinco años. Desaparecerían poco después, sin recolocación posible, siendo el origen del movimiento jornalero en Andalucía. Otros se fueron a las ciudades, a buscar otra cosa. Este país se movía. Bajo la severa mirada de los civiles y de los grises, sus gentes vivían sus vidas como buenamente podían.

Saltamos a 1973, la guerra del Yom Kippur, primera crisis petrolífera mundial. El dictador está viejo y su gobierno se sabe muy cuestionado. No quiere hacer un ajuste impopular. Se tarda en reaccionar y el impacto será peor, años más tarde; tendrá que salir de los pactos de la Moncloa, muerto Franco. El mundo económico industrial creado en la década anterior se desinflaba a la par que el valor de la peseta. Pero emerge aquí un curioso colectivo que hasta 1973, más o menos, había estado postergado, desprovisto de derechos civiles: las mujeres. Muerto el dictador y superada la dictadura, la democracia tomaría su bandera o no sería democracia. Hartas ya de una marginación secular, deciden afirmarse civilmente y reivindicar su derecho a la independencia del macho y a su lugar en el mundo laboral y de las decisiones. Sólo que su justa avenida se daba en un momento en que el desempleo se instalaba en nuestras calles para quedarse: la agricultura mecanizada daba cada vez menos jornales y la fábricas cerraban una tras otra como fichas de un fatídico dominó.

Nuevo salto, a 1985. En lo económico, perdimos una década, más o menos. Un nuevo líder, una nueva época. Un nuevo ideal y un nuevo entusiasmo: Europa y el entonces Mercado Común – lo de la Unión Europea vendría luego, y aún no se ha consumado -. Se desarrollaron autonomías y sus respectivas administraciones. Leí en su momento que las autonomías crearon trabajo. Ahora se habla de elefantiasis, de nepotismo, clientelismo y nicho para la corrupción. Creo que el asunto merece un análisis más sosegado. Lo que sí queda claro es que, básicamente, las cifras de empleo no mejoraron sustancialmente bajo los 13 años de gobierno de Felipe González. También es verdad que en aquella época aparecen dos actores que merecen un análisis más tranquilo: el empleo dado a los fondos europeos y la generosidad del subsidio, convertida rápidamente en cultura del subsidio.

De oca a oca, y tiro porque me toca. Viene la dulce derrota de Felipe González y la amarga victoria de José María Aznar (1996). Visto en retrospectiva, a uno se le ocurre que la derecha en el poder hace lo que mejor sabe hacer, tirar de su propio manual: desregular y hacer desarrollismo. Le favoreció extraordinariamente la coyuntura financiera europea y mundial. Todo quedaba expedito para el imperio del ladrillo y alimentar una terrible burbuja bancario-inmobiliaria. El paro empezaba a desinflarse y España a ser por primera vez en su historia país receptor de emigrantes. “España va bien”, en palabras de José María Aznar.

La burbuja bancario-inmobiliaria que llevó al país a las tasas de paro más bajas de su historia no fue sólo consecuencia de dos o tres decisiones cuestionables del partido popular. Fue una profunda enfermedad social, moral, psicológica e institucional que redundaba en dos o tres máximas: “¡Enriqueceos! ¡Gastad! ¡Endeudaos!” Bajo su mandato, familias sin soportes firmes laborales o de formación se endeudaron mucho más allá de lo aconsejable – nadie les obligó, de cualquier modo -, alentado todo ello por entidades bancarias que habían relajado inusitadamente las condiciones para prestar, sin advertir debidamente de los peligrosos efectos de la letra pequeña, en un contexto proclive a la extensión de una corrupción institucional rampante, que afecta a todos los partidos, dueños de la llave de la recalificación de los terrenos y con necesidades infinitas de financiación. La tormenta perfecta. Hasta que se hunde la liquidez, claro.

La bola de nieve era tan placentera que ni el mismo Zapatero – que tanto criticó a Aznar al respecto ejerciendo su labor de oposición – se atrevió a tocarla. Era la gallina de los huevos de oro, la vaca perfecta a ordeñar todos los días. ¿Cómo iba a pagar sus medidas sociales, populares y populistas, sin el preciso maná del ladrillo?

Por ello, a la hora del hundimiento y la pobreza, debemos ante todo alejarnos del victimismo ante el odioso capital internacional – al que no eximo de culpa alguna -, y centrarnos en analizar la debilidad de las raíces del viejo sur de la España que gobernaba Zapatero en 2007. Radiografía de un país mal construido. Despuntaban algunos sectores competitivos, no se vayan a creer. Hay cosas, hay gente. Hay juventud. Hay esperanza. Pero, sobre todo, hay la enorme necesidad de refundar la economía de un país sobre otras bases. Atlanta fue arrasada por las tropas del general Sherman, como bien se describe en “Lo que el Viento se Llevó”. Pero hoy vive. Con sus problemas, claro. Hace unos años albergó unos Juegos Olímpicos. Buenos días y buena suerte. Y conserven la esperanza y la buena voluntad. Entre todos, podemos.

1 thought on “Escarlata Pérez: “Lo que la Crisis se Llevó”

  1. Lorova says:

    Solo se me ocurre añadir a esta reflexión, esta otra de Forges.

    El triunfo de los mediocres

    Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es, de todo punto, necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrítica, tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.

    Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.

    Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.

    Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.
    Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre.
    Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

    Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros.

    Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

    – Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente
    basura.

    – Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.

    – Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.

    – Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.

    – Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.

    – Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.

    – Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.

    – Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.

    – Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.

    – Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

    – Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.

    ANTONIO FRAGUAS DE PABLOS (FORGES)

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