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El Síndrome de Alienación Parental.

Me levanto hoy con la noticia: el gobierno insta a los jueces a no esgrimir una patología inexistente http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Gobierno/insta/jueces/esgrimir/patologia/inexistente/elpepisoc/20110110elpepisoc_3/Tes. Para aquellos que no sepan de qué va la cosa, o pican y se leen el artículo completo, o se lo explico yo, en Román Paladino: que se va a divorciar uno – que lo van a crucificar, tal y como está la cosa -, y va y le dice al juez (o la jueza) que la de enfrente es una harpía manipuladora que le tiene el coco comido a los niños para que no puedan verlo ni en pintura. Dicen que no existe como patología, y no entro. El malmeter y el manipular no conoce el género. Se reparte por igual. Probablemente llevan razón: pertenece más a la crónica negra judicial que a los libros de Medicina. Buena noticia, que se descalifique; mientras más prevalezcan luces y buenas prácticas en dolorosos procesos, mejor para todos.
Pero momento es de ir un poco más allá. Civilicemos el divorcio en este país. Hagámoslo algo fácil, lógico, normal. El desenlace fluido de una relación que ya no es venturosa. Pero no: en el país de Puerto Hurraco y la sangre caliente, predomina la guerra sin cuartel, el vale todo, el te dejo en la miseria o te voy a despellejar. La aniquilación del adversario. Me recuerda a nuestra guerra civil. Es un país enfermo de envidia y odio, con un mercado laboral rígido y raquítico y un paro elevadísimo que afecta más a mujeres que a hombres. Y un precio de la vivienda – por supuesto compra, pero también alquiler – todavía por las nubes que hace difícil o imposible el cese de la convivencia. ¿Cómo va a ser así posible el fin civilizado del matrimonio? Dé además a algunas la tentación de que una denuncia por un grito mal dado – ¿Quién no lo da? – manda al susodicho al calabozo de inmediato. E hicimos lo peor que hacerse pudo, lo menos justificado:
Primero: situar en el ámbito penal los procesos de divorcio. Dar hiel y sangre caliente a lo que debe tener serenidad y concordia. Meter guerra y cizaña a lo que debe ser la firma de un tratado de paz. Y permitir o favorecer que el enemigo vaya a por todas y se invente o rescate eso de la alienación parental.
Segundo: contaminar de modo gravísimo – algo que a estas alturas casi todo el mundo reconoce – la justificación y objetivos de la Ley de Violencia de Género. Si en este momento dicha ley no puede ofrecer resultados sobre las muertes de mujeres a manos de machos convertidos en demonios y, sin embargo, sufre acusaciones de haberse convertido en Ley de Venganza de Género – con las mismas siglas – por abusos cometidos en su empleo – imposibles de contabilizar, por otra parte -… ¿Qué favor hemos hecho realmente al terrible problema social que queríamos arreglar?
Ante ello, al final, caben dos interpretaciones:
La buena: eran nobles y bienpensantes. Pero se equivocaron. No midieron los efectos de la ley. No sabían el tejido social y psicológico íntimo sobre el que recaería. No valoraron que al loco agresivo no se le frena con esta iniciativa. Que sigue matando, porque tal es la naturaleza de la fiera. Y que luego se mata, todo lo más. Tampoco valoraron al conjunto de mujeres ansiosas de venganza que esperaban tener la sartén por el mango – juicio de valor donde los haya, que lo admito, pero admítase también que el run-rún es tan clamoroso que atrona los oídos -. Falta sólo una valoración crítica de la iniciativa: mucho pedir para la política española.
La mala, por fin: eran malos y arteros. Se trataba de un guiño a su electorado. Sabían que les votan más mujeres que hombres y se trataba de clientelismo puro y duro. Del principio al final. Nosotros somos el progreso y el feminismo. Los otros, la reacción, el machismo y la caspa. Algo propio de la profundidad de ideas del presidente: “no es muy inteligente, pero gana elecciones”, como dijo de él un sonado mandatario europeo. Bueno, un líder a la altura de un pueblo. Ya es historia, un triste recuerdo. Está apartado por Europa desde mayo y por su propio partido desde octubre. Sólo valía para llevar el timón con calma chicha, para repartir grano cuando lleno está el granero. Claro que eso lo hace hasta el tonto de Santa Justa. Buenos días, país.

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