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El Niño de Ceuta: Retrato de un Gobernante

El Niño de Ceuta

De lo de Ceuta se puede decir todo, y más todavía. Ríos de tinta hasta rellenar el Estrecho. Sus catorce kilómetros, negros de las columnas de todos los plumíferos de este país. Que si por qué, o por qué no. Que si norte o sur. Pero lo de los niños es otra cosa, hostia.

            Podríamos remontarnos a los setenta, cuando lo del Polisario. Lo mal que lo hicimos nosotros y lo bien que se lo montaron los marroquíes, con el respaldo del amigo americano. Que si los dejamos tirados, a los saharauis. Pero los niños de hoy no habían nacido aún, y no se merecen esta putada.

            Podríamos entonar la desigualdad intrínseca de Occidente y su malvado capitalismo. Cómo explotó al mundo y lo sigue haciendo, de mil maneras. Que sin lugar a dudas es verdad, y configura las fronteras de hoy, Río Grande o Tarajal. Pero no es idea que pueda emplearse contra los chavales, sino a su favor.

            Si les parece, hablamos en concreto de esta frontera. De acuerdo, se trata del desnivel económico y social más abrupto del mundo. Gente que recibe la televisión de España y de Andalucía, y se imagina un paraíso que mana leche y miel. Y cosas más ciertas que les cuentan sus familiares, que viven acá desde hace años. Su país tapona el flujo de otros venidos de más abajo, aun más pobres, de piel aun más oscura. Un país, el suyo, que sabe bien de carencia de libertades e intolerancias religiosas. Como nosotros, no hace tanto. Pero demos una oportunidad a la generación que tendrá que cambiarlo, en este siglo.

            Y lo hará, seguro. Tendrá que hacerlo. Serán sus primeros recuerdos los de aquel día en que, sin comerlo ni beberlo, se les indujo a atravesar una verja que le les llevaba a un país diferente. Se les alejaba de su casa, de sus padres. Y ahí deambularon, sin saber adónde ir ni qué comer. Hasta que hicieron lo que cualquier niño perdido: buscar el camino a casa. Donde unos padres aterrorizados hacía horas que pulsaban todos los resortes por recuperar a un chaval que no daba señales de vida. Como haría cualquiera de nosotros, vaya.

            Apenas sé de geopolítica. Se me escapa. Ignoro los condicionantes que llevaron a las altas instancias del régimen marroquí a ordenar a su policía no solo descuidar la frontera, sino animar a más de mil chavales a una incursión ilegal en un país hasta ahora amigo. No entro en la cuestión de la hospitalización del líder del Polisario. Me voy a lo elemental. Mil y pico, tal vez dos mil niños, como el de la imagen. Atravesaron la frontera engañados. Inducidos por su gobierno (¿por quién, si no…?). Lejos de sus hogares. Abandonados en un país extranjero.

            Sostengo que quien hace eso a los hijos de la nación, a los niños de la tierra, no merece seguir gobernando ni un segundo más. Y quien lo tolera pierde la dignidad de ciudadano para convertirse en menos que súbdito, en un lacayo vil.

            Y esto lo escribe y lo firma quien en su obra literaria y en su vida profesional ha demostrado un respeto exquisito — rayano en el cariño — hacia las gentes de Marruecos. Allá en su país y aquí en el mío. Pueden preguntar, si no.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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