“Quo vadis, Pedro Sánchez?”, cabría preguntarle aun sin disponer de foto de equipo de gobierno. La pregunta puede formularse en sentido amplio, o particular. Yo se la hago a tenor de los movimientos telúricos que ahora mismo se están dando en Andalucía. Y me explico.

Sin Andalucía no puede entenderse el PSOE contemporáneo. De Sevilla vino el núcleo dirigente que fue a Suresnes, con Franco vivo, a ponerlo todo patas arriba en el PSOE. A trazar alianzas europeas que luego se antojarían estratégicas. A convertir el PSOE a la monarquía – atado y bien atado -, a la rojigualda y al atlantismo.

Se dice con frecuencia que el PSOE no puede ganar sin Cataluña y sin Andalucía. Dos comunidades muy pobladas donde, en la Transición, el PSOE tuvo que abandonar el jacobinismo para abrazar el federalismo. Nace así, por ejemplo, la tensa relación entre PSOE y PSC que albergaría a gente tan dispar como a Pasqual Maragall y a Carme Chacon.

Pero hoy hablamos de Andalucía.

Es curiosa la relación entre el PSOE de Andalucía y el andalucismo histórico, Blas Infante y la blanquiverde. Sería interesante evaluar el impacto que este último tuvo en los políticos del PSOE de su tiempo, especialmente en Andalucía.

La relación, sin embargo, se hace radicalmente diferente cuatro décadas después, en la Transición. El tiempo había puesto de moda la descentralización, y el nuevo PSOE captó que estos vientos llevarían muy lejos sus velas. El PSOE de Andalucía se encontraría federalista de toda la vida y andalucista histórico. Como si Blas Infante hubiera sido un proto-socialista y no se hubiera dado cuenta. Como si hubiera escrito “El Ideal Andaluz” y el himno de Andalucía en la Casa del Pueblo de Coria del Río, y allí se hubiera cosido la primera blanquiverde.

En este descubrimiento, sobraba el Partido Socialista Andaluz de Pacheco y Rojas-Marcos, eso sí. Ellos mismos cometieron los errores fatales que los liquidarían políticamente, década tras década. Porque, además, un Felipe no nace en todas las generaciones. Y menos, si tiene un Mitterand detrás. Tras las locales del 79, el PSOE de Andalucía dio los pasos necesarios para apropiarse del discurso blanquiverde. Y dejó que Rojas-Marcos se diera un baño de si mismo, y se quemara a lo bonzo al pactar con la UCD.

Todo esto es historia. De ese entramado socialista-andalucista, regado con los fondos europeos y sostenido durante más de tres décadas con los votos de los andaluces, vino a nacer la figura de Susana Díaz. En el camino, se había cargado – políticamente – a varios. Para entonces, poco tenía que ver con socialismo, ni con socialdemocracia, sino con un posibilismo centrista convertido en una colonización partidista del Estado Autonómico (“la Junta es nuestra”). En plata: desde un director de instituto a una supervisión de enfermería, todos tenían que estar supervisados y en sintonía con el Partido. Lo de Blas Infante se quedaba en el ritual de todos los agostos.

Hubo mucho más, pero no quiero cansar. Nepotismo. Corrupción. Malversación. Mala gestión. La Faffe. Ya lo saben todo. Pero sobre todo, el cansancio de los ciudadanos de una Comunidad, hartos de ser los últimos en todo. De tener que ser los graciosos de España, los de los chistes, mientras les ofrecían unas puertas de Urgencias atestadas o aulas en caracolas. Y, por si fuera poco, negándoseles la evidencia. Fin del invento. Fin de Susana.

Con Pedro Sánchez empiezo y con Pedro Sánchez termino. Porque Pedro quiere terminar con la Susana política, sin decirlo a las claras. Susana pierde la joya de la corona del PSOE que es la Junta de Andalucía y se imagina que no le pasarían factura desde Ferraz. Un Pedro cesarista, autoritario y jacobino, le demuestra su poder y le hace las listas electorales mientras ella pía: “tomo nota”. Tomó nota y fue a pedir paz el 27M. Porque, sin paz, Susana está en la calle. Sin futuro ni perspectivas. Sin oficio ni beneficio. Como tantos andaluces bajo el sultanato.

Pero se cierra un círculo, y se abre otro. Felipe y los suyos se apropiaron de la blanquiverde para conquistar España. Al tomar la Moncloa, dejaron virreyes como Escuredo o Pepote, cesados con presteza al salirse de la loseta. Con Chaves, se pusieron las bases de un régimen canalla sin que la oposición piara demasiado. Finiquitada la Sultana, hija natural del régimen, se liquida el encanto y se libera al genio andalucista de su encierro. Queda por ver si se repiten las victorias socialistas con este genio suelto. Porque puede que decida alojarse en casa de otra formación política… ¿Quién sabe?

En San Telmo, hoy, mandan las derechas de toda la vida. En San Vicente, faltan dos telediarios para que mande un enviado de Pedro Sánchez. El regidor del PSOE más jacobino desde Largo Caballero. La blanquiverde podría, en puridad, arriarse de todos los edificios oficiales. Ya no representa a nada ni a nadie. La “Casa de la Alegría” es arqueología. ¿O alguien tiene algo que decir…?

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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