«Ladridos en la Noche», 1º capítulo, 1ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

La luz del alba quiere sobrepasar el alféizar de la ventana e invadir el dormitorio. La mañana descubre en el lecho a un hombre acariciando los sesenta, con barba de dos días. Tras emitir un profundo suspiro, el tipo termina por levantarse y sentarse sobre el borde de la cama, frente a la ventana. Luego se toma unos segundos para examinar el dorso de las manos. Nada nuevo: los mismos vellos, las mismas venas…

«Y mis zapatillas siguen aquí debajo, donde las dejé ayer noche, al tomarme la pastilla para dormir».

Al recuerdo del medicamento, lleva la vista a la izquierda, a la mesita de noche. Ahí sigue también el vasito con el agua. Y detrás, el zarpazo de dolor de cada mañana. El retrato. Su retrato. Porque no hay otro. No puede haberlo. Ahí está. La misma sonrisa, fija en el tiempo.

«Siete años sin ella, Amador».

La misma frase. Se la dijo ayer. Y anteayer. La entona todos los días. Lleva siete años intentando cauterizarse.

«Ni el más allá existe, ni la vas a recuperar. Así, viviendo tú, ella sigue sonriendo en tus recuerdos».

Con todo, vuelve a cada certeza de la mañana y llega por fin a la convicción de que aún es él, de que no se levantó en otro cuerpo, con el rostro o los dolores de otro. Y la habitación donde arrastra sus días ofrece el aspecto de los últimos años: la apariencia inequívoca de la morada del que vive en la calle y llega de noche a tirar sobre la cama un saco de huesos agotados.

Hoy, sin embargo, a diferencia de ayer o de anteayer, las paredes le devuelven otros recuerdos. Situaciones, retratos, palabras: a él acuden cientos de piezas que formaron parte del intento de esclarecer una tragedia que nada tenía que ver con la propia. Una historia terrible a cuyo epílogo se le cita hoy, como no podía ser de otra manera, testigo de excepción de una trama criminal cuyos flecos aún le rondan en los vericuetos de la conciencia.

«Anda: aséate y aféitate; ponte lo mejor que tengas, que hoy tienes que estar presentable… No puedes plantarte allí con esta pinta de poli pasado de rosca».

***

Amador no puede sino reconocer que el cementerio de la ciudad tiene empaque. Divisando los herrajes y las hermosas construcciones de ladrillos rojos que conforman la entrada, intenta apartar los recuerdos de las circunstancias que le trajeron a este lugar en otras ocasiones, y admite por vez primera que, aun tratándose de lo que se trata, el lugar tiene cierta distinción.

Advierte con fastidio que llega temprano. Posiblemente, haya sido un acto fallido. Para empezar, no ha dormido bien, pese al somnífero. Tal vez fuera el calor de la madrugada. Por otra parte, esta mañana no tenía otra cosa que hacer, y ello le irrita de modo particular: el ocio le resulta extraño. En su vida, no hay lugar para las aficiones. Y si lo hubo alguna vez, por ahí perdidas deben andar, sin nombre, forma o concreción. Del mismo modo, las amistades o simples relaciones son recuerdos de la infancia o de la primera juventud; retratos en sepia, borrosos o desenfocados. Por todo ello, se le hace incómodo quedarse en casa, viendo flotar el polvo. Viene a recordarle que, fuera de la calle y el curro, la existencia se le queda angosta, un casi nada.

«Bah, con suerte, un día de estos, en una refriega, una bala perdida… O cualquier día me levanto tosiendo sangre, y al carajo».

Dentro del cementerio, las sombras de los cipreses aún son alargadas. Cuatro operarios le dan los buenos días. Casi nadie, por lo demás. No hace calor todavía; es un buen momento para el paseo. Los antiguos panteones emergen a un lado y al otro de la avenida principal, proyectando la sombra de sus cruces sobre la gravilla, los arriates y, más allá, sobre el adoquinado central. Mientras camina, Amador juguetea alternativamente con las llaves del coche y las del apartamento. Es un viejo truco, y lo sabe. Distrayendo la atención de este modo, intenta espantar los recuerdos que, aquí y esta mañana, le acechan a cada paso. Vana tarea, en todo caso.

«Mira: el panteón de los Romero-Andrade. Pues dos calles más allá está Fina, con sus chismes. Hoy tendrás con quien darle a la hebra, Fina; dentro de un rato te enviamos a Pepi Méndez para hacerte compañía… Pero no te hagas demasiadas ilusiones, que esta habla más bien poco. Aunque, a decir verdad, los de aquí sois más bien callados… Pero Pepi llevaba un par de años sin decir apenas nada; ni esta boca es mía… A mí, el cáncer se me llevó a mi Leo, y a Pepi… Joder, Pepi… Todavía me acuerdo de tus ojos extraviados, buscando en cada rincón de mi cara un gesto, un simple parpadeo, algo que le dijese que por fin teníamos una pista sólida, que su Julio no se nos perdía en la nada, que el caso no acabaría en un cajón… Pero no, nada, humo… Y cuando me olí la terrible verdad, no tuve valor para contársela».

La avenida principal del cementerio está interrumpida por una rotonda. En medio, hay un centro ajardinado del que sobresale un arbusto alto y compacto, podado en forma cónica. Encima de todo, se erige un Cristo de bronce gris que mira al cielo, pero que presenta sus heridas hacia la entrada. De los brazos de este Cristo parten dos calles, a derecha e izquierda y, tras rodearlo, se profundiza en el cementerio, hacia la parte donde yacen los menos favorecidos en vida.

Llegado a esta encrucijada, Amador se pregunta si por fin habrá llegado la hora. Echa mano del móvil; hace tiempo que no usa reloj de muñeca. Llega el aparatito a la mano y después a la vista. Ve la hora; todavía hay tiempo. Emite un suspiro de alivio y retoma el adoquinado de la avenida hacia la salida.

Entre la verja de entrada y la avenida principal del cementerio hay un amplio espacio donde se disponen varias construcciones. Estos edificios han ido acogiendo a las instalaciones administrativas, los almacenes, la sala de espera, la de duelos, la capilla y, por fin, el horno crematorio.

«El horno crematorio, hostia… Ironías del destino…».

A la vista de la chimenea, los recuerdos bullen de nuevo en el cerebro de Amador. Imágenes de un caserón abandonado en medio de un pinar y, en su interior, de una estructura metálica envuelta en un halo siniestro. El policía advierte un profundo escalofrío, inexplicable en el calor creciente de la mañana.

Las sombras son ahora más cortas, y el sol va demostrando su genio. Amador se retira a una esquina de la plazuela de la entrada, en parte para cobijarse del sol, en parte para evitar cualquier sospecha de protagonismo y, por último, para hacer el recuento de los asistentes y evaluar el estado de cada cual después del tiempo transcurrido. Gota a gota cariacontecida, van llegando las caras conocidas de aquel entonces. El lento desfile no junta a demasiada gente. Cada jeta que asoma despierta chispazos en los viejos archivos de los sesos del sabueso. En su momento, Amador grabó en la memoria rasgos y gestos, nombres, direcciones, trabajos y coartadas. La mayor parte de las desapariciones criminales son obra y gracia de un fulano que vive a dos pasos, con cara de no haber roto un plato en su vida.

—Al final, pudiste venir.

La voz de la anciana ha surgido a su derecha, de la nada.

—No te he visto llegar, Juani, ¿de dónde sales? Me has asustado.

—¡Venga ya! — susurra la mujer — ¿Desde cuándo un madero se asusta con una vieja?

La mujer sofoca la risa con dificultad. La ayudan el lugar y las circunstancias.

—Te vi entrar y te seguí — la anciana prosigue con un tono más adecuado —. Me imaginé que no habrías dormido y que estarías prontito por aquí; es un buen sitio para pasear, ¿verdad, Amador? También una tiene sus recuerdos… Y muchos andan enterrados por ahí dentro. Pero luego me vine detrás de ti. No me gusta quedarme sola por ahí dentro… Me da jindama.

—Gracias por avisarme, Juani — la voz de Amador ha sonado grave y profunda —. Y por haberme tenido al tanto estos dos últimos años.

—¿Cómo no te iba a avisar, idiota?

La anciana no lo mira al hablar. Están los dos de pie, codo con codo, haciendo una curiosa estatua.

—¿Por qué no te acercaste a verla cuando te dije que se moría? — suelta Juani, áspera.

—¿Y qué le iba a decir…?

—No sé, Amador… Tal vez repetirle una vez más que hiciste todo lo que estuvo en tu mano.

—Lo supo en su momento — el hombre, esta vez, ha sido rápido en la respuesta —. Hice todo lo que pude, pero no fue suficiente; ya lo sabes.

—Hay veces en las que no hay nada que decir, solo acompañar. ¿De verdad pensaste que Pepi te iba a culpar por lo de su hijo, so cretino?

La conversación queda interrumpida por la llegada del coche fúnebre. La pareja divisa de lejos a las hijas y otros familiares, que se introducen en las oficinas a realizar los trámites. Los otros concurrentes aguardan en un prudente silencio. Salen por fin las hijas de resolver los papeles, y se disponen todos para el responso.

Amador y Juani agradecen la ceremonia religiosa: la capilla es un lugar fresco, de techos altos y buena ventilación. Además, podrán sentarse, que llevan ya un buen rato de pie. Aun sin creer en nada, ambos admiten que no es pecado darle la solemnidad del rito al último adiós, el definitivo. Tras el ceremonial, los pocos que vinieron se apresuran a formar la cola del pésame. Juani y Amador se quedan sentados un poco más. No hay prisa. De cualquier modo, la espera no es larga. Conforme la cola se acorta, los dos se levantan. Amador parece tener un momento de duda. Juani lo observa, y le espeta en un susurro:

—Capaz vas a ser de largarte sin decirle nada a las niñas…

La puya actúa como un resorte y estimula la resolución. El hombre se encamina diligente al final de la cola. Al aproximarse a las hijas, dirige una mirada respetuosa al ataúd, a la derecha. Ahí está la protagonista del evento, a su pesar. Aparentemente, ya nadie le presta atención. Él sí. A través de la madera funeraria se despiertan los recuerdos del dolor y la desesperación, de frases contrapuestas que surgieron primero de la cólera — «¡tienen ustedes el caso enterrado!» —, para acabar en la súplica — «¡no me lo deje, don Amador, por amor de Dios!» —.

«Mira al poli… ¿Qué le teme aún? ¿Un áspero reproche, lanzado desde la ultratumba?».

Los pensamientos de Juani, situada dos pasos detrás de Amador, se intercalan con las imágenes de las hijas al recibir el pésame de los últimos allegados. Están muy afectadas: no se le muere a una la madre todos los días. Al fin, el turno de Amador.

«No está seguro de si mismo… Un poco tieso… ¿Por qué?».

Las muchachas se levantan, una detrás de otra, y estrechan su mano. Una obligada cordialidad. Intercambian unas palabras que Juani no alcanza a oír. Esta adquiere la certeza de que las chicas no le han reconocido. Amador sale por la izquierda y abandona la capilla. Es el turno de la anciana. Ella sí que es reconocida y, esta vez, la reacción es bien diferente:

—¡Juani!

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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