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«Ladridos en la Noche», 2º capítulo, 1ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

(Seis años antes)

Diez y media de la mañana: máxima actividad tras la barra de un bar de barrio. Dos camareros y la jefa trajinan, gritan, preguntan, sudan y van sin parar del hueco de la cocina a la barra, y vuelta. Ni un segundo de respiro. Esteban graba a fuego la cara de una recién llegada con su comanda, y la vocifera hacia atrás. En este momento, tiene otras tres comandas en la cabeza. Las sirve y se las borra de la memoria, para volver a grabar una nueva.

De repente, el ambiente se espesa un poco. Parece que se alarga la lista de espera. Esteban se multiplica y se cruza varias veces tras la barra con su compañera.

«¿Qué pasa…? No es habitual… ¿Han contratado a más gente en los negocios de los alrededores o desembarcó un autobús del Imserso?».

La respuesta se la da una rápida ojeada al espacio tras la barra, mientras llena un par de vasos de agua:

«La jefa… ¿Dónde se ha metido…? Está claro: éramos tres, y ahora solo quedamos dos, con el negocio atestao. Qué raro: la jefa falta en este momento; grave debe ser…».

Coincide con la compañera: esta, frente al exprimidor de naranjas, y él mismo, esperando la caída de las últimas gotas de un café solo.

—¿Y Juani?

—Al fondo, Esteban — responde la joven —; mírala ahí, hablando por el móvil. Está muy seria; algo pasa.

No da tiempo para más. Cada cual a lo suyo, que la cosa está que arde.

—Esteban, que me tengo que ir.

La voz de Juani ha sonado áspera. Por ello, el hombre concluye que algo debe pasar. Algo fuera de lo común, algo de calado. A la comunicación de su jefa, el camarero asiente con la mirada y el gesto, y sigue luego a lo suyo.

—Una amiga, que tiene un problema serio, y me pide que me quede esta mañana con su hija — dice la mujer, antes de que el camarero se vuelva al frente —. Ahora viene mi hijo a echaros una mano.

***

—¡Hijo de puta! — las palabras han salido de la boca de Lucía al modo de un rugido asfixiado. Está en el curro, a media mañana, dos pasos detrás de un mostrador abarrotado, y no puede permitirse soltar un ladrido y quedarse tan fresca. Vuelve rauda a la primera línea.

«No se puede abusar de la compa; demasiado me ha cubierto ya. Y la jefa está al caer. Venga al tajo; ya le ajustaré las cuentas al mamonazo…».

Al ver a Lucía de vuelta en el mostrador, a Rocío se le instala la sonrisa en la boca. No son precisamente pacientes, las clientonas de hoy.

«Y una, deseandito de ir al baño… Reventando, vaya».

Rocío solo tendrá que esperar unos minutos para aliviar sus necesidades. Lucía es seria y eficiente. Sabe con exactitud dónde están todos los conjuntos y todas las tallas. Calla y asiente ante todas las impertinencias. Que no son pocas. Para ser la dependienta perfecta, a Lucía solo le faltaría sonreír un poco y dar un poco de cháchara, al decir de su jefa. Pero funciona. Vaya que si funciona: el mostrador aclarado en un pispás. Pero lo que no se aclara de ningún modo es la sombra de furia en la expresión de Lucía. Sin parar de currelar, Rocío exhibe una mirada de interrogación que dura menos de un segundo. Luego, fija los ojos en otra cosa. Esta feo, eso de acosar.

—Mi hermano, que se fue de juerga este finde sin decir ná, y no aparece — Lucía responde a la mirada de su compañera.

—Joé, que estamos ya a martes…

Minutos después, Rocío sale del baño visiblemente aliviada. Tiempo para organizar las cosas con tranquilidad, que las clientas suelen llegar por oleadas, de modo imprevisible.

«¿Y Luci?».

Ojeada rápida por la planta baja del local. No está.

«Estará arriba, ordenando trapos y cajas…».

Se pone también ella a ordenar cosas. No es prudente que la jefa te vea sin hacer nada. Aquí esto, ahí lo otro; esto de acá con aquello de más allá. Aguza el oído hacia el piso de arriba, intentando obtener alguna pista que le diga si la compa zaragutea por ahí. A ver… Pero la búsqueda nada ofrece, por lo pronto. Mirada afuera, a la calle, a la puerta del local. Y ahí está Luci, con el uniforme de la empresa. De negro entera. Como ella misma. Como sus ojos oscurísimos.

Organizando lo desorganizado hace unos minutos por las clientas, Rocío se aproxima disimuladamente a la puerta del establecimiento. Antes que nada, mirada de soslayo a la jefa. Ahí sigue la mujer, con la sonrisa puesta, charlando con su amiga la mayorista. Cotillean; no hablan ni de negocios. Vista ahora a Luci, otra vez. Ahí está, de pie; apenas se mueve, tensa, sosteniendo el móvil con la mano derecha. Sus ojos son la viva encarnación de la mala leche condensada, pero en versión marrón oscuro casi negro. La situación no es habitual en ella. No se le conoce novio, ni es chavala de muchas amistades. Y si las tiene, nunca la llaman al curro.

—¿El «Hot Body»…? Lo abren a las doce de la noche, mamá… Y que yo sepa, no funciona entre semanas… ¿Cómo quieres que yo sepa quién es el dueño? ¿Conozco yo a alguien allí…? Anda que tienes cada cosa… ¿Raúl…? Ni idea… Ya sabes que Julio no se habla con él desde hace seis meses… ¡Yo qué sé por qué, mamá! ¿Acaso te cuenta a ti algo de su vida…? ¡Que no, mamá, que no tengo su móvil! ¿Por qué iba a tener yo el móvil de Raúl…? Ni el de Alberto tampoco, mamá… No, no mamá… Pero déjame hablar… Vale… Pero déjame hablar un momento… ¿Te das cuenta de que te hizo lo mismo hace seis semanas? ¿Quieres pasar de él de una vez? ¡Ya sabes como es! ¡Ya aparecerá!… Pues si no lo aguantas, cuando le eches el ojo encima le pones la maleta en la puerta y al carajo, mamá, que ya no os soporto ni a ti ni a tu niño mimado… Por cierto, ¿quién está con la Puri…? Vale, vale… Con lo vieja que está la pobre… Pá hacerle un monumento: salir del bar, pá servir de paño de lágrimas de tó el barrio… Venga, que ahora te llamo…

Lucía cuelga y se vuelve. Entra en la tienda, y divisa a la compa arrodillada a dos pasos de la puerta, ordenando camisas. Es imposible que no se haya bebido entera la interacción telefónica. Se aproxima y se arrodilla junto a ella, casi sin hacer ruido.

—Lo mato, al hijo de la gran puta… No hay derecho… Lo mato, o él mata a mi madre a sofocones… Y tú no has oído nada, compa.

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook, aquí.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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